Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay un sentimiento en el ser humano difícil de combatir cuando en el ánimo de cada cual hace su aparición. Es la tristeza, un profundo abatimiento y una real pena. Todo eso a la vez fue lo que sentí al conocer que el suicidio/homicidio asistido de Noelia Castillo había sido ejecutado. A esta forma de matar, de acabar con una vida se le ha puesto un nombre suave e impersonal: eutanasia.
Eutanasia cuasinombre de mujer y que afectó a quien vino a este mundo hace veinticinco años sin que nadie le preguntara si quería nacer y hacerse humana u optar por continuar en aquel desconocido lugar al que todos tendremos que ir algún día.
El sistema vuelve a fracasar. Como siempre, por ser el fruto de corazones sin alma, de mentiras ocurrentes carentes de espacio para la moral y las buenas costumbres, de afanes presupuestarios de dudosos destinos.
Hoy la vida de un ser humano parece carecer de valor ético. Cuando los fallecidos se cuentan por miles y en los espacios informativos se dan sus cifras, nos hace pensar en las enormes redes de pesca que al ser izadas en los barcos se abren para dejar caer su carga sobre la cubierta. Ya está. El pez, ser vivo, convertido en pescado fresco ya sin vida.
Se ha humanizado a los animales y desalmado al humano.
Un Estado amoral e inhumano echa sus cuentas sobre los costes que conllevaría una buena ley de cuidados paliativos que evitara el sufrimiento físico que el dolor continuo insoportable ocasiona en pacientes con ciertas enfermedades u ocasionados por graves traumatismos de todo tipo.
Morir a mano ajena en la camilla de un frío quirófano, por quien un juez previamente autorizó (ay jueces de Dios!!!) se conoce como eutanasia y en el caso de Noelia, mas que nunca, tuvo nombre de mujer.


