Redacción Suite Información .- Hay personas que llegan al mar por afición. Otras por profesión. Y unas pocas, muy pocas, pertenecen a él desde siempre. Diego Maldonado Warden pertenece a estas últimas. Director de Polaris Instituto de Formación Marítima (by Sail & Fun), marino desde la infancia, capitán, instructor, empresario, creador de travesías y experiencias formativas, apasionado de la navegación astronómica y defensor de una enseñanza honesta y profunda, lleva una vida entera construyendo una forma propia de entender la náutica: exigente, práctica, humana y radicalmente real. La historia pública de Sail & Fun ya recoge parte de ese camino: la infancia entre barcos, el paso por Cádiz y Ciencias del Mar, la etapa de cetáceos, la vida a bordo, la crisis que lo obligó a reinventarse y el nacimiento del proyecto empresarial que terminaría convirtiéndose en Polaris.
Pero su historia no cabe en una cronología simple. En ella conviven la mar y la familia, la empresa y la docencia, el rigor técnico y la intuición, la exigencia y la ternura, la aventura y el cansancio, los éxitos y las decepciones, la libertad de vivir a bordo y el amor absoluto por su mujer, sus hijas y los suyos. También conviven una genealogía profunda, un apellido real —Maldonado de Guevara— que para él no es un adorno sino una raíz, y una forma muy concreta de mirar la vida: hacer las cosas de corazón, bien, con amor y con humildad. Quien llega a Polaris no se encuentra únicamente una escuela. Se encuentra una biografía entera convertida en criterio, en método y en vocación.
«En breve cumpliré 52 años y llevaré exactamente 52 años encima de un barco»

Diego, hay una frase tuya que llama mucho la atención y que parece resumir toda tu vida: que en breve cumplirás 52 años y llevarás exactamente 52 años encima de un barco. ¿Qué significa de verdad?
Significa exactamente eso. Que yo no recuerdo una vida fuera de los barcos. El barco no apareció en mi vida como una afición tardía, ni como una oportunidad de negocio, ni como una profesión elegida de mayor. El barco ya estaba ahí desde el principio. Mi padre tenía una embarcación a motor para salir a pescar y yo crecí con él, encima de cubierta, viendo, ayudando, respirando ese ambiente sin saber todavía que aquello iba a convertirse en el hilo conductor de toda mi vida. Mi padre siempre recuerda que cuando era pequeño, en el Puerto de Fuengirola, me resbalé y caí al agua, aún no sabía nadar y me hundí. Obviamente se tiró al agua y me sacó de los pelos, que ya los tenía larguillos!
Por eso, cuando digo que llevaré 52 años encima de un barco, no estoy intentando hacer una frase bonita. Estoy diciendo la verdad. Antes de los títulos, antes de los cargos, antes de la empresa, antes de la enseñanza, antes incluso de saber qué quería hacer con mi vida, yo ya estaba en el mar.
Pero tu historia no empieza solo en el mar. Empieza también en casa.
Sin duda. Yo he aprendido muchísimo de mi padre y de mi madre. De los dos aprendí algo que me acompaña siempre: que cuando uno se dedica a algo, tiene que hacerlo de corazón, bien, con amor por lo que hace y con humildad. Puede parecer una frase sencilla, pero en realidad lo cambia todo. Cambia cómo trabajas, cómo estudias, cómo enseñas, cómo te exiges y cómo tratas a los demás.
Mi padre fue profesor, médico y político, y ahora jubilado. Ha cumplido tres grandes sueños o tres grandes vocaciones en una sola vida. Y, por encima de cualquier cargo, yo siempre lo veo como una buena persona, honrada, trabajadora, empeñada en hacer las cosas de la mejor manera posible y en seguir estudiando siempre. Eso deja una huella enorme. Y mi madre también ha sido fundamental en esa forma de entender la vida desde la entrega, el cariño, la seriedad y la humildad. Yo no sería quien soy sin esa base.
«En Cádiz el mar dejó de ser solo experiencia y empezó a ser también conocimiento»
Vamos a la universidad. Pasaste por Ciencias del Mar en Cádiz. ¿Qué supuso esa etapa?
