Manuel Recio Abad. Suite Información.- En enero de 1906, Algeciras se convirtió, probablemente sin pretenderlo, en el centro del mundo. Durante casi tres meses, representantes de las grandes potencias de la época llegaron hasta esta ciudad situada en el extremo sur de España para intentar resolver uno de los problemas que amenazaban con enfrentar, otra vez, a las naciones europeas: Marruecos.
Francia, Alemania, Gran Bretaña, España, Estados Unidos, Rusia, Italia, Austria-Hungría, Portugal, Bélgica, Países Bajos y Suecia enviaron a sus delegaciones. Y, naturalmente, también estaba Marruecos. El sultán Abd al-Aziz tenía allí a sus representantes porque, al fin y al cabo, de lo que se estaba hablando era de su país, de su soberanía, de sus fronteras y de su futuro.
Buena parte de aquel pequeño universo diplomático se instaló en el Hotel Reina Cristina. El magnífico hotel algecireño se convirtió así en una especie de segunda cancillería internacional. Las sesiones oficiales se celebraban en el Ayuntamiento, pero muchas de las cosas importantes se hablaban donde suelen hablarse estas cosas: en los salones, en los pasillos, durante una comida, tomando un café o paseando por los jardines del hotel. Allí convivieron durante semanas diplomáticos que representaban intereses absolutamente contrapuestos mientras desde Algeciras se contemplaba uno de los lugares más estratégicos del planeta.
Gibraltar estaba enfrente. Marruecos, al otro lado del Estrecho. Y Ceuta, española, a unas pocas millas.
Conviene detenerse en esto último porque ciento veinte años después parece que algunos han decidido reescribir la historia. Durante aquella Conferencia se habló de la soberanía de Marruecos, de su independencia y, expresamente, de la integridad territorial de los Estados del sultán. Se discutió sobre policía, aduanas, puertos, comercio, armamento, bancos, obras públicas y sobre la presencia e influencia que Francia y España iban a ejercer en territorio marroquí. Se discutió prácticamente todo lo que podía discutirse sobre Marruecos.
Pero no se discutió Ceuta.
La delegación marroquí estaba allí. No en Rabat, ni en Fez, ni esperando noticias al otro lado del Estrecho. Estaba en Algeciras, participando en una conferencia internacional convocada precisamente para determinar las condiciones en las que las grandes potencias reconocían y garantizaban la soberanía y la integridad territorial de Marruecos.
Y Marruecos no reclamó Ceuta.
No estoy diciendo, porque sería jurídicamente incorrecto, que en el Acta de Algeciras exista un artículo en el que el sultán diga solemnemente que Ceuta pertenece a España. No existe. Tampoco hacía falta. Ceuta no era objeto de discusión porque no formaba parte del territorio sobre el que se estaba discutiendo. Era una ciudad española y llevaba siglos siéndolo.
Ceuta había sido conquistada por Portugal en 1415. Es decir, mucho antes de que existiera el Marruecos contemporáneo que hoy pretende presentar la ciudad como una consecuencia del colonialismo europeo de los siglos XIX y XX. Después pasó definitivamente a la Corona española y Portugal reconoció formalmente aquella situación en el Tratado de Lisboa de 1668. Cuando los diplomáticos marroquíes llegaron a Algeciras en 1906, Ceuta llevaba casi cinco siglos separada políticamente del territorio marroquí.
Hay además otra circunstancia que hace todavía más interesante aquel silencio. El Acta General de Algeciras proclamó expresamente la soberanía e independencia del sultán y la integridad de sus Estados. Marruecos aceptó y ratificó aquel acuerdo. Sin embargo, nadie introdujo a Ceuta dentro de aquella integridad territorial que se estaba garantizando internacionalmente. Ni Marruecos pidió hacerlo ni ninguna de las potencias presentes consideró que hubiera que resolver una disputa territorial sobre la ciudad.
Y seis años después ocurrió algo todavía más revelador.
En 1912 se estableció el Protectorado español sobre el norte de Marruecos. España pasó a administrar una extensa zona del territorio marroquí, pero Ceuta no entró en el Protectorado. ¿Por qué? Por una razón bastante sencilla: porque Ceuta no era Marruecos. España podía ejercer un protectorado sobre Tetuán, Larache, Alcazarquivir o el Rif porque aquellos territorios seguían perteneciendo jurídicamente al sultán. Ceuta, en cambio, era territorio español y por eso quedó fuera.
Cuando Marruecos alcanzó su independencia en 1956 recuperó los territorios que habían estado sometidos a los protectorados francés y español. Ceuta no fue uno de ellos porque nunca había formado parte del Protectorado.
Naturalmente, Marruecos puede formular las reivindicaciones territoriales que considere oportunas. Los Estados llevan siglos haciéndolo. También España podría recordar Gibraltar cada mañana al levantarse y cada noche antes de acostarse, aunque en nuestro caso existe incluso una doctrina de Naciones Unidas sobre la descolonización del Peñón. Pero una reivindicación política no puede convertirse, por repetirla muchas veces, en una verdad histórica.
Y eso es precisamente lo que convendría recordar ahora, cuando desde Marruecos vuelven a escucharse voces hablando de Ceuta y Melilla como si fueran ciudades ocupadas por España durante alguna aventura colonial relativamente reciente. No.
Cuando en 1906 Marruecos tuvo delante a España y a las principales potencias del mundo para discutir nada menos que su soberanía, su independencia y su integridad territorial, Ceuta estaba allí mismo, al otro lado de la bahía y a pocas millas de aquellos diplomáticos. Nadie la reclamó.
Quizá porque entonces nadie necesitaba inventarse la Historia.
Y mientras los representantes del sultán paseaban por los jardines del Hotel Reina Cristina, Ceuta seguía donde llevaba siglos estando. En España.


