de Berlanga, berlanguiano, de Cervantes, cervantino; de Dante, dantesco; de Lorca, lorquiano…

Toda su obra es una metáfora de la nada, un pesimismo macerado de humor, la constatación de una falta absoluta de fe en el hombre, la articulación de una retórica de la resignación.

En doble acepción, ‘berlanga’ es un juego de naipes que exige tres cartas iguales para ganar y por otra parte un accidente que señala el cauce de un río. De ambas bebe la filmografía de Berlanga: sustantiva en la historia del cine hasta el punto de adjetivar una forma de ser y estar, lo ‘berlanguiano’.

Este concepto, trasunto de caótico y disperso, reivindicó José Luis Borau en 2008 durante su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua, finalmente admitido en 2020 a través de una de las últimas actualizaciones del diccionario, acaso para festejar a Luis García Berlanga (1921-2010) como antesala del centenario que se celebra este año.

De Cervantes, cervantino; de Dante, dantesco; de Lorca, lorquiano… y de Berlanga, berlanguiano, son algunos ejemplos del trasvase de lo particular a lo universal, del troquel del habla popular para acuñar algo que ha trascendido ámbitos como demostró este cineasta, ensayista, pintor de frescos, historiador y sociólogo de la España de último medio siglo XX.

Filmó en blanco y negro, rodó en ‘sepia’ y estrenó en color porque no fue un director de época sino de muchas épocas, un minucioso observador de la miseria humana sobre la que aplicó una lupa de conmiseración tamizada de ironía para no sucumbir al pesimismo, eso sí, sin alineamientos políticos ni dogmatismos intransigentes.

Desnudó el catálogo de incongruencias de la condición humana y aireó su poquedad moral hasta descubrir sus vergüenzas en todas las capas sociales, como un fruto tardío de la picaresca del Siglo de Oro, un epígono de esa generación dorada que, setenta años después de su primer filme («Esa pareja feliz»/1951), continúa inmarcesible.

El resultado de ese empeño de un hombre solo, entre los fanatismos de unos y otros, fue el de un estilo propio, un sello personal que nunca tiró tres cartas iguales (ahí refutó a la ‘berlanga’) y encauzó el cine español después de la Dictadura junto a otros creadores y productores de renombre.

Fue el delator de los trucos del régimen franquista («Bienvenido, Míster Marshall»), deslizó la Picaresca española en el cine («Los jueves, milagro»), criticó la hipocresía moral («Plácido»), defendió la libertad y la vida («El verdugo»), firmó la crónica de la Transición («La escopeta nacional»), censuró los desmanes de la democracia («Todos a la cárcel») y rodó una de las mejores películas sobre la Guerra Civil («La vaquilla»).

Toda su obra es una metáfora de la nada, un pesimismo macerado de humor, la constatación de una falta absoluta de fe en el hombre, la articulación de una retórica de la resignación.

La filmografía de Luis García Berlanga es bastante más que la coña, la guasa, retranca, sandunga y traca que adornaron sus películas, donde se desliza una acerada crítica social a partir de guiones en los que también se advirtió la mano de Rafael Azcona, otro genio rebelde como él.

«Es un director casi inclasificable. No se casó con nadie», ha explicado a Efe el Javier Angulo, desde 2008 director de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), un festival que este próximo martes estrenará la película «Berlanga!!», de Fernando Maluendo, como tributo y gratitud al realizador valenciano.

Berlanga y Bardem, autores de la primeriza «Novio a la vista» (1951), «inauguraron un tipo de cine: una comedia de color en la España del blanco y negro que salía del subdesarrollo, con toques realistas e infiltraciones de genios como Rafael Azcona y Marco Fereri», ha resumido Angulo. EFE Roberto Jiménez

Inicio