Muchísimo. Me permitió darle una base de conocimiento y de método a algo que yo ya llevaba dentro desde mucho antes. Allí el mar dejó de ser solo vivencia y empezó a ser también observación, reflexión, estudio serio. Me ayudó a ordenar muchas intuiciones.
Y además apareció algo que ha sido muy mío siempre: la necesidad de impulsar proyectos. En esa época fundé y lideré junto a otros grandes amigos el CEMU, el Centro de Estudios Marinos Universitario, centrado en el estudio científico de tortugas y mamíferos marinos del Estrecho y del Mar de Alborán. Aquella etapa fue importantísima porque ahí ya aparece una mezcla muy mía: mar, curiosidad, organización, investigación y ganas de construir algo útil para otros.

Pero en esos años también hubo una espina: La carrera de Náuticas.
Sí. Y no tengo problema en decirlo. En mi época universitaria me arrepentí de no haber iniciado de lleno la carrera de Náuticas. Hice parte, cursé varias asignaturas, me acerqué de verdad a ese camino, pero no la terminé. Hace poco he intentado incluso retomarla, porque hay una parte de mí que sigue sintiendo esa llamada, pero no he podido continuar por no poder asistir a las clases como era necesario.
Y sí, me arrepiento en parte. Porque sé que hubiese sido un gran capitán de la Marina Mercante. Lo sé. Pero al mismo tiempo también sé que, si hubiera seguido ese camino hasta el final, probablemente no existirían ni mi maravillosa familia ni el recorrido empresarial, humano y profesional tan bonito que tengo hoy. Así que es un arrepentimiento sereno. Una de esas renuncias que duelen un poco, pero que al mismo tiempo te han llevado a una vida que no cambiarías.
«El Estrecho te pone en tu sitio: allí no sirven las apariencias»
Tu etapa de los cetáceos y del Estrecho tiene algo fundacional en tu historia.
Totalmente. Aquellos años fueron una escuela enorme. Nos íbamos a los puertos a ver quién zarpaba primero para pedir embarcar y salir a tomar datos. Guardia Civil, Cruz Roja, Protección Civil, pescadores, particulares… lo que fuera. Había hambre de aprender, de observar, de estar en la mar con un propósito. Publicamos artículos, participé como coautor en una guía de los cetáceos del Mar de Alborán y todo aquello me marcó muchísimo.
El Estrecho, además, te pone en tu sitio. No admite teatrillos. Allí aprendes criterio, lectura del entorno, prudencia, serenidad y respeto.
Luego llega Fundación Bitácora, el Siam, el Ruán… y la vida a bordo de verdad.
Sí. En 1998 fundo la Fundación Bitácora y alquilo con opción a compra el Siam, un Pen Duick de 18 metros de eslora diseñado por el equipo de Eric Tabarly. Viví dos años a bordo, con base en Barbate, desarrollando programas de eco-voluntariado científico con personas de distintos países que embarcaban para participar en censos de delfines y ballenas. Después apareció el Ruán, un Finot Rêve d’Antilles de acero, de maniobra clásica, que fue mi casa durante tres años. Primero con base en Sotogrande, luego en Benalmádena. Organizaba campañas, navegaba con clientes y muchas veces esas personas acababan convirtiéndose en amigos. De hecho mi primer cliente en la primera campaña que organicé, hoy es parte de nuestra familia, ni siquiera puedo decir que sea un buen amigo, es muchísimo más.
Y vivir a bordo te cambia para siempre. Una cosa es navegar y otra es depender del barco para vivir, trabajar, organizarte, resolver, mantener, anticiparte, tomar decisiones desde ahí. Eso te da una cultura del barco y de la mar que no se adquiere de otra manera.
Fue una experiencia extraordinaria. De las que te marcan para siempre. Porque no era solo dormir en un barco: era vivir realmente en él, organizar tu vida desde ahí, sentir el paso de las estaciones, depender menos de lo superfluo y más de lo verdadero. Fue una etapa de una libertad enorme y de una riqueza vital difícil de explicar a quien no la ha vivido.
Si hoy fuese soltero, sin ninguna duda viviría en mi barco. Lo tengo clarísimo. Pero también te digo una cosa con la misma claridad: ahora no cambio a mi familia por nada del mundo.
