Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay fenómenos que no pueden explicarse ni entenderse desde la distancia. Hay sentimientos que únicamente pueden llegar a comprenderse cuando se camina por ciertas arenas, no todas, cuando la polvareda que se levanta por el camino se mezcla con el sudor de los peregrinos y cuando, en mitad de la noche, sentados junto a la carreta del Simpecado, suena la letra de una sevillana sentida, despaciosa y bien entonada, rompe el silencio de la marisma. Eso ocurre en El Rocío.
Cada primavera, por Pentecostés, miles de creyentes se ponen en marcha hacia un lugar emblemático, lo que un día fue una pequeña aldea blanca perdida entre pinares y humedales. Desde todos los rincones salen las hermandades atravesando caminos imposibles, cruzando ríos, soportando calor, cansancio y noches al raso. Aun así nadie parece fatigado. Porque quien hace el camino del Rocío no solo anda con los pies, camina… con el corazón.
La Virgen del Rocío ocupa un lugar único en el sentimiento popular de muchos pueblos y ciudades. No es una imagen distante ni solemne porque el rociero la siente cercana, familiar. Es la Blanca Paloma, Madre, Señora y Reina de las Marismas. A ella se le habla sin artificios, mirándola a sus ojos, con la verdad sencilla y por delante, con humildad y devoción. En sus plantas se dejan lágrimas silenciosas, promesas cumplidas, plegarias desesperadas y gratitud a manos llenas por todo lo que nos da.
Quien nunca ha vivido El Rocío difícilmente puede comprender por qué un hombre hecho y derecho puede romper a llorar emocionado al escuchar una sevillana, o por qué familias enteras esperan durante horas la salida de la Virgen entre empujones, vivas y esa emoción contenida tan difícil y a la vez fácil de explicar.
Allí desaparecen las diferencias de toda clase porque en la aldea todos somos iguales ante Ella.
El Rocío posee además algo profundamente andaluz y español como es la unión entre lo religioso y lo popular. Hay oración, sí, pero también convivencia, guitarras sonando, tamboriles y pitos, palmas y alegrías compartidas. Porque el rociero entiende la fe no como melancolía y tristeza, sino como celebración de la vida. Esa mezcla única convierte a esta romería en un fenómeno difícil de comparar con ninguna otra manifestación religiosa del mundo.
Se equivocan quienes pretenden reducir El Rocío a lo folklórico; eso sería una injusticia. Detrás de cada carreta, andando por los caminos, hay sacrificio; detrás de cada medalla hay una historia inolvidable, familiar, íntima y detrás de cada promesa siempre hay un sufrimiento. Porque son muchos quienes acuden de promesa para agradecer una curación, pedir trabajo, salud o consuelo. Se vuelve año tras año, cada cual como puede, porque se siente que allí se encuentra algo que el mundo moderno nos ha arrebatado: la autenticidad.
Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, más fría, distante y desconectada de sus tradiciones. Sin embargo vivir El Rocío sigue siendo un milagro colectivo. Mientras tantas costumbres desaparecen, cientos de miles de personas continúan caminando juntas detrás de la imagen de la Virgen. Y eso revela que todavía existen vínculos invisibles capaces de unir a un pueblo entero.
Por eso impresiona tanto la madrugada cuando los almonteños saltan la reja. No es simplemente un instante de fervor desbordado. Es la explosión emotiva y firme en sus creencias de un pueblo que siente a su Madre como parte de su propia existencia. Cuando los almonteños toman las andas y sacan a la Blanca Paloma para recorrer la aldea, el tiempo parece detenerse. Se escucha el llanto, los gritos, los rezos y…pueden contemplarse esas miradas perdidas llenas de fervor hacia el cielo. Es la fe convertida en emoción colectiva.
El Rocío no puede entenderse desde la lógica. Se siente o no se siente. Y quienes se conmueven saben que no hay nada más hermoso que el camino, ni amanecer, ni olor más puro que el de la marisma después de rezarle a la Virgen.
Porque El Rocío no es solo una romería. Es la síntesis de una manera distinta de entender la Fe y la vida.


