
Vamos a trasladarnos por un momento a la España de Felipe IV. Durante ese periodo, se produjo un relajamiento en las costumbres que se contraponía a la aparente religiosidad del pueblo que prácticamente dirigía sus vidas.
Por un lado encontramos a un rey que dicta leyes para impedir la prostitución, cuando él mismo legislador, se pasaba las noches de jarana haciendo todo lo contrario a lo que predicaba. Pero ya he dicho en algunos de mis anteriores artículos, que en aquella época, existía una falsa moralidad que permitía la vida licenciosa a unos, mientras condenaba a otros, -muy parecida a la «ley del embudo»-.
Las mancebías o casas de prostitución existían en Madrid desde el siglo XIII y su proliferante actividad ya fue regulada por el católico rey, Felipe II.
En su momento se consideraban necesarias para calmar la fogosidad de los hombres, el tan conocido “igneum corpus masculinum”, de aquellos hombres, -y no tan hombres- ávidos de aventuras carnales, más allá de los dominios de sus vigilantes esposas. Las desdichadas chicas que no tuvieron otra opción que el uso de sus encantos femeninos para poder comer todos los días, ellas y sus familias. Estas jóvenes doncellas deberían cumplir una serie de requisitos imprescindibles y vitales para su inclusión en la vida servicial de hombres promiscuos y degenerados.
En contra de lo que podamos pensar, este trabajo de manceba, era un trabajo muy solicitado. Y la chica, -mejor dicho su familia-, debía documentar que era mayor de doce años, que era huérfana o había sido abandonada y que, además, ya no era virgen. Como se ve, las jovencitas de aquella época eran muy precoces, -algo inconcebible en los tiempos presentes-. Todo esto debía probarse ante un juez, el cual, intentaba disuadir a la joven de seguir por ese camino malicioso, y en la mayoría de los casos, estas jóvenes siguieron con su intención, haciendo caso omiso de las recomendaciones del jurisprudente de turno…
El número de estas “casas de solaz” aumentó con Felipe III. En su momento el mayor número se concentró entre la plaza Mayor y la calle Bailén, en Madrid. En los primeros años del siglo XVII había en Madrid tres mancebías. La frecuentada por los más pudientes se encontraba en lo que es ahora la calle de Cervantes. Los burgueses tenían su reposo en la calle de Luzón y los más pobres en la plaza del Alamillo. Sin embargo, a mediados del siglo, ya hay en Madrid más de ochocientas. Un negocio floreciente, como se puede observar.
En su momento la reglamentación velaba por la limpieza de las mancebías, que no se produjeran escándalos y se exigía que los “visitantes” entraran sin armas. También las mancebas pasaban de vez en cuando un control médico para verificar que no tenían enfermedades contagiosas y los dueños, a los que se les llamaba, “padre” o “madre”, eran severamente castigados si ocultaban a las jovencitas que tuviesen algún mal.
Otro barrio que rápidamente fue creciendo en número de mancebías y clientes fue la zona del barrio de las Letras en el plano de Texeira Huertas, donde vivían la mayoría de aquellos dedicados a la farándula, tanto escritores, actores o empresarios.
En este caso, tenemos de pensar que entre las mujeres preferidas para que los caballeros pasaran un rato divertido y gozoso, estaban las comediantas, algunas de ellas bastante conocidas, las cuales posiblemente, veían en sus amantes una posibilidad de jubilarse anticipadamente de la profesión.
El mismo Felipe IV tuvo una de sus amantes preferidas entre la farándula, la famosa “Calderona”, -de la que hablé en un post anterior-, la cual, le dio un hijo bastardo al rey. El hijo de la “Calderona”, nada más nacer fue dado a una familia para su educación y la “Calderona” terminó sus días en un convento, llevada a la fuerza, por el padre de su hijo. La “Calderona”, llegó a ser madre Abadesa, así que tampoco parece que le fuera muy mal en el nuevo oficio. Al aumentar con los años la prostitución y la juerga en el tan nombrado, barrio de las Letras, llegó a ser una zona muy conflictiva, con muchos escándalos, lo que llevó a Felipe IV, durante una de sus épocas piadosas, a reubicar estos burdeles en una zona más alejada.
Finalmente el rey prácticamente eliminó las mancebías, dejando sólo una en la calle Mayor. Pero en este caso, fue peor el remedio que la enfermedad, ya que aparecieron los burdeles ilegales, más peligrosos y, además, la prostitución fue aumentando.
Está visto y comprobado; que el tema no tiene fácil arreglo. Ni siquiera después de tantos siglos. Ningún tiempo pasado, fue mejor, o peor, según se mire…
Autor/editor: Jorge LS