«He tenido en propiedad o en gestión exclusiva más de veinte barcos»

A lo largo de tu vida has tenido y gestionado muchísimas embarcaciones distintas.
Sí. Y eso es importante porque explica mucho de mi manera de entender la náutica. He tenido, en propiedad o en gestión exclusiva, más de veinte barcos. Veleros, embarcaciones a motor, lanchas rápidas, motos de agua, vela ligera, barcos clásicos… Eso no es una anécdota. Es parte central de mi formación real.
Quien ha convivido con tantos barcos distintos no solo aprende a llevarlos. Aprende a comprenderlos. Aprende sus tiempos, sus respuestas, su mantenimiento, su carácter y el tipo de marino que exige cada uno. No todos los barcos enseñan lo mismo. Y no toda experiencia en la mar vale igual.
«Trabajé en uno de los astilleros de yates de motor y alta velocidad más prestigiosos de Europa»
Hay una parte de tu recorrido que te sitúa en otro nivel técnico: los grandes astilleros europeos.
Sí. Y es una parte clave de mi historia profesional. Entré en el mundo de Maiora y, a partir de ahí, trabajé durante ocho años en exclusiva con el grupo Fipa, propietario de los astilleros Maiora, AB Yachts y CBI Navi. Dirigí la filial española del grupo. Aquello me permitió entrar en otra dimensión de la náutica: construcción de yates de hasta 43 metros completamente custom, clientes muy exigentes, grandes salones internacionales, pruebas de estabilidad, pruebas de velocidad, traslados, ensayos y navegación en unidades de más de 60 nudos, incluso con turbinas.
Trabajar en uno de los astilleros de yates de motor y alta velocidad más prestigiosos de Europa te da una profundidad distinta. No solo llevas barcos: entiendes su construcción, su ingeniería, la importancia del detalle, del mantenimiento, de la excelencia.
«La crisis me obligó a reinventarme, y de ahí nace todo»
Y entonces llega la crisis y te obliga a reinventarte.
Sí. Llega la crisis, Fipa Group Spain cierra, me despiden y me ofrecen marcharme fuera de España para desarrollar negocio. En casa llegamos a contemplar muy seriamente irnos todos a Canadá. Mis hijas y yo somos canadienses, así que no era un sueño lejano: era una posibilidad real. Pero pedí un voto de confianza y lo invertí todo en mi velero Dolphin Seeker. Si aquello no salía, nos íbamos y yo me llevaba el barco navegando. Pero salió. Y de esa decisión nace realmente todo lo que luego se convierte en Sail & Fun y, con el tiempo, en Polaris.
¿Dirías que la crisis fue el gran momento de reinvención de tu vida?
Sí, sin duda. La crisis me forzó a reinventarme. Pero también me obligó a apostar de verdad por algo mío, con todas las consecuencias. Fue duro, pero fue decisivo.
«Mi nombre real es Diego Maldonado de Guevara Warden»
Tu apellido real, además, no es simplemente Maldonado, sino Maldonado de Guevara. Y para ti eso importa mucho.
Sí, importa mucho. Y no por vanidad, sino por verdad. Maldonado de Guevara es mi primer apellido real. Son raíces genealógicas directas desde hace siglos. No hablo de una intuición bonita ni de una construcción simbólica: hablo de mi apellido y de mi historia real. Mi nombre verdadero es Diego Maldonado de Guevara Warden.
Para mí eso no es una pose ni una medalla. Es raíz. Es memoria. Es peso histórico y familiar. Además, el apellido Maldonado de Guevara tiene también una resonancia fuerte en ámbitos universitarios e intelectuales. Existen figuras documentadas como Luis Maldonado de Guevara y Fernández de Ocampo, catedrático de Derecho Civil y rector de la Universidad de Salamanca, y Antonio Llorente Maldonado de Guevara, catedrático de Lengua Española en Salamanca. Y, por el lado comunero, el apellido Maldonado aparece unido a la memoria de las Comunidades de Castilla y a figuras como Francisco Maldonado
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¿Sientes que esa raíz también dialoga con tu vocación por enseñar?
