Asesinaron al Presidente de Estados Unidos, tal día como hoy

Tal día como hoy 23 de Noviembre de 1963, Asesinaron al Presidente de Estados Unidos en Dallas, Texas

Redacción. Felipe de Jesús Estrada Ramírez
Tal día como hoy
23 de Noviembre de 1963,
Asesinaron al Presidente de Estados Unidos
en Dallas, Texas
Tres disparos bastaron para acabar
con la vida del hombre
más poderoso del mundo…
Hoy a 58 años de distancia
aún no se sabe la verdad
sobre el autor intelectual…
Abraham Zapruder, un videoaficionado captó el momento en unas
imágenes que aún hoy después de tantos años siguen siendo objeto de controversia y debate…. El informe de la comisión Warren declara que Lee H. Oswald, fue el único sospechoso del asesinato del presidente John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 y que actuó solo.
El asesinato de John Kennedy y la sospechosa “bala mágica” y las más oscuras teorías conspirativas que fueron el resultado del Informe Warren… Las intrigas. La mafia. La inoperancia del FBI y la CIA. El asesino Oswald asesinado por Ruby. Un proyectil que hace una trayectoria improbable. El presidente Johnson creó una comisión para que investigara los hechos, pero nadie creyó en sus conclusiones…
 
El asesino de Lee H. Oswald quien fue el único sospechoso del asesinato del presidente John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 es condenado a muerte por un jurado de Dallas. Posteriormente, el juicio sería anulado y Ruby moriría en la cárcel esperando un nuevo juicio, sin haber confesado por qué mató a Oswald…
El automóvil presidencial Lincoln negro se desliza, casi al mismo ritmo de la carrera de una persona. Va totalmente descapotado, lo que, unido al soleado día en Dallas (Texas), ofrece una estampa inmejorable. Son las 12:30 del 22 de noviembre de 1963.
En la acera que está enfrente de Dealey Plaza, Abraham Zapruder graba toda la escena para estrenar una cámara Super 8 mm que acaba de comprar. Casi cuando la limusina del presidente se acerca hasta el lugar donde se encuentra, la imagen que graba se desenfoca brevemente. Primera detonación. «Oí lo que supuse que era un disparo de rifle. Pensé que procedía de detrás de mí, por encima de mi hombro derecho», recordaría el gobernador de Texas, John Connally, que iba en el coche con su mujer, sentado en la segunda fila de las tres del vehículo. La bala se pierde y golpea en el pavimento.
Segundo disparo. La Super 8 de Zapruder recoge poco después nítidamente el gesto del presidente llevándose las manos al cuello con signos de ahogo y dolor en el rostro. «¡Han disparado a mi marido!», grita Jacqueline… En el asiento de enfrente, el gobernador John Connally parece que tampoco se encuentra bien, está ladeado y también visiblemente dolorido. «Dios mío van a matarnos a todos», exclama, ya empapado en sangre, después de que una de las balas le alcance por la espalda y le salió por el pecho…
Entre la primera detonación y la segunda transcurren apenas cuatro segundos. Todo ocurre muy rápido. Jacqueline intenta en ese momento ayudar a su marido, que sigue ahogándose, mientras el coche avanza todavía bastante lento. Por su parte, el gobernador y su esposa están ya recostados sobre su asiento para evitar la línea de fuego: «Tiré de mi marido hacia mí para protegernos. No vi nada más, solo escuché los disparos».
Unos tres segundos después de la primera reacción del presidente, según el metraje de la cinta Zapruder, una nueva bala impacta brutalmente contra la cabeza de John. Jacqueline, horrorizada, grita entonces: «¡Mi marido está muerto. Tengo su cerebro en mis manos!», mientras intenta recoger en la parte superior de la cajuela del coche restos del cerebro de su marido de la parte trasera del Lincon. En ese instante, Clint Hill, un agente del servicio secreto, se encarama al coche por detrás y ayuda a Jackie, a que regrese a su lugar en el Lincoln.
Solo unos instantes después, el vehículo sale de Dealey Plaza y de la grabación de Zapruder…
La Comisión Warren, que investigó el magnicidio por orden del nuevo presidente, Lyndon B. Johnson, y denominada así porque la presidió el juez del Tribunal Supremo James Earl Warren, dictaminó en 1964 que fueron tres disparos —dos certeros, el segundo y el tercero—, todos obra de un tirador, Lee Harvey Oswald, que actuó solo y era un desequilibrado. Caso cerrado…
Después del tiroteo, el Lincoln abandonó, a toda prisa el lugar. «El resto del camino fui abrazada a John, sujetándole la cabeza para impedir que se le saliera el cerebro», relataría más tarde la esposa del presidente. Después de una frenética carrera, JFK y el gobernador de Texas son sacados del coche a la puerta del hospital Parkland. Aunque no había ninguna esperanza, los doctores James Carrico y Malcom Perry, los primeros en atenderle, no dudaron en intentar lo imposible. Para reavivar el pulso y la respiración decidieron practicarle una traqueotomía aprovechando la herida de la bala en la garganta de Kennedy, la única visible, además del espantoso destrozo de la cabeza. Fue inútil, porque aunque le hubieran estabilizado tenía medio cerebro fuera del cráneo y ya no existía actividad neuronal, como comprobaría el neurocirujano Kemper Clark. Alrededor de 40 minutos después, se abandonó todo intento y se consensuaron las 13.00, hora de Dallas, como el momento de defunción de JFK…
