Efeméride; en la playa malagueña de El Bulto, se fusiló a Torrijos

REDACCION. suieinformación. diciembre 2021.-

Consideramos esta efeméride malagueña de tal importancia para nuestra ciudad y para España, que nos hemos permitido publicarla en la portada nacional y como único tema del día.

11 DE DICIEMBRE DE 1831

A las once y media de la mañana fueron fusilados en las playas del Carmen el general don José María Torrijos, el teniente coronel don Juan López Pinto; el oficial inglés, Md. Roberto Body; el expresidente de las cortes, don Manuel Flores Calderón; el exministro de la Guerra, don Francisco Fernández Golfín; El ayudante de las Milicias de Madrid, don Francisco Ruiz Jara Pardio; El sargento mayor de las Milicias de Valencia, don Pablo Verdaguer, hijo del general del mismo apellido; el piloto don Francisco Benaval; el marino don Francisco Arcas y demás compañeros. Todos murieron cristianamente, recibiendo los auxilios espirituales la mayoría con verdadera edificación.

Una vez fusilados los llevaron al cementerio en los carros de la Policía Urbana, conducidos por los presidiarios. La ciudad presentaba un aspecto imponente. Muchas puertas se veían cerradas y entornadas, los balcones solitarios, las calles y plazas casi desiertas. Hasta los mismos enemigos políticos comentaban la severidad de la sentencia.

Ni los más fanáticos en ideas políticas esperaban que el Gobierno de Madrid hubiese sentenciado a todos a muerte, incluso al grumete, un niño de corta edad, que también fue ejecutado.

Uno de los religiosos que asistió a los reos sufrió tan intensa impresión que se volvió loco. Este fue el padre Vicario, que hoy ocupa en el cementerio de San Miguel el nicho que Torrijos ocupó.

Efemérides Malagueñas J L Estrada Segalerva

FUSILAMIENTO DE TORRIJOS Y SUS LEALES

Que a España le hubiese tocado la desgracia de ser gobernada por un monarca insufrible, como fue Fernando VII podrá gustarnos más o menos y, sin duda, ha sido vivero de inspiración para generaciones enteras de investigadores, pero eso no lo elimina como responsable de su reinado, el cual se fija entre 1808 y 1833, aunque de manera efectiva desde 1814. Constitucional o no, es decir habiendo jurado la Carta Magna o manteniendo suspendida su palabra, durante este tiempo fue el rey legítimo de los españoles, lo que significa, por lo pronto, que todo movimiento de personas dirigido a alterar dicho estado de cosas por vías no expresamente contempladas en las leyes debía ser considerado ilegítimo; y por lo tanto ilegal. Como rey al frente de su Gobierno, que hizo cosas y llevó adelante una política de Estado, corresponde a los expertos analizar sus contenidos, a fin de intentar explicar cómo fue posible que dentro de su propio seno se levantasen voces autorizadas de protesta que clamaban por el restablecimiento de las libertades, las mismas que había sojuzgado; porque tales voces fueron oídas y seguidas por gente que acabó armándose con fines desestabilizadores. Una extraña combinación de elementos de índole intelectual, que estaban en el ambiente, convertiría a estos grupos en partidas ‘fuera de la ley’, epígrafe que no sólo habría de prestarles rostro para la Historia sino que les forzaría a la sedición y enfrentamiento con las fuerzas militares regulares legítima y legalmente constituidas. Pues bien, una de estas bandas estuvo dirigida por el general José María de Torrijos, lo que le sitúa en el primer plano de la historia malagueña; si a ello unimos su esforzadísima huida y apresamiento por tierras de la provincia, así como su ejecución en las playas de El Bulto, todo enmarcado en los planos románticos al uso, bien se comprende que a los planteamientos estrictamente políticos se haya adherido la costra que daría origen a decenas de leyendas en las que el bandido generoso o el apátrida internacional han ocupado protagonismo indiscutible.