Sí, lo siento así. No digo que lo explique todo, pero sí siento que hay una continuidad. En mi vida el mar y la enseñanza no son dos mundos separados. Están conectados por una forma de mirar, por una idea de disciplina, de estudio, de transmisión, de hacer las cosas bien y de no conformarse. El apellido, la casa, la infancia y la vida me han ido llevando a un sitio en el que todo eso termina encajando.
«No tengo títulos como trofeos: los tengo como parte de un camino serio»
Tu currículum reúne una cantidad enorme de titulaciones. ¿Qué importancia tienen para ti?
Tienen mucha importancia, pero no como exhibición. No me interesan los títulos como trofeos. Me interesan como parte de un camino serio y exigente. En el sistema español hay muchos: buceo deportivo FEDAS, PER a vela, Patrón de Yate, Capitán de Yate con atribuciones anejas, Oficial de medición de vela ligera, Operador Restringido y General del SMSSM, Formación Básica, certificados de Buques Ro-Ro y pasaje, Monitor de Motonáutica, Formación Sanitaria, Lucha Avanzada contra Incendios, Patrón Portuario, Protección Marítima, PPER 1 y 2, Formador de Formadores OMI, entre otros.
Y luego está el sistema RYA, donde he recorrido una parte muy profunda del camino: RYA/MCA Yachtmaster Offshore Certificate of Competence, con atribuciones para Motor y Vela, además de Commercial Endorsement; soy Instructor como Cruising Instructor for Power, Cruising Instructor for Sail, Powerboat Scheme Instructor, Personal Watercraft Instructor, Radar Instructor, Diesel Instructor, First Aid Instructor, Short Range Certificate Assessor; y muchos otros certificados técnicos. Aún me queda un último tramo que recorrer con la RYA, estoy en ello.
En una guía tuya sobre Yachtmaster dices algo muy revelador: que el sistema RYA fue para ti una «cura de humildad».
Sí, y lo sostengo plenamente. Entrar de verdad en ese sistema fue una cura de humildad, incluso después de casi cincuenta años a bordo de muchos tipos de barcos. Me recordó algo fundamental: que siempre queda muchísimo por aprender. Y eso para mí es muy importante. Porque no creo saberlo todo. Ni muchísimo menos. Sigo estudiando, sigo formándome, sigo aprendiendo. Y quizá precisamente por eso enseño como enseño.
Y en esa formación RYA no solo aprendiste mucho técnicamente. También hiciste amistades y encontraste grandísimos formadores.
Sí, totalmente. He hecho buenos amigos en UK a lo largo de toda mi formación RYA allí. Y he tenido a algunos de los mejores instructores y trainers. Eso también me ha marcado muchísimo. Porque cuando uno se forma con gente realmente buena, no solo aprende contenidos o maniobras: aprende maneras de enseñar, de mirar, de corregir, de exigir y de acompañar. Esa etapa me ha dado muchísimo, tanto a nivel técnico como humano.
«Quizá me guste incluso más aprender que enseñar»
¿Te gusta más aprender o enseñar?
En cierto sentido, sí: quizá me guste incluso más aprender. O mejor dicho, me encanta enseñar, pero porque me encanta aprender. Para mí la enseñanza solo tiene sentido si nace de un aprendizaje constante y real.
Aprendo todos los días. Aprendo del mar, de los barcos, de la técnica, de la nueva legislación, de los procedimientos, de los pequeños trucos del oficio… y aprendo muchísimo de cada alumno. Cada alumno te obliga a ajustar, a afinar, a repensar el método, a buscar cómo explicar mejor, a entender qué funciona con uno y qué no funciona con otro.
Tú haces algo poco habitual: cuando lanzas una homologación o un curso, te gusta vivirlo también como alumno.
Sí. Me gusta hacerlo así. Lo hago por aprender, pero también para conocer de primera mano cómo se ve todo el conjunto desde el lado del alumno. Quiero entender el recorrido completo, ver dónde surgen dudas, bloqueos, trámites confusos, partes mejorables. Y si voy a ayudar a alguien con un trámite administrativo, antes lo he hecho yo personalmente. No me gusta hablar desde lo que creo: me gusta hablar desde lo que he vivido.
Y me tomo muy en serio las encuestas y las opiniones de los alumnos. Muchísimo. Porque una buena formación no se mide solo por el contenido, sino por cómo se recibe, cómo se comprende y cómo se convierte en capacidad real.
