Juan ortega, el último eslabón de la fragua de Triana.

REDACCIÓN 4 octubre2021

Por Álvaro de San Román ( @lvaroSevilla5).- En la Triana antigua de Belmonte se fraguaba el cante, el baile y el arte de torear, se fraguó Curro puya y Cagancho fundidos de un mismo metal. Al compás del mismo martillo, se fragua Rafael vega de los reyes,  gitanillo de Triana, de peculiar estilo y sello de personalidad.

De aquellos rescoldos y del mismo color de bronce, nace en Camas Salomón Vargas, discípulo de Cagancho. Torero de compás abierto, de cintura y de prodigiosas muñecas. Al igual que Antonio Gallardo, que mecía el capote, hasta dormir la embestida. Cuentan que con un quite, hizo sonar la música en Sevilla. Rafael de Paula, que soñó un mano a mano con Belmonte, al que cuenta que conoció. Su toreo era tan puro y tan gitano, como el del mismísimo Cagancho, espejo y fuente de inspiración. Compartió tardes de torería y diabluras  con Curro Romero, torero de arte, de duende y sentimiento. Verónicas que pararon los relojes, muletazos de ensueño, cambios de manos y kikiriki, con esos desplantes tan elegante y toreros.

De la orilla de las fraguas, bordó el toreo Muñoz, el niño prodigio. Morante, que aunque tenga a Gallito en su mente, tiene aire de escuela trianera y sevillana.  Bendita escuela la de Triana, la de Belmonte, el que dejara las plantas asentadas por primera vez, rompiera la línea recta, se cruzara al pitón contrario y toreara a la verónica rematando con esas medias Belmontinas.

Las que evoca de forma magistral Juan Ortega, el último eslabón de esa cadena, fraguada en la cava de los gitanos de Triana. El también se fraguó en aquella orilla, donde Belmonte observa Sevilla desde el Altozano. Heredero de la quietud de Belmonte, de la colocación, de los cites de muleta plana. La lentitud de las verónicas de Curro puya, las del minuto de silencio. La pierna contraria adelantada, enganchando y llevando al toro donde solo los puros los llevan. De manos bajas, la barbilla clavá en el pecho y de cintura encajada, capaz de formar un revuelo, y hacer sonar la música con un recibo de capote en la Maestranza.

Juan desde muy niño quiso ser torero, lo llevaba dentro, se veía que estaba tocado con la varita  desde novillero. Deslumbra por su pureza y verdad, da gusto verlo torear. Durante un parón, tras sus confirmación como matador de toros, se encontró al salir de la plaza de Guillena, con el Maestro Pepe Luis Vargas, quedaron para un café y con él emprende un nuevo camino, poquito a poco y sin prisas. El Maestro no quiere revivir malas experiencias con su torero, lo cuida como a él no lo supieron cuidar, del maltrato de las empresas, de las corridas duras, y a contra estilo.

Quieren disfrutar del camino juntos. La trayectoria del maestro Pepe Luis no fue extensa, la cornada de Sevilla le dejo sin facultades en la pierna, no tuvo recuperación completa . Quedo en la retina de la afición, daba gusto verlo torear, con ese arte y empaque, de entre Sevilla y Triana. Su pundonor y torería en la corridas duras, como las de Murteira y Pablo Romero. Juan lleva el toreo dentro, tiene su concepto muy claro, juntos han encontrado una enorme felicidad, a Juan le encanta que le hable de los toreros antiguos, de ese toreo, que el maestro esta haciendo que en el aflore. El maestro tiene un concepto extraordinario del toreo, da gusto escucharlo hablar, como le habla a sus alumnos, con que tacto y dulzura.

En el caso de Juan, como un padre a un hijo. Se deben mutuamente, Juan por su carrera y el maestro por la satisfacción y felicidad que esta viviendo en esta nueva etapa en el mundo del toro, que es su vida. Que tarde más bonita la de Madrid, la que le abrió camino, la tarde de linares , la de Málaga, y la de la oreja de Sevilla que revolucionó la maestranza y acaparó todos los titulares. ¡Aquí hay torero! aún no hemos visto ni la mitad de lo que lleva dentro. Brotará desde la serenidad de haber alcanzado el triunfo, su sueño, abrir la puerta del príncipe y cruzar a hombro a la otra orilla, la de Triana, la de fragua y toreo eterno.