Hablar de diversidad sexual y de género en Palestina requiere alejarse de los análisis simplistas. Para las personas gais, lesbianas, bisexuales y trans que viven en los territorios palestinos, la identidad está atravesada por una compleja red de factores: un entorno social profundamente conservador, un marco legal fragmentado y el impacto asfixiante de décadas de ocupación militar y conflicto armado.
Las organizaciones de derechos humanos y los colectivos queer locales describen esta realidad como una «múltiple opresión». No solo se enfrentan a la homofobia interna de su propia sociedad, sino también a la vulnerabilidad extrema que supone vivir bajo un estado de guerra y bloqueo.
Un mapa legal dividido: Cisjordania y Gaza
Uno de los aspectos más desconocidos sobre los derechos LGBTIQ+ en Palestina es que no existe una legislación unificada. La situación legal de una persona gay varía drásticamente dependiendo de si vive en Cisjordania o en la Franja de Gaza.
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Cisjordania (Bajo la Autoridad Palestina): En 1951, tras la anexión por parte de Jordania, se adoptó el Código Penal jordano, el cual despenalizó las relaciones homosexuales en privado entre adultos. Por lo tanto, en Cisjordania la homosexualidad no es ilegal sobre el papel. Sin embargo, esta despenalización no se traduce en protección. No existen leyes que penalicen la discriminación por orientación sexual ni los crímenes de odio. Además, las instituciones oficiales mantienen posturas hostiles; un ejemplo de ello ocurrió en 2019, cuando la policía de la Autoridad Palestina prohibió temporalmente las reuniones de grupos defensores de la diversidad sexual, alegando que atentaban contra «los valores y tradiciones de la sociedad».
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La Franja de Gaza (Bajo el control de Hamás): La situación es mucho más severa y punitiva. En Gaza sigue vigente el Código Penal del Mandato Británico de 1936. Su artículo 152 tipifica como delito las relaciones carnales «contra natura», estableciendo penas que pueden alcanzar hasta los 10 años de prisión. Bajo el gobierno de Hamás, de corte islamista, la represión, la persecución y el castigo físico hacia las personas homosexuales están institucionalizados y justificados desde la interpretación política de la religión.
La presión de una sociedad tradicional
Más allá de lo que dicten las leyes, el mayor desafío en el día a día es la estructura social. La sociedad palestina es, en su mayoría, tradicional y patriarcal, donde el honor familiar y la reputación tienen un peso enorme en la vida comunitaria.
«Salir del armario» al estilo occidental no es una opción viable ni segura para la inmensa mayoría. Las personas LGBTIQ+ a menudo se ven forzadas a llevar una doble vida por miedo a ser repudiadas por sus familias, perder sus empleos o ser víctimas de agresiones físicas. La religión —tanto en sectores de mayoría musulmana como en minorías cristianas— sigue dictando normas morales muy estrictas que condenan la homosexualidad.
La ocupación militar y el chantaje como arma de guerra
El análisis de la realidad LGBTIQ+ en Palestina quedaría incompleto sin abordar el contexto geopolítico. Las personas gais palestinas no solo sufren la opresión de su propia sociedad, sino también las consecuencias de la ocupación israelí.
A lo largo de los años, diversas organizaciones internacionales y testimonios de exsoldados israelíes (como los denunciados en 2014 por reservistas de la Unidad 8200 de inteligencia de Israel) han revelado que las fuerzas de seguridad israelíes han utilizado la orientación sexual de los palestinos como herramienta de extorsión. Personas homosexuales cuya identidad es secreta han sido chantajeadas con ser expuestas («hacerles outing«) ante sus familias o comunidades conservadoras si no aceptaban convertirse en informantes para Israel.
A esto se suma la devastadora realidad de la guerra. En el contexto de los recientes bombardeos y la crisis humanitaria en Gaza, las organizaciones locales han denunciado que la lucha de la comunidad queer se reduce a la mera supervivencia física frente a las bombas, el desplazamiento forzado y el hambre, igual que el resto de la población civil.
Activismo desde la interseccionalidad: El rechazo al «Pinkwashing»
A pesar de este panorama tan hostil, la resistencia existe. Organizaciones palestinas como Al-Qaws (Por la Diversidad Sexual y de Género en la Sociedad Palestina) o Aswat (Centro Feminista Palestino para las Libertades Sexuales y de Género) llevan años trabajando en el terreno. Operan a través de líneas de apoyo, foros comunitarios y activismo cultural, aunque a menudo de forma clandestina o con enormes restricciones.
El movimiento queer palestino tiene una postura política muy clara: defienden que su liberación sexual y de género no puede desligarse de la liberación nacional de su pueblo.
Estas organizaciones son fuertemente críticas con lo que denominan Pinkwashing (lavado de cara rosa). Acusan al Estado de Israel de promocionarse ante la comunidad internacional como un «paraíso de los derechos LGBTIQ+» en Medio Oriente, con el objetivo de desviar la atención de las violaciones de derechos humanos cometidas contra la población palestina. Los activistas palestinos rechazan la narrativa occidental que los posiciona como víctimas que deben ser «rescatadas» por la potencia ocupante, exigiendo el fin del estigma interno y, simultáneamente, el fin de la ocupación.
Conclusión
Ser gay en Palestina es vivir en una intersección de vulnerabilidades. Implica navegar por el miedo al rechazo familiar, la amenaza de leyes arcaicas en ciertas regiones y la violencia de un conflicto asimétrico crónico. Sin embargo, la existencia y persistencia de colectivos civiles locales demuestra que, incluso en las circunstancias más asfixiantes, hay quienes siguen luchando por un futuro donde la identidad y la libertad puedan coexistir.
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