«Me encanta la teoría, pero prefiero la práctica»
¿Qué tipo de enseñanza disfrutas más?
Me encanta la enseñanza teórica, de verdad. Pero prefiero la práctica. Porque ahí el conocimiento se hace verdadero. Ahí deja de ser una idea y se convierte en competencia real.
Y me entusiasma ver cómo un alumno desde cero puede llegar al máximo nivel. Lo he conseguido siempre que esa persona se lo tome en serio. Llevo miles de alumnos a mis espaldas, con aprobados constantes cuando ponen de su parte. Pero quizá lo que más me llena no es solo ver aprobar: es ver crecer. Ver a una persona joven que empieza de cero y que luego consigue su primer trabajo en el sector es una de las mayores satisfacciones que conozco.
Y además mantienes con muchos alumnos una relación que va mucho más allá del aula.
Sí, eso también es importante decirlo. Tengo relación de amistad absoluta con muchos de mis alumnos. Con muchos de ellos me veo y me reúno aquí en Málaga, o en Baleares, o donde nos crucemos. Y eso para mí tiene muchísimo valor, porque significa que lo que se crea aquí no se queda en una clase ni en un examen. Muchas veces se convierte en vínculo real, en confianza, en amistad y en vida compartida.
Sobre eso me contabas algo muy bonito: la frase de tu mujer, «¿Qué, ya estás con tus niños, no?».
Sí, y es verdad. Cuando estoy con jóvenes a los que estoy formando desde cero, mi mujer me ve feliz y me lo dice con esa mezcla de humor y ternura: «¿Qué, ya estás con tus niños, no?». Y en el fondo tiene toda la razón. Hay una alegría muy profunda en acompañar a alguien joven, verlo empezar desde abajo, ver cómo se toma en serio el camino y cómo acaba encontrando su sitio.
También dedicas muchísima energía a diseñar travesías y actividades para tus alumnos.
Sí. Y eso exige muchísimo esfuerzo. Diseño, propongo y organizo muchas actividades y travesías espectaculares para mis alumnos. Me cuesta mucho esfuerzo, muchas horas, mucha cabeza, muchísima energía. Y a menudo también supone sacrificar días y fines de semana con mi familia, a la que adoro. Eso es una realidad. Pero la recompensa es gigantesca cuando ves que aprenden de verdad. Cuando entiendes que esa experiencia les ha cambiado, que les ha hecho crecer de verdad, compensa todo.
Además, intento que donde voy quede buen recuerdo. Me gusta muchísimo crear vínculos reales. Por ejemplo, hace poco he hecho un nuevo amigo en Alhucemas, que tiene un par de puestos en el mercado de pescado. Ya se ha convertido en mi contacto allí y en proveedor de langostas para los alumnos. Aquello es un espectáculo. Y ese tipo de relaciones también dicen mucho de cómo me gusta vivir el mar: no solo como navegación, sino como lugares, personas, confianza y memoria compartida.
Y ahora has creado también un grupo que parece resumir muy bien esa necesidad de seguir navegando, aprendiendo y compartiendo más allá del aula.
Sí. He creado un gran grupo de WhatsApp que se llama Tripulación Polaris, y está funcionando de lujo. Se une quien lo solicita y a quien yo apruebo, porque quiero que tenga sentido y que la gente que esté dentro comparta de verdad esa inquietud por navegar, aprender, participar en expediciones, pescar, salir en moto de agua, esquiar, hacer wakeboard o seguir creciendo en el mar en cualquiera de sus facetas.
Hay alumnos míos y también personas que no necesariamente lo son, pero que tienen ese mismo espíritu. Y responde muy bien a una petición que durante años me han hecho muchísimos alumnos: la de seguir adquiriendo experiencia una vez aprobados u obtenidos sus títulos, y hacerlo fuera de los clubes convencionales de navegación.
