Xavi Altamirano. Suite Información.– Siempre he usado esa frase: lidiar con un tío con cara de tonto es muy complicado, porque uno siempre termina confiando en el pobre tonto. «¡Qué bueno es este hombre!», piensas. Porque, con esa cara. . . . ¿cómo te va a robar?
Y, en el caso que nos ocupa, José Luis Rodríguez Zapatero tiene, para mí, una auténtica cara de tonto internacional.
Desde siempre me ha resultado difícil entender cómo un hombre con esa apariencia ingenua pudo llegar a liderar todo un PSOE. Durante años pensé que estaba ahí puesto por quienes de verdad movían los hilos; que él no era más que la cara amable, el hombre «bueno», el rostro pulcro e inofensivo que se coloca al frente porque transmite precisamente eso: la sensación de ser incapaz de meter la mano en ninguna parte.
Hace tiempo oí decir a mi Carlos Herrera que había compartido espacio, tiempo y conversación con Zapatero y que le había parecido un hombre con contenido, afable y ocurrente. Fijaos hasta qué punto puede resultar peligroso este tío, con esa cara de tonto, cuando al final ha resultado ser lo más torpe de la pandilla.
Y entonces uno se pregunta: ¿qué necesidad tiene un hombre así, de complicarse la vida? ¿Qué le faltaba para vivir extraordinariamente bien?
Si alguien presuntamente se pringa él solo, empujado por una avaricia enfermiza y rodeado de malos consejeros, allá cada cual. Pero cuando las decisiones de uno terminan salpicando a tu mujer e hijas, la cuestión deja de ser únicamente política y adquiere una dimensión humana tremendamente triste.
Tenía la veneración de buena parte de la izquierda española; un reconocimiento que muchos políticos jamás alcanzan. Disfrutaba de una posición económica privilegiada, de medios materiales, de una oficina, de asistencia pública y de todas las comodidades y la seguridad que el cargo de expresidente proporciona. Además, tenía por delante innumerables posibilidades de asesoramiento y actividad privada perfectamente legales y extraordinariamente bien remuneradas.
¿Qué más necesitaba este tonto?
Hay errores que no nacen de la necesidad, sino de una desconcertante incapacidad de comprender que ya se tiene suficiente. Y pocas cosas resultan tan «gilipollezcas» como ver a quien lo tiene prácticamente todo, poner en riesgo, no ya prestigio, si no su vida y la de los suyos.
¿Qué habrá podido disfrutar esa familia de tener esa merdellonada de joyas — presuntamente irregulares — en una caja fuerte de la calle Ferraz? Una posible riqueza que, para hacerla efectiva legalmente, tiene que ponerse en manos de organizaciones peligrosas dedicadas al tráfico y al blanqueo.
Por eso siempre he dicho que prefiero tener delante a dos tipos con cara de malos, como Koldo o Ábalos. Con esos, uno mantiene la guardia alta porque crees verlos venir. Pero con el tontaina de Zapatero ocurre justamente lo contrario: uno se relaja, baja las defensas y, cuando quieres darte cuenta, hay que meterse la mano en la cartera del dinero público para comprobar cuánto se ha llevado . . . . . . «presuntamente».
La política nos demuestra la actualidad de nuestro refranero:
«LÍBREME DIOS DE LAS AGUAS MANSAS, QUE DE LAS BRAVAS YA ME LIBRO YO»



