

«La pica gozó de un enorme prestigio y consideración, aunque por su longitud (más de 5 metros generalmente) resultaba incómoda de manejar; de gran versatilidad en su uso (pues permitía utilizarla para escalar murallas, salvar fosos como si fuera una pértiga, neutralizar cargas de caballería, etc) y fabricada el asta en madera de fresno de forma preferencial, se pretende implantar un modelo único de 26 palmos -5,46 metros- para todos desde la época de los Reyes Católicos, aunque no se consiguió plenamente.
«Fuese lo más grueso della a quinze [palmos] de la punta, y onze del quento, y desde aquella grosseza, fuere poco a poco assutilándose hasta que el pitipie de cuento tenga de circunferencia medio palmo menos la vente y docena parte de todo el palmo, para fenescer en tal manera ha de tener de circunferencia en lo más gruesso la sexta parte de un palmo más que la mitad del»
Si a la extensión de la pica -que algunos hombres acortaban para hacerla más manejable, práctica que fue perseguida y castigada por la oficialidad -añadimos las demás piezas del armamento de un coselete (peto, espaldar, yelmo, brazales, manoplas y escarcelas), por lo que su iniciativa no podía ser mucha y además no convenía que lo fuera, ya que éxito del grupo radicaba en su acción conjunta.
Servir con ella fue considerado como muestra de valor y apego a la carrera militar. Hasta los nobles iniciaban su andadura castrense sirviendo con la pica. Los testimonios en este sentido pueden ser numerosísimos. Veamos alguno. El marqués de Vasto -jefe de uno de los cuerpos de ejército en la batalla de Pavía- pidió a su tío el marqués de Pescara que le dejara combatir con una pica, aunque éste no consintió en ello; cuando alguna unidad era reformada, sus oficiales servían con picas -la fila de capitanes debe su nombre a que estaba formada por los capitanes del Tercio y los reformados de esa graduación que se le habían incorporado, todos con sendas picas para entrar en acción-; todavía en 1704 había tratadistas militares que hablaban de ella como la señora de las armas, pese a su obsolescencia para esas fechas, en que se había impuesto desde hacía tiempo el uso de las armas de fuego portátiles entre los soldados.
El piquero la llevaba en orden cerrado sobre el hombro derecho, menos la hilera izquierda de la formación que la llevaba sobre el hombro de ese lado, y la empleaba contra el enemigo de dos formas básicamente: contra la caballería apoyándola en el suelo en ángulo de 45º, sosteniéndola con las dos manos y apoyado por el fuego de mosquetería de sus camaradas; contra la infantería en posición horizontal, paralela al suelo, pegada a la cadera derecha, con la mano de ese lado a esa altura y el codo hacia atrás, mientras la mano izquierda la situaba por delante a la altura del abdomen: en el choque, la asía con firmeza con ambas manos para detener el impacto; en el ataque, la deslizaba de atrás adelante impulsándola con la mano derecha y dirigiéndola con la izquierda, por cuyo interior se deslizaba, adelantando el cuerpo para darle mayor impulso y contundencia en la arremetida».
_Texto extractado de Enrique Martínez Ruiz, Catedrático de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid.



