Xavi Altamirano. Suite Información.– Hay palabras que desaparecen poco a poco de nuestro lenguaje sin que nadie anuncie oficialmente su desaparición. Simplemente dejan de aparecer en los titulares, en los informativos, en los comunicados y en las conversaciones habituales, hasta que un día nos damos cuenta de que aquello que antes llamábamos de una manera ahora se llama de otra. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo con una palabra perfectamente española, tradicional y muy precisa, siempre hemos sabido lo que es un inmigrante.
Hoy parece que en buena parte de los medios de comunicación todo el mundo es «migrante». Personas que llegan en patera a las costas españolas son «migrantes». Personas rescatadas en el mar son «migrantes». Personas que cruzan una frontera y entran en España son «migrantes». Personas que se establecen en nuestro país son «migrantes». La palabra se ha convertido en una especie de término comodín que sirve para casi todo.
Pero aquí conviene hacer una precisión importante: «migrante» no es una palabra incorrecta. La Real Academia Española la recoge y su uso es perfectamente legítimo. El problema no está en utilizarla, sino en utilizarla como sustituta sistemática de términos que, en determinadas circunstancias, son mucho más precisos. La RAE distingue entre emigrante, inmigrante y migrante: quien emigra sale de un lugar para establecerse en otro; quien inmigra llega a un país o lugar para establecerse en él; y quien migra, sencillamente, se desplaza.
La diferencia no es una cuestión ideológica. Es una cuestión de significado.
Los españolitos que tuvieron que emigrar a Alemania a trabajar, allí fueron inmigrantes, aquí en España eran emigrantes. Eso ha sido así toda la vida. Tenemos un idioma hiper-rico al que no debemos someterlos a estas pataditas, que me huelen a progresismo enfermizo metastásico.
Todos las personas que vienen a esta España a instalarse son inmigrantes, los que se tienen que ir a Estados Unidos a buscar su futuro profesional, son emigrantes y los ñus, los jilgueros, las garzas y los atunes son migrantes.
Y aquí conviene no caer en la exageración. No podemos afirmar que cada periodista que utiliza «migrante» esté siguiendo una consigna ideológica. Sería injusto y, además, imposible de demostrar en cada caso. Lo que sí podemos hacer es observar una tendencia y preguntarnos por sus consecuencias.
Porque las palabras también construyen el relato.
Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos sea tan sencilla como incómoda:
Si una persona llega a España, ¿por qué nos cuesta cada vez más llamarla simplemente por lo que es: un inmigrante?



