Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay momentos en la vida pública de una nación que, por inesperados, adquieren una relevancia especial. Ayer fue uno de ellos. Durante la intervención de Su Santidad León XIV, el Congreso de los Diputados ofreció una imagen poco habitual para los españoles: silencio, respeto y atención compartida.
No hubo interrupciones. No hubo gestos de desprecio. No hubo la tensión permanente a la que nos tiene acostumbrada la política nacional. Por unas horas, los representantes de sensibilidades ideológicas muy distintas parecieron escuchar un mismo mensaje y reconocer una misma autoridad moral.
Muchos dirán que fue simplemente cortesía institucional. Puede ser. Pero quienes seguimos la actualidad política sabemos que, en los tiempos que corren, incluso la cortesía se ha convertido en un bien demasiado escaso.
España atraviesa uno de los momentos políticos más complejos de los últimos años. Las investigaciones y juicios por corrupción, los enfrentamientos entre partidos, la creciente desconfianza ciudadana hacia las instituciones y las especulaciones sobre posibles escenarios electorales anticipados han generado un clima de incertidumbre que preocupa a buena parte de la sociedad. Demasiada tensión y peso sobre los hombros de los ciudadanos de cualquier credo. También los de los agnósticos están sobrecargados. Se respira un ambiente generalizado de ansiedad y tristeza y eso que formamos un pueblo con fama de alegres.
En medio de ese panorama, la figura del Papa apareció como un recordatorio de algo esencial: la política no puede construirse únicamente desde la confrontación. Las democracias necesitan discrepancia, pero también necesitan de acuerdos. Necesitan debate, pero también respeto. Necesitan defender convicciones firmes sin convertir al adversario en enemigo.
León XIV recordó valores que forman parte de la mejor tradición humanista y cristiana de Europa, de la cual venimos: la dignidad de la persona, la búsqueda del bien común, la solidaridad, la responsabilidad y la necesidad de tender puentes allí donde otros levantan muros.
Para los católicos, estas palabras tienen además una dimensión especial. La doctrina social de la Iglesia siempre defendió que la actividad política es una de las formas más nobles de servicio cuando se orienta al bien común. No se trata de imponer creencias religiosas a la sociedad, sino de promover principios básicos y universales que favorezcan la convivencia, la justicia y la paz social en armonía.
Quizá por eso resultó tan llamativo observar cómo diputados de muy distintas ideologías asentían a mensajes que, en el fondo, apelaban a valores compartidos por cualquier persona de buena voluntad.
España necesita recuperar esa cultura del encuentro. No significa renunciar a las diferencias. Significa reconocer que existen intereses superiores que deben situarse por encima de las estrategias partidistas. La vivienda, el empleo, la educación, la natalidad, la sostenibilidad del Estado del bienestar o la cohesión territorial son desafíos demasiado importantes como para quedar atrapados en una confrontación permanente.
La grandeza de una democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en saber gestionarlo, afrontando los problemas con respeto y espíritu de cooperación.
Por eso, más allá de credos religiosos o posiciones ideológicas, la escena vivida ayer en el Congreso merece una reflexión serena. Durante unas horas, la política española mostró una versión de sí misma que muchos ciudadanos echamos de menos: una política capaz de escuchar.
Tal vez fue únicamente una fugaz coincidencia. Tal vez fue el peso de una figura universal indiscutible como la del Papa. O tal vez, como sentimos los creyentes, el Espíritu Santo pasó por el Congreso.
España haría bien en no olvidar la lección.