De ahí está saliendo muchísimo. De ahí surge, por ejemplo, el grupo para Groenlandia y otras muchas actividades que ya tengo en marcha, como travesías de Málaga a Baleares este verano, ida y vuelta, o la pesca del gran atún rojo cuando abran la veda en junio en el Estrecho de Gibraltar. Para mí Tripulación Polaris es, en el fondo, la continuidad natural de lo que siempre he querido hacer: no solo dar títulos, sino crear marinos, crear experiencia, crear comunidad y seguir dando vida al aprendizaje después del aprobado.
También eres muy claro con una idea poco habitual en un negocio: no quieres a todos los alumnos del mundo.
Así es. No quiero a todos los alumnos del mundo. Quiero grupos reducidos, personas entregadas e interesadas. No quiero ese tipo de alumnos que quieren pagar y luego no asistir, o que no se implican de verdad. Poco a poco ya ni me llaman, y casi mejor así. Yo no busco volumen por volumen. Busco compromiso. Quiero trabajar con gente que de verdad quiera aprender y crecer.
«Mi pasión es la navegación astronómica»
Tu pasión especial es la navegación astronómica.
Sí, absolutamente. Quizá porque es lo más difícil. O porque es lo que más miedo da. O porque durante años ha sido una de esas disciplinas a las que todo el mundo teme. A mí, en cambio, me fascina. Me encanta ver ese proceso en el que al principio todo parece abstracto, oscuro, imposible… y después, un día, todo se une y cobra sentido.

Siempre les digo a los alumnos que confíen en mí, que llegará un momento en que todo encajará y empezarán a comprender de verdad la navegación astronómica y el movimiento celeste. Y ese instante es maravilloso.
En esta disciplina, Carlos Navarrete fue mi maestro hace décadas. Sigue siendo hoy un gran amigo, compartimos ratos y charlas siempre que podemos, y ha sido mi mejor profesor en náutica. Sin ninguna duda.
«Nunca he sido un hombre de regatas, pero reconozco lo muchísimo que enseñan»
También has reconocido algo con mucha honestidad: que nunca has sido un hombre de regatas.
Sí. No he sido un hombre de regatas. No porque no las respete, sino porque mi relación con el mar siempre ha ido por otros caminos: la travesía, la vida a bordo, el oficio, la observación, el mando, la experiencia real, la formación. No soy competitivo por naturaleza. Pero con la madurez me he dado cuenta de algo muy claro: la regata es una de las mejores escuelas técnicas para aprender de verdad vela, jarcia, trimado y rendimiento fino del barco.
Así que sí, me arrepiento en parte de no haber hecho más. Pero también me alegro de tener grandes amigos regatistas del más alto nivel internacional, gente de la que sigo aprendiendo cuando lo necesito.
«Tengo un equipo maravilloso»
Cuando hablas de tu equipo actual, se nota que lo haces con muchísimo orgullo y muchísimo cariño.
Sí, porque es verdad. Tengo un equipo maravilloso. Y para mí no es una frase hecha. Lo siento de verdad. Recuerdo perfectamente a la primera compañera que tuve contratada fija y que por supuesto sigue con nosotros hoy. Vino a aquella entrevista o reunión que tuvimos hace muchos años embarazada, pensando que eso podía ser un impedimento para ser contratada. Y hoy su hija, entra y sale de nuestro centro como si fuese su casa. Y me encanta. Me parece precioso. Dice mucho del tipo de proyecto humano que hemos construido.
Tengo un equipo de compañeros de unas diez personas y muchos llevan conmigo desde el principio. Y seguirán hasta el final, o eso espero. Algo querrá decir. A mí me preocupa de verdad enormemente la felicidad de mi equipo, del que yo formo parte. Y digo esto conscientemente: formo parte. Casi nunca me han escuchado pronunciar la palabra «jefe». No me gusta nada.
No me gusta esa idea. Prefiero pensar en equipo, en proyecto compartido, en responsabilidad compartida, en remar juntos. Y sí, me preocupa muchísimo cómo están, cómo viven lo que hacemos, si están bien, si están motivados, si sienten que esto tiene sentido. Para mí eso es fundamental. Quizá precisamente porque he visto de todo con los años, valoro todavía más a la gente que permanece, que suma, que cuida el proyecto y que entiende que aquí nadie es más que nadie, sino que todos formamos parte de algo que merece hacerse bien.
«Polaris tiene más de 100 cursos y alumnos que vienen de todo el mundo»

¿Qué es hoy Polaris exactamente?
