Manuel Recio Abad. Suite Información.– “Cuando Queipo emprende la Gran Aventura, aún faltan treinta y seis horas para que el general Franco se incorpore a la sublevación. Realizado el vuelo de Canarias a Tetuán con toda clase de precauciones, el futuro Caudillo llega incluso a afeitarse el bigote para no ser reconocido. Años más tarde, don Gonzalo no se morderá la lengua al decir, a todo riesgo: “-El único sacrificio que hizo Franco por la causa nacional fue cortarse el bigote”. Esta anécdota se recoge en el libro de Manuel Barrios sobre Queipo de Llano, titulado “El Último Virrey”.
Regalo de mi buen y viejo amigo Manuel Darnaude, quien tiene la buena costumbre de regalar libros, cayó en mis manos un ejemplar de la tercera edición de este compendio que trata sobre los inicios y el desarrollo de la Guerra Civil, teniendo como protagonista a un militar posiblemente más fascinante y contradictorio, no alejado de lo trágico, de esta parte de nuestra historia.
Barrios compone un prodigioso compendio de datos fruto de una seria y bien documentada indagación de hechos que por aquel entonces ocurrieron y sobre los que hoy se tratan de cubrir por un absurdo sentido del disparatado deber que tratan de imponernos desde el poder basado en el desconocimiento y a veces la ablación de hechos pasados de los que ni fuimos culpables y mucho menos protagonistas. Conocer la verdad de nuestra historia es un deber ético de responsabilidad. Sacar conclusiones distintas es un derecho personal de cada uno.
El más republicano de todos los generales iba a ser el primero en sumarse al Alzamiento para asestarle el golpe de gracia al gobierno que poco tiempo antes defendió a capa y espada. “- A esta hora…Franco, vestido de paisano, se dirigía por mar, en un remolcador, al aeródromo de Gando. En el bolsillo llevaba el pasaporte diplomático de Sangróniz, que le acababa de visitar en Canarias, y una carta dirigida a Casares Quiroga, en la cual comunicaba su decisión de trasladarse a Madrid para luchar en defensa de la República; era necesario tomar precauciones. Quien, en cambio, no las toma es don Gonzalo Queipo de Llano; ni en la inminente guerra, ni en los doce años de paz que le quedan aún por vivir”.
Sin duda alguna Queipo de Llano supuso una gran sorpresa para los organizadores del Alzamiento, pues tanto el general Emilio Mola, director del movimiento , como Francisco Franco recelaban de él. Mola no contaba con la Segunda Región Militar con sede en la Capitanía de “Sevilla la Roja” como la calificaba. Por eso enviaron a Queipo a este destino y “…que sea el pueblo el que arrastre al veleidoso Queipo: un enemigo de cuidado, a enviar al desolladero de Sevilla la Roja”.
Sin el éxito del Alzamiento en Sevilla, la guerra podría haber tenido un signo distinto, resolviéndose a favor del Gobierno republicano de forma rápida, pues estaban bajo su mando Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, el control de fronteras y la mayoría de unidades de la Armada. Ramón Garriga escribe: “…Queipo de Llano y Cabanellas decidieron la suerte de la jornada del 19; si los militares hubieran fracasado en Sevilla y Zaragoza, la suerte habría sido otra”.
Un Pedro Salinas inspirado en lo suyo escribió: “Ay Sevilla, Sevilla, Guerrera mala…!”. Papel fundamental tuvo la utilización de la emisora de Radio Sevilla hábilmente utilizada por Queipo retransmitiendo en directo desde la sede de la Capitanía General entonces situada en la plaza de la Gavidia. Queipo era un defensor acérrimo de la puntualidad. Cuenta Prudencio Pumar que el general se lamentaba de que casi todos los consejeros llegaban con retraso. “-Una vez nos pusimos todos de acuerdo para estar quince minutos antes. Cuando llegó él nos encontró sentados en el salón del Consejo y al vernos allí nos dijo: Esto no vale. La puntualidad no consiste en llegar quince minutos antes o después, sino a la hora exacta”. Quizá este fuera su secreto: llegar a la hora exacta.
Como suele suceder en todas las guerras, la Guerra Civil Española fue marcada por atrocidades y violaciones de derechos humanos de ambos lados. Por parte del bando republicano hubo innumerables asesinatos de religiosos y represalias contra sospechosos de apoyar a los sublevados. La represión política también se intensificó en áreas bajo control republicano. En el bando sublevado la violencia fue sistemática, con ejecuciones de opositores políticos y la implementación de un régimen de terror contra aquellos que habían cometido actos criminales, para así controlar la población.
Ambos bandos cometieron actos de violencia que dejaron profundas cicatrices en la sociedad española. Esto añade complejidad al análisis de la guerra y sus consecuencias, pero que de ningún modo pueden ser modificadas.
Al término de la contienda la sociedad sevillana y la española en general, supo asimilar lo ocurrido, cubriendo todo con un respetuoso velo de olvido y silencio. Pero sin lugar a dudas, bueno para unos y malo para otros, en Sevilla existió un último virrey….



