
Desde tiempos ancestrales, la obediencia de las mujeres a los hombres se justificaba en la convicción que existía en la época de que la mujer era por naturaleza un ser inferior al hombre. Así lo expone Fray Hernando de Talavera:
«Es cosa razonable que la mujer siga y obedezca al seso y querer del varón, que en todo es más perfecto, ca es cosa general que todas las cosas inferiores e menos sean movidas e regidas por los superiores e mayores».
Esta idea de machismo egocéntrico, mezclado con una feroz misoginia, no es exclusiva de Hernando, sino que era preponderante en los pensadores de la época. Así, por ejemplo, Fray Luis de León razona que la desigualdad entre hombres y mujeres procede de la voluntad de Dios:
Dios cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo:

«Hagámosle un ayudador su semejante», de donde se entiende; que el oficio natural de la mujer y el fin para el que Dios la creó, es para que sea ayudadora del marido y no su calamidad, ni su ruina, debe ser su desventura ayudadora y no destruídora, como lo vienen siendo todos los siglos de antaño…».
Otras de las funciones que se le asignaban a las mujeres era, una vez casadas, la de consolar al marido y de servirle para que éste descanse. Así lo expone Guevara en el siguiente texto:
«Una de las más loables y santas compañías que hay en esta vida es la compañía del varón con su mujer, en especial si la mujer con quien se casó es virtuosa porque la generosa y virtuosa mujer aparta a su marido de los enojos que le dan pena y házele servicios con que descansa».
Planteado de esta manera, el matrimonio viene a frustrar la libertad de la mujer desde su origen, pues ella no tiene ninguna capacidad en la elección del marido y su vez, una vez casada, debe cumplir con un conjunto de reglas impuestas y predeterminadas que van en contra de sus sentimientos y deseos personales. La otra alternativa honrada de las mujeres era el encierro en el convento, es decir, seguir el camino como monja. En teoría, la monja era considerada en un grado superior de la mujer, por encima de la casada, porque ella también se había casado y con el Señor, lo que le otorgaba mayor prestigio social.

Claro que, sucedía con cierta frecuencia, como esta opción no surgía de la voluntad expresa de la mujer sino de una elección a la que se veían obligadas todas aquellas que pretendían mantener su «dignidad» intacta, proliferaron las monjas desesperadas, las monjas infieles y, en ocasiones, las monjas fugitivas. Por ejemplo, en su «Respuesta a Sor Filotea de La Cruz», Sor Juana declara:
«Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación».
Dejando en evidencia ese sentimiento propio de muchas de las religiosas, para quienes el camino de la fe era «el único camino decente» aunque no era el camino deseado. La mujer, a los ojos de los hombres de Siglo de Oro, pertenecía a un «sexo socialmente inferior y devaluado». No tenia, por lo tanto, permitido el trabajo, más allá de aquel que se realizaba dentro del hogar. A partir del siglo XVII, incluso, se penaliza el trabajo femenino siendo considerado desde ese momento “deshonesto o infamante”. La única función de la mujer en los Siglos de Oro “era la de crear al marido su espacio privado, mientras que él debía desarrollarse en el público”.
Frente a esta realidad, la instrucción de la mujer estaba destinada a su espacio específico, el hogar. A las mujeres se les daba cierta instrucción elemental que les permitiera encargarse personalmente de la educación de sus hijos y realizaran las labores de la casa. Fuera de este ámbito la mujer no tenía más que aprender.
En todos los casos, la educación de la mujeres se entendía que debía servir para desarrollar una conducta virtuosa y alejada de todos los vicios. Varios autores aprobaban que las mujeres aprendan a leer, pero que lean únicamente aquellas obras compuestas por varones que las conduzcan por el camino de la virtud y la castidad. Y por encima de todo, las mujeres instruidas, como las no instruidas, debían ser silenciosas con sus maridos y respetar la superioridad de los hombres.
Estas limitaciones en los conocimientos femeninos, por su parte, pretendía anular toda posibilidad de independencia y limitar cualquier iniciativa personal que intentase liberar a la mujer de la dominación de los hombres. El prof. José Lorite Mena nos muestra la intención última que se esconde tras esta mentalidad:
«La mujer, en cuanto sujeto, no tiene posibilidad de acceder a una existencia plena, puesto que, por principio, por ser mujer (o más exactamente, por no ser hombre), está excluida del ámbito de actividad que pueda dar significado a su existencia».
Sin embargo, y a pesar de todos los obstáculos existentes, hubo mujeres en los siglos XVI y XVII que no se conformaron con la situación establecida y, en la medida de sus posibilidades, intentaron corregir y superar estas limitaciones. Por ejemplo, a nivel de la dramaturgia existió un número importante de escritoras de obras teatrales, que con un perfil muy propio aportaron elementos, comentarios y críticas a el teatro moderno.
Editor: Jorge Ponce Soto de La Voz de la Historia