Polaris tiene un catálogo de más de 100 cursos distintos, siempre relacionados con la náutica o con el mundo marítimo profesional. Y sinceramente creo que es uno de los mejores centros, sin duda, de toda España. Tenemos alumnos que vienen de todo el mundo a formarse con nosotros. Cierto que Málaga ayuda, claro. Estamos en el Puerto de Málaga, que además es uno de nuestros socios estratégicos, y eso nos da muchísimo peso.
Pero Polaris no es solo un sitio bien situado. Es un proyecto construido con una visión muy concreta: profundidad, calidad, exigencia, medios, equipo humano y una manera de formar muy poco superficial.
¿Qué diferencia de verdad a Polaris de otros centros?
Muchas cosas. Pero la más importante quizá sea esta: Polaris no nace de una cifra, ni de una etiqueta, ni de un argumento comercial aislado. Hoy hay gente que anuncia sus 25.000 millas, sus 15 años de experiencia o determinada formación, y todo eso puede ser perfectamente respetable. Pero Polaris nace de otra escala. De una vida entera de mar. De una experiencia extraordinariamente amplia y diversa. De una cultura de exigencia muy alta. De una manera mucho más profunda de entender la formación.
De ahí las instalaciones. De ahí la flota. De ahí el nivel de los profesionales que rodean el proyecto. Polaris no intenta parecer algo. Polaris está en otro nivel.
«Lo que me da pena no es que hablen, sino que muchos los crean gurús»
Eres muy crítico con cierta falsa autoridad que hoy se ve en redes y canales del sector.
Sí. Y no lo digo desde la rabia, sino desde la tristeza. Veo a personas conocidas y perfiles del sector haciendo vídeos, abriendo canales, impartiendo supuestas master classes de cosas que sé que no conocen bien. Y lo duro no es solo eso: es que mucha gente les sigue pensando que son gurús. Eso me da pena.
Porque en la mar la falsa autoridad puede ser muy seductora, pero no sustituye jamás a la experiencia real, al criterio ni a la formación sólida. La apariencia no gobierna un barco cuando se complica la situación.
«La pesca, el buceo, la cocina, viajar, la música y la fotografía también están dentro de mis travesías»
Fuera del despacho y fuera del aula, ¿qué cosas forman parte de tu vida y de tu manera de diseñar experiencias?
Muchísimas. Me encanta la pesca, muchísimo, en casi todas sus disciplinas. Me encanta el buceo, los deportes acuáticos, la fotografía, la lectura, viajar y la cocina. Y también me gusta mucho la música, la guitarra y el piano. Todo eso lo imprimo en los diseños que hago de travesías para mis alumnos. No pienso una actividad solo desde la navegación. Pienso también en la experiencia completa: lo que se ve, lo que se aprende, lo que se pesca, lo que se cocina, lo que se conversa, lo que se fotografía, lo que se comparte. Para mí una travesía bien diseñada es algo muy rico y muy vivo.
Me encanta también compartir la vida a bordo con mi mujer y mis dos hijas y, por supuesto, con familia y amigos. Pero, sobre todo, me gusta compartir los fines de semana largos con mi mujer en nuestra furgoneta camper. Vamos muchísimo a Zahara de los Atunes, uno de nuestros rincones favoritos y un lugar al que estoy muy unido porque allí tengo varios buenos amigos desde hace décadas.
¿Y ya estás organizando una gran expedición a Groenlandia?
Sí. De hecho, en 2027 nos vamos un buen grupo de expedición a navegar y descubrir Groenlandia. Estoy en plena fase de organización. Para mí este tipo de proyectos son una mezcla perfecta entre mar, aventura, formación, descubrimiento y vida compartida.
«Ni yo ni Polaris somos perfectos»
Has insistido varias veces en la exigencia, pero también quieres dejar claro que ni tú ni Polaris sois perfectos.
Sí, claro. Y quiero decirlo con total claridad. Ni yo ni en Polaris somos perfectos. A veces nos equivocamos, como todos los humanos. Pero sabemos reconocerlo e intentamos de verdad que no ocurra. Eso me parece importantísimo. Prefiero mil veces una estructura exigente, honesta y humana, que pueda equivocarse y reconocerlo, que una apariencia de perfección falsa.