Los hechos se sucedieron entre los últimos días de noviembre y primeros de diciembre de 1831. Convenido por Torrijos entrar en contacto con otros sediciosos en algún lugar de la costa oriental malagueña, abandonó con los suyos su refugio de Gibraltar, donde se hallaba desde hacía tiempo, para salir al encuentro, ignorante de haber sido traicionado por un tal ‘Viriato’, que luego resultaría ser el gobernador regio. Sintiéndose acosado por mar se vio forzado a ordenar el desembarco en una playa cercana a Fuengirola, llamada El Charcón, desde la cual, en plena noche y abatidos hasta la extenuación, tomaron la decisión de cruzar la sierra de Mijas, de unos mil metros de altitud, confiando en que no serían perseguidos. Al día siguiente alcanzaron los valles descendentes interiores, hasta conseguir instalarse en una cortijada conocida como La Alquería, que era propiedad del conde de Mollina, desde donde se les abría una posibilidad de escapar en dirección a Sevilla; pero la zona estaba bajo dominio del gobernador de Málaga Vicente González Moreno y en pocas horas todas la expectativas de salvación se fueron apagando. Al cabo, cercados y conminados, Torrijos tuvo que rendirse y sellar su futuro y el de sus leales. Tras un simulacro de juicio, orientado a desvanecer escrúpulos internacionales más que otra cosa, el día 11 de diciembre de 1831 fue fusilado junto al medio centenar que le seguía, entre los que se encontraban un mozalbete, un diputado y un poeta extranjero.

Con independencia del rumbo que España tomase a partir de la muerte del rey (1833), que no pudo ser peor, pues dejó por herencia una guerra civil que todavía colea, puede entenderse que nos hallamos ante uno de esos episodios en que un pueblo necesita ineludiblemente dejar clarificada su postura, pues no todos los que van determinándolo como tal mantienen una vigencia tan dilatada, en el caso que nos ocupa ya va para doscientos años, cierto es que bajo planteamientos políticos muy sutiles y al hilo de los tiempos. El ideario que defendió el general Torrijos fue de libertad, la que conocía y veía materializada en la Constitución del 12 y que era, por tanto, un bien previo al de la Nación, pues no entendía que pudiera existir esta sin aquella.

Que toda persona que trabaje en defensa de este ideal merezca reconocimiento es algo que no se discute pero si, además, lo hace con riesgo de la propia vida ya reclama honores especiales, cuando menos el de héroe. Ese fue su caso. Torrijos representa en la balbuciente España romántica el laurel de mártir de la Libertad y no será desde estas páginas desde donde se le intente restar un ápice de gloria; y, sin embargo, no está dicha toda la verdad. Se mire por donde se mire Torrijos fue un revolucionario que se alzó contra un régimen legítimamente constituido, perdió la partida y tuvo que pagar lo que había apostado.

Decir lo que acabo de decir es exigencia permanente para todo historiador que se precie pero releyendo los textos, y sin duda guiados por el avatar de la historia, se observa la morbosa intención de algunos de ‘olvidar’ que fue un proscrito, y así, pasan los años y cada día son más numerosas las asociaciones fundadas para enaltecer su nombre; calles, plazas y monumentos en su memoria abundan por doquier; de actos académicos, culturales y de todo tipo no hablemos. Insisto en que se debe respetar tanto homenaje póstumo pero reclamo el derecho a no falsear la historia, ni la de su vida ni la de la ciudad que le sirvió de tumba.

Evito detenerme en este lugar sobre cuestiones que están en la raíz de los planteamientos que condujeron a Torrijos a su fatal situación, pues ya es bastante tarea para el lector discernir acerca de conceptos como licitud, legitimidad, legalidad, etc., dentro de un sistema de valores en que todavía el rey sustentaba su magisterio en el origen divino de su persona, pero tampoco conviene, a fuer de puristas, ‘salvar’ la tiranía fernandina, de suyo reprobable.

Este será un tema excelente para afrontar una filosofía de la historia (hay miles de ejemplos editados) pero que no puede tener cabida en el que pretende ser un recorrido vivencial por la paradisíaca ciudad mediterránea; que, por cierto, en 1832, como si sus ediles sintieran irreprimibles deseos de salir de las tinieblas, acababan de instalar en las vías públicas las primeras farolas de gas.

HISTORIA GENERAL DE MALAGA Enrique del Pino

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