Manuel Recio Abad. suiteinformación.– España está en las peores manos. Al frente del Gobierno tenemos a un presidente cuya prioridad es conservar el poder, aunque para ello tenga que depender de independentistas y de quienes cuestionan abiertamente el Estado que él tiene la obligación de defender. Pedro Sánchez no es rehén de nadie. Eligió a sus socios, aceptó sus condiciones y ha construido conscientemente la mayoría que lo mantiene en La Moncloa. Por eso no puede presentarse como víctima de las circunstancias. Es responsable de todas ellas.
A su alrededor se ha instalado una camarilla de advenedizos aprovechados políticos dispuesta a justificar hoy lo que ayer consideraba intolerable con tal de seguir disfrutando del poder. Ministros, dirigentes y altos cargos cuyo destino depende de la supervivencia política del presidente y entre los que cuesta encontrar una voz dispuesta a decir basta. Ese es el verdadero, el auténtico problema. España atraviesa una de esas situaciones en las que necesita un Gobierno firme, competente y respetado, y tiene exactamente todo lo contrario. Un Gobierno que invoca la Constitución cuando le conviene y que olvida que esa misma Constitución obliga a los poderes públicos y encomienda al Gobierno responsabilidades fundamentales en la defensa del Estado.
Y entonces aparece Ceuta. Lo ocurrido allí ha dejado de ser únicamente un problema migratorio. Una frontera española ha sido sometida a una presión extraordinaria y quienes están pagando las consecuencias son los ceutíes. Están cansados. No pueden soportar indefinidamente que su ciudad cargue con las consecuencias de la incapacidad de quienes gobiernan desde Madrid. Quieren recuperar la normalidad, quieren sentirse seguros y quieren comprobar que detrás de ellos existe un Estado capaz de protegerlos. No necesitan más discursos. Necesitan decisiones.
Porque la Constitución no es solamente un texto que se exhibe en las ceremonias y se cita cuando interesa. Es la norma fundamental de un Estado que tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos y defender su territorio. Ceuta es España. Y un Gobierno incapaz de transmitir con absoluta claridad esa evidencia está fallando en una de sus primeras responsabilidades políticas.
Tampoco entiendo la actitud de la Corona. Felipe VI no gobierna, ni debe gobernar. Pero es el jefe del Estado y símbolo de su unidad. Precisamente por eso, ante una crisis de esta magnitud en territorio español, muchos esperábamos una presencia y una voz mucho más contundentes. No le corresponde ordenar a la Policía, a la Guardia Civil ni al Ejército, pero sí representar a España. Y Ceuta también es España. La prudencia institucional es una virtud hasta que empieza a confundirse con el silencio.
Mientras tanto, Marruecos observa. Observa nuestras dudas, nuestros tiempos, nuestras divisiones y nuestra incapacidad de reacción. Y si al otro lado de la frontera se llega a la conclusión de que una España débil y pusilánime puede ser presionada sin encontrar una respuesta firme, volverán a ponernos a prueba. Ese es mi vaticinio: volverá a ocurrir. Quizá no mañana y quizá no de la misma manera, pero volverán a tensar la cuerda para comprobar dónde está realmente nuestro límite.
Y cada vez será más peligroso. Si una nueva entrada masiva vuelve a desbordar la frontera, si las fuerzas de seguridad resultan incapaces de contenerla y si el Estado pierde nuevamente el control de la situación, las Fuerzas Armadas pueden terminar desempeñando un papel cada vez mayor en la protección del territorio. Bastará una agresión, un disparo o un muerto para que aquello que comenzó como una crisis migratoria pueda transformarse en una gravísima crisis militar entre España y Marruecos. A eso creo que se le conoce con el nombre de guerra.
Nadie sensato desea un enfrentamiento militar. Pero por el camino que vamos las soluciones diplomáticas se alejan y el entreguismo del nefasto gobierno español frente a los delirios de conquista alauitas es evidente. Precisamente por eso hay que impedir que lleguemos hasta él. La mejor manera de evitar el uso de la fuerza es demostrar que existe un Estado suficientemente fuerte para no necesitarla. Para eso hace falta gobernar, anticiparse, tomar decisiones y transmitir a nuestros vecinos que España desea cooperación, amistad y buenas relaciones, pero que existe una línea que nadie puede atravesar: nuestra frontera.
Ya no es momento de discursos interminables mientras los ceutíes soportan las consecuencias. Es momento de actuar con toda la autoridad del Estado, con todos los instrumentos que permite nuestro ordenamiento y con la determinación necesaria para recuperar plenamente la normalidad y evitar que vuelva a producirse una situación semejante. Porque cuanto más se retrase la solución, mayor será el peligro. Y cuando un Gobierno permite que un problema llegue hasta el punto en que los militares se convierten en el último recurso, no habrán triunfado los militares: habrá fracasado la política.
Ese es el riesgo que estamos corriendo, y lo estamos corriendo en el peor momento posible: con un presidente obsesionado con conservar el poder, unos socios conscientes de que los necesita, una camarilla instalada alrededor de La Moncloa y unas instituciones demasiado prudentes cuando España necesita claridad. Ojalá me equivoque, pero volverán a intentarlo y la próxima vez puede que ya no termine igual.
España necesita ahora un Gobierno a la altura de las circunstancias. Y tiene exactamente lo contrario: un incapaz al frente del Gobierno.



