Manuel Recio Abad. Suite Información.– Fernando Díaz-Plaja publicó en 1966 «El español y los siete pecados capitales», un libro que alcanzó una enorme popularidad porque tuvo la ocurrencia de mirarnos en el espejo de la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Han pasado sesenta años, España es otra y los españoles también hemos cambiado mucho, pero hay uno de aquellos siete pecados que parece resistirse especialmente al paso del tiempo: la envidia.
Siempre se ha dicho que la envidia es uno de nuestros grandes defectos nacionales. Naturalmente, envidiosos los hay en todas partes y sería absurdo adjudicar a los españoles la exclusiva de una debilidad tan antigua como el hombre. Pero entre nosotros existe una forma particularmente amarga de entenderla que puede resumirse en una frase: no quiero tener lo que tú tienes, quiero que tú dejes de tenerlo.
Porque una cosa es mirar al que ha prosperado y pensar «yo también quiero conseguirlo», y otra muy distinta contemplarlo deseando que fracase. Lo primero puede convertirse en ambición, esfuerzo y estímulo. Lo segundo no produce absolutamente nada. Si mi vecino tiene una casa mejor que la mía, puedo trabajar para intentar tener algún día una parecida o puedo desear que se la embarguen. En el primer caso quiero subir yo; en el segundo quiero que baje él. Esa diferencia, aparentemente pequeña, separa la aspiración de la envidia.
Y quizá el problema de nuestro tiempo sea que a esa vieja envidia hemos añadido algo todavía más peligroso: el odio.
Provocar odio en el ser humano es relativamente fácil. Basta señalar a alguien y convencer a los demás de que ese alguien es responsable de sus desgracias. El que tiene más, el que piensa distinto, el que triunfa, el que pertenece a otro grupo, el que vive de otra manera. Cuando encontramos un culpable exterior para nuestras frustraciones experimentamos incluso cierto alivio, porque dejamos de preguntarnos qué podemos hacer nosotros para mejorar nuestra situación.
Las redes sociales han multiplicado además una inclinación que siempre existió. Nunca fue tan sencillo despreciar a un desconocido, celebrar su fracaso o sumarse a una multitud que lo está despedazando públicamente. Personas que jamás se han visto pueden llegar a odiarse sin conocerse. Basta una frase, una fotografía, una opinión o simplemente pertenecer al grupo equivocado.
Y eso me preocupa.
Me preocupa que estemos perdiendo la capacidad de alegrarnos sinceramente del éxito ajeno. Me preocupa que confundamos igualdad con que nadie pueda sobresalir demasiado. Me preocupa que el fracaso del otro proporcione satisfacción y que la discrepancia termine convirtiéndose en enemistad. Porque una sociedad no progresa derribando a quienes prosperan, sino procurando que cada vez sean más los que puedan prosperar.
Quizá deberíamos recuperar algo tan sencillo como la admiración. Admirar al que sabe más, al que trabaja mejor, al que crea una empresa, al que escribe un buen libro, al que consigue levantarse después de caer, al que alcanza aquello que nosotros no hemos alcanzado. Admirar no nos hace más pequeños. Al contrario, nos permite aprender.
La envidia, sin embargo, tiene una característica terrible: nunca queda satisfecha. Cuando cae aquel a quien envidiábamos aparece inmediatamente otro al que envidiar. Y el odio funciona de una manera parecida: necesita permanentemente un enemigo que justifique su existencia.
Díaz-Plaja escribió sobre los siete pecados capitales de los españoles hace sesenta años. Quizá si tuviera que escribir hoy una continuación dedicaría algunas páginas más a la envidia y bastantes al odio. Porque ambos forman una mezcla extraordinariamente peligrosa: primero dejamos de alegrarnos de que al otro le vaya bien, después deseamos que le vaya mal y finalmente terminamos considerándolo responsable de aquello que nos sucede a nosotros.
No sé si la envidia será realmente el pecado capital de España. Lo que sí sé es que ningún país puede construir nada grande cuando una parte de su sociedad obtiene más satisfacción viendo caer al que está arriba que intentando subir hasta donde él llegó.
No necesitamos que al vecino le vaya peor.
Necesitamos que nos vaya mejor a todos.



