Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay pocas victorias políticas más importantes que conquistar el lenguaje. Porque quien consigue apropiarse de las palabras termina condicionando la forma en que una sociedad piensa y eso es exactamente lo que ha ocurrido con el término “progresista”.
Desde hace años ,especialmente en Europa y en España, se ha ido imponiendo la idea de que ser progresista equivale automáticamente a ser de izquierdas. Como si el progreso tuviera dueño. Como si una sola corriente ideológica hubiera recibido la exclusiva moral del avance social, de la modernidad y del futuro.
Estamos ante uno de los mayores fraudes intelectuales de nuestro tiempo. Aceptar esa premisa supone asumir implícitamente que todo aquello que no sea izquierda representa el atraso, el inmovilismo o la reacción. Es una operación política extraordinariamente eficaz que consiste en apropiarse del concepto positivo y expulsar al adversario al terreno negativo.
No es casualidad.
Es una estrategia cultural. La izquierda lleva décadas construyendo un marco lingüístico donde sus ideas revolucionarias tan destructivas como retrógradas, aparecen asociadas al progreso, mientras que conceptos como tradición, libertad económica, mérito, seguridad, identidad y prioridad nacional son presentados como obstáculos para la evolución social.
Sin embargo, basta mirar la historia con honestidad para desmontar ese relato.Las sociedades que más prosperaron no fueron las más ideologizadas, sino las más libres. Los mayores avances científicos, tecnológicos y económicos nacieron de la innovación, de la empresa privada, de la seguridad jurídica, del esfuerzo individual y de la capacidad de emprender en libertad sin que el Estado asfixiara cada iniciativa.
¿Acaso no fue progreso sacar a millones de personas de la pobreza mediante el crecimiento económico o aumentar la esperanza de vida gracias a la investigación y al desarrollo?.
¿No es progreso crear empleo, modernizar infraestructuras o garantizar estabilidad institucional?
El problema comienza cuando el progresismo deja de medirse por los resultados reales y pasa a medirse exclusivamente por la adhesión y la verborrea ideológica. Entonces ocurre algo inquietante y es que políticas claramente ineficaces o incluso perjudiciales para la comunidad siguen presentándose como progresistas simplemente porque encajan en un determinado relato político.
Más impuestos, deuda pública desbocada, más burocracia, más polarización, más dependencia del Estado y menos libertad individual se venden como avances inevitables aunque sus consecuencias deterioren la competitividad, la convivencia y las oportunidades reales de la población.
Mientras tanto, cualquiera que discrepe queda etiquetado automáticamente como reaccionario, como perteneciente a la extrema derecha.
Ese es el verdadero objetivo del monopolio lingüístico de socialistas, comunistas, anarquistas… y por supuesto no debatir ideas, sino deslegitimar al que discrepa.
Cuando una ideología consigue apropiarse de palabras como “progreso”, “tolerancia”, “democracia” o “solidaridad”, el adversario comete el gran error de empezar el debate desde una posición netamente defensiva. Ya no discute políticas sino más bien su propia legitimidad moral, por eso resulta urgente recuperar el verdadero significado del término progreso. Progresar no es repetir consignas ideológicas. Progresar es mejorar la vida de las personas.
Es progresista quien impulsa la excelencia educativa, crea riqueza y empleo, moderniza la administración y reduce trabas absurdas como la cita previa y otros inventos.
Es progresista quien apuesta por la innovación tecnológica y la investigación. También lo es quien garantiza seguridad jurídica, que tanto se echa de menos hoy en España.
Proteger las libertades individuales y la igualdad ante la ley y no los privilegios es el mayor de los progresismos. El progreso auténtico no pertenece a la izquierda ni a la derecha, pertenece a los ciudadanos y a las sociedades que conforman capaces de avanzar sin destruirse a sí mismas.
Ha llegado el momento de dejar de regalar determinadas palabras a quienes llevan demasiado tiempo utilizándolas como una simple herramienta de propaganda política.


