davide@mkrp.es
Vidas Privadas

David Espriu: (El encuentro es en el puerto de Barcelona, donde los cruceros se recortan contra el cielo como ciudades de acero suspendidas sobre el mar. Àlex Pàmies llega en una moto negra, imponente y se quita el casco con la lentitud de quien sabe que cada gesto es parte de un ritual. Tiene 54 años, aunque su energía parece de alguien que aún no ha decidido cuándo crecer. Mide 1,80 y viste con una mezcla de despreocupación y pulcritud, chaqueta informal, vaqueros, la mirada de quien ha visto atardeceres en los fiordos noruegos y amaneceres en el sudeste asiático. Nos sentamos en una terraza que mira al mar, y él pide un café solo mientras observa los barcos con la familiaridad de quien los conoce como si fueran parte de su familia.)
David Espriu: Àlex, he leído que tu padre fue guía turístico y fundó Eurovacances en 1986. Que tu madre le puso el rigor financiero. Que tú, en cambio, no querías saber nada del turismo cuando eras adolescente. ¿Cuándo y cómo cambió esa mirada?
Àlex Pàmies: (Sonríe. Esa sonrisa que no es forzada, sino el reflejo de una vida en paz consigo misma.)
No fue un momento de revelación, David. Fue un proceso lento, casi imperceptible, como las olas que van moldeando la orilla. A los 15 años quería una moto y mis padres me dijeron, «Te la ganas». Así que empecé a trabajar de camarero mientras estudiaba. Paralelamente, acompañaba a mi padre a ferias de turismo y hacía pequeños servicios, llevar grupos en autocar hasta Montélimar, traer otros de vuelta. Sin darme cuenta, estaba aprendiendo el oficio de la manera más antigua, haciéndolo. (Hace una pausa, bebe un sorbo de café.)
Luego, en 1992, mientras estudiaba Historia y Geografía, entré en la oficina. Y ya no salí. Al principio no era vocación, era una forma de estar cerca de mi padre. Pero con el tiempo descubrí que el turismo no es vender billetes, es diseñar experiencias, construir emociones, ayudar a otros a entender el mundo. Ahí me atrapó.
David Espriu: Y ahora diriges Eurovacances, que cumple 40 años. También eres responsable de la representación de Hurtigruten y HX para España, Portugal y Andorra, con un ojo en Latinoamérica. Cruceros que surcan los fiordos noruegos, que se adentran en el Ártico. ¿Cómo es eso de vender sueños que navegan?