Lo mismo ocurre conmigo: no me interesa parecer infalible. Me interesa trabajar en serio, aprender, corregir y mejorar.
Y una entrevista honesta también debería dejar espacio para tus errores, tus bajones y tu forma real de vivir la responsabilidad, ¿no?
Sí, claro. Nadie es perfecto. Y yo tampoco lo soy. Soy una persona complicada y compleja, eso lo sé perfectamente. Pero también sé que soy muy buena persona. Y quizá una cosa equilibra la otra.
Tengo carácter y, cuando una relación se rompe de verdad, normalmente no suelo volver atrás. No lo vivo desde el rencor, sino desde una idea muy simple que aprendí de mi padre: cuando alguien te hace daño, lo mejor es volverlo transparente y seguir tu camino.
A lo largo de mi vida ha habido personas que se han aprovechado de mí o que me han decepcionado mucho, y con el tiempo he aprendido a protegerme más. No me creo mejor que nadie, ni necesito demostrar nada, pero sí valoro muchísimo mi paz, mi familia y el rumbo que he elegido para mi vida. Por eso hoy soy más prudente, más selectivo y tengo muy claro quién suma de verdad.
También sé que no todo es perfecto en mí. He tenido momentos de bajón, de ansiedad o de sentirme sobrepasado, sobre todo porque me cuesta soltar el control y delegar todo lo que debería. Sigo aprendiendo a hacerlo. Llevar proyectos adelante implica apagar muchos fuegos y tomar muchas decisiones, y eso desgasta. Pero si miro mi vida con perspectiva, la verdad es que soy feliz y adoro profundamente lo que hago.
«Hago las cosas como me enseñaron en casa: de corazón, bien y con humildad»
Si tuvieras que resumir quién eres hoy, ¿cómo lo harías?
Diría que soy un hombre de mar que sigue aprendiendo. Que ha pasado toda su vida encima de un barco, pero que no ha perdido ni la curiosidad ni la humildad. Que enseña porque ama profundamente lo que hace, pero que quizá ama incluso más seguir aprendiendo. Que cree en la formación práctica, profunda, seria y honesta. Que disfruta viendo cómo un alumno empieza de cero y llega muy lejos. Que se emociona cuando alguien consigue su primer trabajo en el sector. Que siente una pasión especial por la navegación astronómica. Que diseña experiencias y travesías para que la gente aprenda de verdad. Que ha tenido que reinventarse, arriesgar, estudiar, trabajar muchísimo y volver a empezar varias veces.
Diría también que soy una persona compleja, con carácter, con mis defectos y mis límites, y que no pretendo disfrazarlos. Que he tenido momentos de bajón, de ansiedad y de sentirme sobrepasado. Que me ha costado delegar porque me gusta que todo salga bien y eso a veces me ha llevado a querer controlarlo todo más de la cuenta. Que he sufrido mucho por confiar demasiado en algunas personas.
Y, sobre todo, diría que intento hacer las cosas como aprendí en casa: de corazón, bien, con amor por lo que hago y con humildad.
¿Y qué se encuentra realmente alguien que llega a Polaris?
No se encuentra solo una escuela. Se encuentra una manera de entender la náutica. Una cultura del trabajo bien hecho. Una forma de enseñar basada en la experiencia real, en la exigencia honesta y en el respeto profundo por el oficio de mar. Se encuentra con alguien que no enseña desde la teoría sola, ni desde el marketing, ni desde una autoridad prestada, sino desde una vida entera de mar convertida, con el tiempo, en criterio, en método y en vocación.
Última pregunta. Después de todo lo vivido, ¿qué te sigue moviendo?
Seguir aprendiendo. Ver crecer a los alumnos. Acompañar procesos de verdad. Hacer las cosas bien. Y seguir sintiendo que, aunque lleve toda la vida en esto, el mar todavía tiene muchísimo que enseñarme.
No alguien que un día decidió dedicarse a enseñar navegación, sino alguien que llevaba toda la vida, casi sin saberlo, preparándose para hacerlo con verdad, con profundidad y con una autoridad que no necesita exhibirse para ser evidente.