Lo que no podían imaginar entonces James Carrico y Malcom Perry es que con la traqueotomía acababan de borrar una de las huellas clave para la autopsia. Tras la defunción del presidente, los doctores del Parkland dieron una rueda de prensa para informar sobre lo acontecido. En ella Malcom Perry afirmó que la herida de la garganta, que sólo él y Carrico pudieron examinar durante un breve lapso, era el orificio de entrada de una bala y no el de salida.
En ese mismo instante, el cuerpo del presidente volaba hacia el hospital de la Marina en Betsheda, Maryland, para practicarle la autopsia, después de un breve altercado entre el Servicio Secreto y el personal del Parkland, que insistió en hacerle la autopsia allí mismo, como establecían las leyes del estado de Texas.
La versión de los doctores del Parkland era relevante porque fueron los únicos médicos que observaron la herida antes de la traqueotomía, y resultaría más tarde problemática para el FBI, puesto que no encajaría con un caso que prácticamente tuvieron cerrado en menos de 24 horas. La policía de Dallas había detenido al supuesto autor, Lee Harvey Oswald, una hora y media después del tiroteo. Encontraron el arma homicida, un rifle Manliccher Carcano de cerrojo, en la misma sexta planta del edificio de Dallas desde donde se efectuaron los disparos. Poco después se comprobaría que lo había comprado Oswald con un nombre falso y que sus huellas estaban en el arma.
Varios testigos afirmaron haberle visto en esa planta instantes antes del tiroteo y, además, fue el único empleado que huyó tras el atentado. Apenas una hora después de los disparos, a las 13.30, fue interceptado en la calle por un policía de Dallas, J. D. Tippit, prácticamente al mismo tiempo en el que los doctores del Parkland daban su célebre rueda de prensa.
Oswald mató a Tippit con un revólver, como declararían varios testigos y huyó hasta un cine donde fue detenido. Fue en un tiempo récord, las pruebas contra él eran evidentes, el caso parecía estar suficientemente claro. Sin embargo, Arlen Specter, el ayudante del fiscal que interrogó a los doctores Carrico y Perry como asistente de la Comisión Warren, responsable además de la teoría de la bala solitaria, tuvo que hacer encaje de bolillos: la herida en la garganta de Kennedy, debajo de la nuez, tenía que ser un orificio de salida, sencillamente, porque Oswald disparó desde el sexto piso del almacén, detrás del presidente, y no delante de él. La apreciación de los médicos echaba por tierra esa posibilidad.
Les interrogó haciéndoles saber las evidencias que tenían contra Oswald:
— «¿Teniendo en cuenta su apreciación de la herida de la garganta podría decir si era un orificio de salida o de entrada?».
A lo que ambos doctores, por separado, contestaron que teniendo en cuenta lo que habían visto, podía ser tanto de entrada como de salida.
La respuesta siguió sin ser suficiente para Specter, que insistió:
— «¿Sabiendo como saben ahora que sólo se disparó un arma desde el sexto piso del almacén de libros — seguido de una detallada explicación de la teoría de la bala mágica— podrían decir que la herida del presidente era un orificio de salida?».
A lo que Carrico y Perry acabaron contestando que sí, que en ese caso, podría ser un orificio de salida…
El testimonio de los médicos del Parkland, más allá de las posibles evidencias forenses, indica, sobre todo, la forma en la que actuaron los investigadores de la comisión y los agentes del FBI durante los meses en los que reunieron pruebas para el esclarecimiento del asesinato: más que trabajar para recabar información relevante, lo hicieron para consolidar la versión del único sospechoso: L. H. Oswald, establecida en las 24 horas después del asesinato.
Discriminaron los testimonios de los testigos que afirmaron oír disparos desde la valla de madera en el montículo del Grassy Knoll, enfrente del coche en el que viajaba el presidente, un emplazamiento totalmente diferente del de la ventana del sexto piso del almacén de libros de Dallas. En algunos casos incluso los alteraron, según denunciaron a la prensa años más tarde personas como Lee Bowers.
Es improbable, cuando no imposible, afirmar que tantos agentes del FBI, los que interrogaron a los testigos, los encargados de hacer las pruebas de balística con el rifle de Oswald… En definitiva, que un equipo que involucró a más de un centenar de miembros de su personal estuviera implicado en una conspiración.
Sin embargo, lo que es indudable es que se respaldó desde el minuto uno la versión del tirador solitario, L. H. Oswald, que fue asesinado, además, sólo dos días después del magnicidio, mientras las cámaras de televisión retransmitían en directo a todo el país su trasladado desde la comisaría central de Dallas. Su asesino, Jack Ruby, dueño de un local nocturno de la ciudad, dijo haberlo hecho para ahorrar el mal trago de un juicio a la viuda Jackie Kennedy y para «redimir» a la ciudad de Dallas.
Lo más llamativo no fue que Ruby pudiera colarse con un arma delante del asesino del presidente sino que, en su mayoría, el país aceptara la conclusión presentada por la Comisión Warren en septiembre de 1964, en la que se estableció que Oswald había actuado solo disparando tres balas desde el sexto piso —que coincidían con los tres casquillos hallados en el almacén— y que Ruby no había matado a Oswald con el objeto de silenciar una posible conspiración.