Àlex Pàmies: (Su mirada se pierde en el horizonte, como si viera los barcos que describe.)
Vender cruceros es vender la posibilidad de despertar cada día en un paisaje nuevo. Es la promesa de que el mar te llevará a sitios que no puedes imaginar, los fiordos, sí, pero también la Antártida, Groenlandia, la Patagonia. (Se vuelve hacia mí, y sus ojos tienen ese brillo del que sabe que lo que dice es verdad.)
Lo que más me apasiona es la parte creativa. Diseñar un viaje no es poner hoteles y vuelos en un itinerario; es imaginar qué va a sentir una persona cuando vea un glaciar por primera vez o cuando huela el ozono en el Atlántico Norte. Eso es lo que me mueve. Y la sostenibilidad, David. El turismo tiene que ser un motor de cambio positivo. No podemos seguir viajando como si el mundo fuera inagotable.
David Espriu: (El camarero trae otro café. Àlex lo acepta sin dejar de mirar los barcos.)
Eres padre de tres hijas, nacidas consecutivamente. Ninguna ha seguido el turismo, pero todas viajan y tienen mente abierta. Luego llegó Olga, tu pareja desde hace más de seis años, con sus dos hijas. Construisteis una relación «madura, basada en el respeto, la confianza y la libertad», dices. ¿Qué significa amar a los 50 sin perder la independencia?
Àlex Pàmies: (Una sonrisa más íntima, como si hablara de un secreto bien guardado.)
Significa que cada uno tiene su espacio, su vida, sus rutinas, y que la relación no es una posesión, sino un encuentro. Olga y yo vivimos entre dos casas. Nos queremos, pero no nos necesitamos para ser felices; nos elegimos para serlo más. (Apoya los codos en la mesa.)
Mis hijas son mi mayor regalo. Cada una tiene una personalidad distinta, y verlas crecer, independizarse, tomar sus propias decisiones, es un orgullo que no se puede explicar con palabras. La mayor ya vuela sola, la mediana reparte su tiempo entre su pareja y nosotros, y la pequeña vive conmigo. Son el ancla que me mantiene en tierra firme.
David Espriu: Dices que la felicidad permanente no existe, pero que la gratitud sí. Y que esa es la clave de tu sonrisa. Sin embargo, también has tenido momentos duros. ¿Qué te ha enseñado el dolor?
Àlex Pàmies: (El brillo de sus ojos se vuelve más sereno, como el mar cuando amaina el viento.)
El dolor te enseña a valorar el silencio. Y a escucharte. He tenido etapas complicadas, como todo el mundo. Pero he aprendido que las heridas, si se cuidan bien, se convierten en cicatrices que te recuerdan quién eres y de dónde vienes. La gratitud no es ignorar el dolor, es aceptarlo y seguir caminando. (Hace una pausa.)
Y luego está la moto. Para mí, la moto es terapia. Curva tras curva, todo desaparece: las preocupaciones, los teléfonos, las reuniones. Solo existes tú, la carretera y el momento. Es difícil de explicar, pero es uno de los pocos lugares donde consigo desconectar por completo.
David Espriu: Háblame de esa pasión. La moto llegó tarde a tu vida, pero con fuerza, seis motocicletas en tu garaje, un grupo de amigos, rutas, proyectos. Dices que hay una iniciativa especial en marcha, algo que «dará mucho que hablar». ¿Puedes adelantarme algo?
Àlex Pàmies: (Se ríe, pero con complicidad. No es una risa que oculta, es una que invita.)
No puedo contar demasiado, David, porque aún está en fase de gestación. Pero te diré esto, el turismo y la moto son dos mundos que he decidido unir. Estamos desarrollando un proyecto que conecta el amor por las dos ruedas con la experiencia de viajar de una manera auténtica y sostenible. No será una ruta turística al uso, será una forma de vivir la carretera con sentido. (Guiña un ojo.)
Cuando esté listo, lo sabrás. Y ojalá estés tú para contarlo.
David Espriu: (El puerto se va llenando de luces. Los cruceros empiezan a iluminarse como ciudades flotantes. Àlex mira el reloj, pero no con prisa, con la conciencia de que el tiempo es un aliado.)
El futuro, ¿cómo lo ves?
Àlex Pàmies: (Apoya las manos sobre la mesa, como si trazara un mapa invisible.)
Lo veo apasionante. Profesionalmente, tengo proyectos nuevos, el desarrollo del mercado latinoamericano, la expansión de la representación de Hurtigruten, la iniciativa de la moto. Personalmente, quiero seguir viajando con Olga, viendo crecer a mis hijas, manteniendo esa curiosidad intacta que me ha traído hasta aquí. (Su voz se vuelve más íntima.)
El futuro que deseo es sencillo, seguir emocionándome con un amanecer en un fiordo, seguir sintiendo el viento en la cara cuando enlazo una curva, seguir descubriendo que el mundo es más grande y más pequeño de lo que imaginamos. Mientras conserve esa capacidad de asombro, sabré que voy por el buen camino.
David Espriu: (La conversación se ha alargado. El café ya está frío. Àlex se levanta, se ajusta la chaqueta, y su mirada vuelve a posarse en el mar.)
Una última pregunta, Àlex. De esas que no están en el guion. Si tuvieras que definir tu vida en tres palabras, ¿cuáles serían?
Àlex Pàmies: (Se queda en silencio. El viento del puerto agita un mechón de su cabello. Luego sonríe, amplio, sincero.)
Gratitud. Curiosidad. Libertad.
(Me da la mano, firme, y se aleja hacia su moto negra. El casco, la ignición, el rugido del motor que se pierde entre las grúas del puerto. Antes de desaparecer, levanta la mano en un saludo que no necesita palabras.)

David Espriu: (Me quedo en la terraza, con el ruido del mar y la certeza de que he conocido a un hombre que ha convertido su vida en un viaje bien trazado. Àlex Pàmies Mongay, el empresario que diseña sueños sobre el agua, se ha ido, pero su maleta, como él dice, siempre está preparada.)
Vidas Privadas. Àlex Pàmies Mongay. Puerto de Barcelona.
Queda dicho.


