Son pocos los elegidos por el caprichoso destino para ser invitados por la esquiva fortuna para bailar al son que marca la historia…Pero aún son menos, los que son plenamente conscientes de que han sido seleccionados… De que han nacido para la Gloria… Para ser eternos…
Don Juan de Austria sale de la carroza construida a popa para que se pudiese reunir junto a sus oficiales con la determinación irradiando de sus ojos. Hincha su pecho de aire sintiendo en sus fosas nasales y la boca el sabor del salitre; y exclama pleno pulmón:
— ¡Hijos!
Los demonios nacidos en la lejana piel de toro que han sido criados bajo el sol y curtidos por el hambre, la guerra y la fidelidad plena a su Rey y a su manera de ver la vida, se giran y alzan el rostro hacia el que todos saben que es el elegido.
— ¡A morir hemos venido!
Brama con fiereza y decisión sin titubear contrayendo los músculos de su cuerpo hasta agarrotarlos para, seguidamente, alzar contundentemente su brazo derecho y apuntar con el dedo índice hacia el cielo.
— ¡A vencer, si el cielo así lo dispone!
Entonces, una breve pausa…
Los demonios amantes de la cruz y fervientes defensores de su amado Rey estallan en tan feroz aullido que el estruendoso golpear de las olas sobre el casco de la galera llamada la Real parece un insignificante susurro.
Don Juan de Austria los mira directamente y sin titubear a los ojos manteniéndoles durante unos segundos la mirada ¡Son aquellos hombres los llamados junto a él por la historia y la gloria para imponer la Cruz sobre la Media Luna!
Su rostro se contrae como lo hace el de un lobo antes de abalanzarse sobre su presa. Después, vuelve a dirigirse en tono frío, pesado y colérico, a ellos…
— No deis ocasión a que, con arrogancia impía, os pregunte el enemigo: ¿dónde está vuestro Dios?
Aprieta los puños hasta que sus nudillos y ruge cuál león deseoso de mostrar su fuerza e hincar sus dientes sobre la presa que tanto ansía. Su alma se contrae para expandirse con fuerza hasta elevarse y arrastrar a los que le observan a su mismo éxtasis.
— ¡Pelead en su santo nombre!
En aquel momento, en la comisura de sus labios se dibuja una sonrisa resuelta y cargada de coraje y determinación que, de haber sido observada por los enemigos en vez de por los hombres curtidos en mil infiernos, hubiese causado el espanto y la huida inmediata.
— ¡Pues muertos o victoriosos…!
Amplía la expresión antes de sentenciar en tono de camaradería…
— Gozaréis de la inmortalidad.
El rugido atronador que se dio a aquella arenga haría que el suelo se estremeciera, el aire temblara, el sol se apaciguara y el infierno se helara…
¡Que más decir de lo ocurrido el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto! 227 galeras cristianas frente a las 210 turcas, 86.000 cristianos contra 88.000 musulmanes, 1815 cañones cristianos intercambiando fuego con 750 cañones turcos, picas, arcabuces, pólvora, fuego y sangre… Y en medio grandísimos personajes de la época como el citado Don Juan de Austria, Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio, Andrea Doria o el ilustre e inmortal Don Miguel de Cervantes, el cual no dudaría en calificar los acontecimientos como: «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».
¡Mi homenaje con este instante a tan grandes hombres!
Sirva este breve relato para recordarles.
Autor: José Antonio López Medina

