Manuel Recio Abad. Suite Información.– Hassan tenía diecisiete años. Ibrahim, dieciocho. El tercero se llamaba Yusuf.
Los tres habían salido de casa convencidos de que aquella noche comenzaría una vida distinta. Alguien les había dicho que al otro lado estaba Europa.
Decidieron ir a la aventura con solo unos cuantos dírhams en los bolsillos. Les habían contado que, una vez en Ceuta, todo sería más fácil. Que encontrarían trabajo. Que de alguna manera conseguirían llegar a la Península. Y que después vendrían Madrid, Barcelona, Francia o quizá Alemania.
Cuando se tienen diecisiete años, la geografía cabe perfectamente dentro de un sueño. Ninguno de los tres sabía realmente cuánto separaba Marruecos de Europa. En los mapas, muy poco. Aquella noche descubrieron que algunas distancias no se miden en kilómetros.
Entraron en el agua. Al principio podían caminar. Después tuvieron que nadar. Hassan iba delante. Ibrahim escuchaba detrás la respiración fatigada de Yusuf.
Durante unos minutos solamente existieron el agua, la oscuridad y unas luces que parecían estar siempre demasiado lejos. Hasta que dejaron de escuchar a Yusuf.
Ibrahim se volvió.
-Yusuf!.
Nadie respondió. Lo llamó otra vez. Después otra. Hassan quiso regresar, pero las olas golpeaban contra las piedras y apenas podían mantenerse ellos mismos a flote. Yusuf había desaparecido. No hubo despedida.No hubo una última palabra. Ni siquiera supieron exactamente dónde había quedado su cuerpo. Solo supieron que habían salido tres de Marruecos y que a Ceuta llegaron dos.
Cuando finalmente tocaron tierra estaban agotados. Empapados. Hambrientos. Muertos de sed.
Pero estaban en Europa. O eso creían.
Durante horas caminaron sin saber adónde dirigirse. Había gente por todas partes. Gritos. Carreras. Policías. Jóvenes buscando algún lugar donde esconderse. Vecinos preocupados ante aquella llegada desordenada de personas que nadie parecía capaz de controlar.
Hassan e Ibrahim solo querían descansar.
Subieron hacia uno de los barrios buscando algún rincón donde pasar unas horas lejos de aquel tumulto.
Creyeron haberlo encontrado, pero se equivocaron. Un grupo de hombres los descubrió. No hubo demasiadas preguntas. Primero llegaron los insultos. Después, los golpes. Hassan cayó al suelo intentando protegerse la cabeza con los brazos. Ibrahim recibió una patada en el costado.
Aquella Europa que habían imaginado durante tantos meses les estaba dando la bienvenida a golpes.
Cuando consiguieron escapar ya habían tomado una decisión. Querían volver a Marruecos.
Resultaba paradójico. Habían arriesgado la vida para entrar. Ahora estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para salir. Hassan tenía un ojo hinchado. Ibrahim apenas podía apoyar una pierna. Ninguno hablaba de Yusuf. Hay dolores que necesitan silencio. Cuando finalmente consiguieron regresar a Marruecos sintieron alivio.
A su casa. Pero tampoco allí terminó la historia. Los guardias marroquíes los recibieron a golpes. Quizá por haberse marchado. Quizá por haber regresado. Quizá porque algunas veces los pobres no necesitan hacer nada para recibir una paliza.
Aquella noche Hassan e Ibrahim durmieron sobre el suelo.
No estaban en Europa. Tampoco habían conseguido regresar todavía a sus casas. Estaban en algún lugar entre dos mundos.
Hassan miró a su amigo.
-¿Sabes una cosa?
-¿Qué?
-Yo de aquí ya no me muevo.
Ibrahim comenzó a reír.
Le dolían las costillas cada vez que lo hacía, pero siguió riendo.
Hassan terminó riéndose también.
Eran dos muchachos magullados, hambrientos y agotados riéndose de su propia desgracia.
Quizá porque a los diecisiete años todavía queda esa extraordinaria capacidad de reír incluso cuando el mundo acaba de demostrarte que puede ser bastante miserable.
Al día siguiente regresarían a sus casas. Sus madres los abrazarían. Probablemente les preguntarían dónde estaba Yusuf. Entonces tendrían que explicar que Yusef se había quedado en el mar. No sé qué habrá sido de Hassan e Ibrahim.
Probablemente estos nombres ni siquiera sean los suyos. Pero podrían serlo. Porque esta historia podría pertenecer a cualquiera de los miles de jóvenes que alguna vez han contemplado las luces de la otra orilla convencidos de que allí comenzaba el paraíso. Hablamos mucho de inmigración.
Hablamos de fronteras, gobiernos, policías, expulsiones, centros de acogida, mafias, acuerdos internacionales y estadísticas.
Y debemos hacerlo.
Un Estado tiene el derecho y la obligación de controlar sus fronteras. Europa no puede convertirse en un territorio al que se acceda de manera desordenada simplemente porque alguien consiga alcanzar una playa, saltar una valla o atravesar un espigón.
Pero reconocer esa realidad no debería impedirnos reconocer otra.
Detrás de cada número hay una persona.
Y algunas veces esa persona tiene diecisiete años, incluso menos. El verdadero drama comienza mucho antes de llegar a la frontera. Comienza cuando alguien convence a un muchacho de que Europa está a unos cuantos metros de agua y que basta con atravesarlos para encontrar trabajo, dinero y futuro.
Comienza cuando las mafias, los traficantes o simplemente quienes viven de alimentar falsas esperanzas convierten la desesperación en negocio. BBC de Y termina demasiadas veces en una playa, en una valla, en un hospital o en el fondo del mar.
Yusuf no llegó a Europa.
Hassan e Ibrahim sí.
Durante unas horas. Después quisieron regresar.
Quizá descubrieron que existen dos Europas.La Europa que se contempla desde la otra orilla, iluminada por las luces de Ceuta. Y la Europa que uno encuentra cuando llega empapado, sin dinero, sin documentos y sin saber dónde dormir. La primera parece estar muy cerca. La segunda puede encontrarse terriblemente lejos.
Por eso quizá deberíamos dejar de discutir durante unos minutos sobre quién tiene razón y preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿Qué futuro estamos ofreciendo a esos muchachos para que estén dispuestos a jugarse la vida por llegar hasta aquí?
Porque las fronteras existen. Y probablemente seguirán existiendo siempre.
Pero hay una frontera mucho más difícil de atravesar que cualquier valla, cualquier espigón o cualquier mar.
La frontera que separa a quienes pueden elegir su destino de quienes solamente pueden soñarlo:
La frontera de los pobres.


