

Este artículo lo he titulado como “Las cuatro damas del Renacimiento”, seguramente hubiese habido más mujeres que merecerían llevar esa distinción, pero en esta ocasión me he focalizado en estas señoras de la grandeza.
Estas damas, pertenecen a la reconocida y prestigiosa época del Renacimiento italiano, enmarcado históricamente en la Italia de los siglos XV y XVI, el cual se convertiría en un cúmulo de territorios gobernados por poderosas familias. En muchos casos no se trataba de antiguas dinastías, sino de sagas enriquecidas con el comercio, la banca o la regencia de pequeños ejércitos de mercenarios. Estas mujeres se caracterizaron por experimentar, o en muchas ocasiones, imponer nuevas costumbres y formas de vida. En aquella época, a las hijas se les daba la misma educación que a sus hermanos varones, aunque el fin prioritario en el caso de las niñas era dar esplendor a la corte, y en el de los niños, capacitarles para el gobierno.
Las mujeres de las que os voy a hablar, imprimieron su propio estilo en la corte del marido que les tocó en suerte. Ellas compitieron entre sí para atraer a los mejores pintores, músicos o poetas, y en ocasiones su papel no se limitó únicamente al de ser unas refinadas expertas en asuntos culturales, si no que su educación fue el germen para aspirar a algo más. Estas mujeres, estaban aún excluidas de los derechos sucesorios, pero muchas de ellas, desde su rol de consortes o regentes, llegaron a ejercer como verdaderas y sabias estadistas, y “dominar” al marido en su toma de decisiones, y es que: “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”, y yo me pregunto, ¿y por qué no delante…?
Caterina Sforza.
En primer lugar os voy a hablar de Caterina Sforza, ella fue de las pocas mujeres con un poder efectivo en el tablero político italiano del Renacimiento y supo ganarse la admiración de personajes tan distinguidos como el mismísimo Maquiavelo. Era hija bastarda del duque de Milán, pero eso no le impidió gobernar con firmeza los señoríos de Imola y Forlì. Fue enemiga acérrima del papa Inocencio III y de César Borgia, quien la hizo su prisionera. Así mismo con 7 meses de embarazo cruzó a caballo el Tíber y se puso en el frente del castillo de Sant´Angelo. Son algunas de las travesías que dejaron los historiadores sobre Catalina Sforza. Al iniciarse el siglo XVI, los ejércitos de César Borgia engulleron con facilidad sus dominios y Caterina tuvo que exiliarse a Florencia. Allí moriría a los 46 años, no sin antes dejar por escrito un sorprendente volumen titulado como “Libro de Experimentos”, o “Experimentos” de Caterina Sforza, un conjunto de recetas médicas, alquímicas y, sobre todo, cosméticas, y está considerado como el “primer” libro de belleza. Esta extraordinaria obra se convirtió en un éxito, (en un Best Seller de la época), pues en ese momento las condiciones de higiene eran prácticamente nulas, a la par de una fascinación colectiva por lucir totalmente impecables bajo los cánones establecidos para ese entonces, piel extremadamente blanca (llevarla bronceada era símbolo de estar bajo el sol como la servidumbre) frente totalmente despejada, cabellos rubios dorados y cejas prácticamente extintas de los rostros.
Isabel de Este.
Mujer escritora, tremendamente inteligente y extremadamente culta. Se trasladó a Mantua y, cuando su marido fue capturado en combate, gobernó sus dominios con notable éxito. La corte de Isabella y Francesco se convirtió en la más refinada de toda Italia. Isabella marcaba tendencias en la vestimenta, la danza o la música.
En cuanto a su faceta de mecenas, no estaba tan interesada en descubrir nuevos talentos como en perseguir y atraer hacia Mantua a consagrados artistas. Labró amistad con los pintores Tiziano y Rafael y los literatos Ariosto y Trissino, y consiguió que Leonardo da Vinci empezara a esbozar su retrato. También atesoró una colección de 1.600 piezas de muy variada procedencia. Murió a los 64 años, y con el paso del tiempo la valiosa colección que atesoró en sus estancias se diseminó por museos de todo el mundo.
Lucrecia Borgia.
Era la hija del papa Alejandro VI, y su padre no dudó en usarla como moneda de cambio para tejer y destejer alianzas con las poderosas familias italianas. Se casó muchas veces por conveniencia y pagó los platos rotos de los Borgia. Las humilladas familias de los maridos utilizados iniciaron una campaña de desprestigio contra ella y, aunque jamás se ha podido probar nada, la acusaron de envenenar a sus secretos amantes y de mantener relaciones incestuosas con su padre y su hermano César.
Su suerte cambió con su matrimonio con Alfonso d’Este, duque de Ferrara. Allí se ganó fama de buena gobernante y vivió apaciblemente. Consiguió atraer a su corte a grandes artistas de la época e incluso fue la musa de algunos cuadros de Tiziano, Ludovico Ariosto ensalzó su belleza y virtud, el también poeta Pietro Bembo le dedicó encendidos versos… A pesar de su inseparable leyenda negra, Lucrecia pudo terminar sus días como toda una dama renacentista, pero su retrato y biografía quedarían empañados para la posteridad, por sus acciones y las de su familia.
Catalina de Médicis.
Fue la última de la gran rama de los Medici de Florencia. Al mismo tiempo, fue toda una reina de Francia. Se casó con Enrique de Valois, hijo del rey francés Francisco I, a quien este sucedería en el trono en 1547. Al morir su marido, en 1559, sus virtudes como gobernante salieron a la luz. Se sucedieron en el trono hasta tres de sus hijos, con los que ella actuó como regente o consejera: Francisco II (fallecido en 1560), Carlos IX (1574) y Enrique III (1589).
Durante 30 años se centró en preservar la corona francesa sobre la cabeza de sus hijos, amordazados en mitad de las luchas entre católicos y los protestantes “hugonotes”. Pese a todos sus esfuerzos, no pudo evitar que su hijo Enrique III fuera asesinado y la corona pasara a la dinastía de los Borbones.
Texto: Jorge LS



