Xavi Altamirano. Suite Información,- VOX nació y se ha consolidado como una organización de estructura claramente piramidal, incompatible con el espíritu democrático que la Constitución exige a los partidos políticos. Lejos de funcionar como un proyecto colectivo, el partido ha operado desde su origen como un instrumento personalista al servicio del «sheriff» Santi Abascal. Esa es la causa real — no la retórica ni las excusas oficiales — de la continua desbandada de dirigentes de su núcleo duro (los que no actuaban de mamanabos). La salida de Javier Ortega Smith no es un hecho aislado, sino un síntoma más de un modelo agotado y cerrado sobre sí mismo.
Desde su fundación, VOX ha hecho del ataque sistemático al Partido Popular una estrategia torpe, casi obsesiva. El PP, en lugar de situarse por encima del ruido, ha respondido con la misma lógica infantil, desacreditando de forma automática cualquier iniciativa procedente de VOX. El resultado es un enfrentamiento permanente que no suma, no construye y, lo que es peor, solo beneficia a sus adversarios políticos.
Resulta incomprensible que ambos partidos sigan actuando como si esta guerra interna les permitiera captar voto de la izquierda. No se enteran, no lo hace. No lo ha hecho nunca. Y no lo hará. Esta dinámica absurda únicamente conduce a la desesperación de un electorado que observa cómo una ventaja circunstancial frente a la izquierda más radical se diluye por pura «gilipollez» política. Pan para hoy, hambre para mañana.
El discurso del “cuidado que viene la ultraderecha” está amortizado. Ya no funciona. Insistir en él solo evidencia falta de ideas y pereza intelectual. Lo que una mayoría de ciudadanos exige es algo mucho más elemental: seriedad, gestión y estabilidad. Los escaños no están para alimentar egos ni guerras de siglas, sino para articular propuestas, firmar acuerdos y ofrecer tranquilidad a un país exhausto del ruido político, y del ridículo internacional.
Gobernar no consiste en repartirse cargos, sueldos y cuotas de poder a codazos, como ha hecho el sanchismo, sino en demostrar capacidad real para administrar lo público con criterio y responsabilidad. Y, a día de hoy, ni el PP ni VOX están aprobando ese examen. Andan tirándose los trastos a la cabeza.
Ambos partidos tienen la obligación — política y moral — de comportarse como organizaciones dirigidas por adultos, capaces de dialogar, pactar y priorizar el interés general sobre la confrontación permanente. La política no es un ring ni una red social; es una herramienta para gobernar.
Eso es exactamente lo que reclaman sus votantes. Y conviene recordarlo: quien no sea capaz de demostrar sensatez, solvencia y altura de miras, no solo perderá el apoyo ciudadano, sino que habrá desaprovechado una oportunidad histórica por pura incompetencia estratégica, ante una mayoría regalada por el «hermanísimo y un tontainas».
De los dos torpes partidos de la derechona de siempre, el que este más relajado y sepa subirse a un escalón para analizar la situación a resolver en Extremadura desde otra perspectiva, será el que se lleve el «gato al agua».
A partir de ahora, nosotros tenemos la oportunidad de votar al más cuerdo.
Y ellos tienen la oportunidad de ganar electorado demostrando madurez y no revanchismo.




