
Manuel Recio Abad. Suite Información.– El feminismo, además de una ideología, es un movimiento social de acción política que persigue históricamente la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. A lo largo de la historia ha evolucionado en sus enfoques y objetivos, pero su esencia sigue siendo la misma: eliminar la discriminación del género femenino y promover la equidad.
El feminismo surge en el siglo XIX, en un contexto donde las mujeres luchaban por defender sus derechos básicos como son el voto, la educación y la propiedad. La primera ola del feminismo se centró en estas cuestiones legales y políticas.
Con el tiempo, el movimiento feminista se diversificó enfocándose primero en el reconocimiento de derechos legales y políticos, ampliándose más tarde a temas de igualdad en el trabajo, salud reproductiva y sexualidad, tratando con posterioridad de introducir “una perspectiva más inclusiva, abordando la interseccionalidad y las diversas experiencias de las mujeres” (sic).
Hoy en día, el feminismo abarca una amplia variedad de temas, entre otros la lucha contra la violencia doméstica y el acoso, abuso y agresión sexual, que siguen siendo una prioridad. La conocida como “brecha de género “en el salario es un tema candente, pues es cierto que muchas mujeres aún siguen ganando menos que sus colegas masculinos. Se ha creado de forma artificiosa la necesidad de que haya más mujeres en posiciones de poder y toma de decisiones, considerándose crucial para lograr la verdadera igualdad.
El feminismo de hoy reconoce que las experiencias de las mujeres no son homogéneas, pero las feministas en infinidad de ocasiones callan y prefieren mirar hacia otro lado.
Un nuevo invento ideológico de ciencia política trata de justificar lo injustificable: La interseccionalidad, un concepto introducido por la académica Kimberlé Crenshaw, que viene a destacar cómo el género, la raza, la clase y otras identidades se entrelazan, afectando las experiencias de discriminación y opresión. Es decir el feminismo ya es relativista.
A pesar de los avances, el feminismo enfrenta a las feministas a desafíos significativos. La resistencia a la igualdad de género persiste en muchas culturas y contextos. Por ello el movimiento continúa creciendo, impulsado por nuevas generaciones que utilizando las redes sociales tratan de amplificar sus voces y exigir cambios.
Las activistas feministas muy a menudo reaccionan ante la violencia en función de su origen. La violencia de género perpetrada por hombres en contextos patriarcales es una prioridad central. Sin embargo, los delitos cometidos por personas de otras culturas, léase por ejemplo islámicas, pueden ser vistos a través de una lente diferente, a veces relacionada con el racismo estructural o la xenofobia.
Muchas feministas abogan por un enfoque interseccional, reconociendo que la opresión de las mujeres puede variar según su raza, clase y cultura. Estamos ante el feminismo asintomático, con debates internos sobre cómo calificar y condenar o no la violencia en contextos diversos para no caer en la “estigmatización de comunidades enteras”.
La postura sobre el burka es complicada. Algunas feministas argumentan que prohibirlo podría ser una violación de la libertad religiosa, no sabemos si por parte del varón dominante o de la arropada en exceso y que las mujeres deben tener el derecho a decidir cómo vestirse, faltaría más. Señoras que han viajado a países donde el burka es prenda obligatoria, me cuentan que cuando utilizan los mingitorios femeninos y al desprenderse del “atuendo folklorico afgano”, descubrían todo un catálogo de braguitas, sujetadores y lencería en color, de encajes y seda de lo más provocativo. La reivindicación allí parece ser que “va por dentro”.
Un sector minoritario cree que el burka es un símbolo de opresión y abogan por su prohibición, pero prefieren trabajar dentro de las comunidades de origen para intentar promover cambios, que claro está nunca llegan, en lugar de imponer prohibiciones en suelo hispano que según ellas podrían ser percibidas como “coloniales o paternalistas”.
El feminismo en España aparenta ser diverso y estar en constante evolución. Las diferencias en la reacción ante los delitos dependiendo de quien los cometa y la postura laxa e incomprensible sobre el burka, demuestran la existencia de feministas sin serlo, es decir, asintomáticas, que es distinto a las presintomáticas que aún no presentan síntomas, pero a buen seguro los desarrollarán más tarde.


