Como cada año, este mes de octubre tendrá el fin de semana más largo, aquel en el que los relojes se retrasarán una hora para adaptarse al horario de invierno. No obstante, esa hora de más para dormir (o para lo que sea aprovechada) puede implicar alteraciones del sueño, irritabilidad, falta de concentración o fatiga crónica al alterar el famoso ritmo circadiano.
La excusa principal para llevar a cabo este cambio por segunda vez en 2026 sigue siendo la derivada de la era industrial: el ahorro energético.
Sin embargo, esta tradición parece guardar una justificación mucho más humana: la falta de consenso.
¿Horario de verano u horario de invierno?
En los últimos años los expertos han comprobado que lo que se ahorra en luz por la tarde se gasta en calefacción por la mañana. De hecho, ya en 2018 la Unión Europea hizo una macroencuesta en la que el 84% de los ciudadanos votó a favor de eliminar el cambio de hora para siempre.
El Parlamento Europeo incluso llegó a fijar el año 2021 como la fecha límite para acabar con esta costumbre. La pandemia de la COVID-19 retrasó esta decisión, que ha quedado guardada en un cajón.
¿Cambiar o no cambiar la hora? Esa es la cuestión
Los países miembros son incapaces de ponerse de acuerdo sobre si quedarse permanentemente en el horario de invierno (el que más recomiendan los neurólogos y expertos en sueño, que beneficia a los países del oeste) o en el de verano (el favorito de la hostelería y los amantes del ‘tardeo’, que beneficia a los estados del este).
El Oeste necesita el horario de invierno para no empezar el día a oscuras, mientras que el Este prefiere el de verano para no perder la tarde por culpa de los atardeceres tempranos.
Ante la amenaza de convertir el mapa europeo en un mosaico caótico de zonas horarias inconexas, la decisión (o indecisión) es seguir haciendo el cambio de hora. Atrapados en este limbo político, seguimos moviendo las manecillas del reloj año tras año, o viendo cómo los aparatos electrónicos lo hacen por sí mismos.
¿Por qué sufrimos un ‘mini jet-lag‘?
El cerebro tiene su propio reloj interno que segrega melatonina cuando oscurece para mandarnos a dormir y nos despierta con la luz del alba. Es la base de la cronobiología.
La invención de la luz permitió al ser humano jugar con su tiempo ambiental, motivo por el que hay turnos laborales de mañana, partido, tarde y sí, también nocturnos.
Una vez que el organismo se ha adaptado a un horario, cualquiera de ellos, cualquier cambio, aunque sea solo de 60 minutos, puede generar alteraciones.
Los problemas más importantes no son los de corto plazo, sino los que tienen que ver con la adaptación, como es el insomnio que, a su vez, se traduce en problemas de salud como hipertensión, la obesidad o la diabetes tipo dos.
¿Qué día y a qué hora exacta se cambia el reloj?
Pese a ser un hecho muy encorsetado en el calendario, este 2026 tiene una particularidad: no tendrá lugar en el último fin de semana de octubre, al menos de forma rigurosa. Como el retraso de la hora debe quedarse enmarcado en el mismo mes y este año el cambio al horario de invierno en España ocurrirá la madrugada del sábado 24 al domingo 25 de octubre.
Exactamente a las 03:00 de la madrugada, los relojes se retrasarán a las 02:00 (en Canarias, a las 02:00 será la 01:00).
El fin de semana posterior se inicia en octubre todavía, pero el domingo ya es 1 de noviembre, motivo por el que ha quedado así encuadrado. El horario de invierno permanecerá hasta el 28 de marzo de 2027.
Para minimizar el impacto de este salto de sesenta minutos, los profesionales de la salud sugieren una serie de pautas conductuales. La mejor forma de facilitar el proceso es la anticipación gradual, realizando pequeños cambios progresivos en los horarios de sueño y de las comidas unos días antes del domingo.






