Manuel Recio Abad. Suite Información.– Acudo puntualmente a mi cita con Suite Información Magazine, que cordialmente me ofrece este espacio en su publicación.
El 16 de septiembre de 1936, mientras España de nuevo comenzaba a devorarse a sí misma, otro descendiente de Cristóbal Colón esperaba la muerte.
Se llamaba Cristóbal Colón y Aguilera. Era el decimoquinto duque de Veragua, descendiente directo del almirante, abogado, ganadero de bravo y criador de caballos de pura raza árabe. No había seguido la intensa carrera política de su padre. Eso no le sirvió de nada.

Yo desciendo de Martín Alonso Pinzón y pertenezco a la rama Hernández Pinzón. Formo parte junto a mis hermanos y primos de la decimoquinta generación de Catalina Pinzón, hija del descubridor, a través de nuestra abuela paterna. Quizá por eso, al cumplirse noventa años de aquel crimen, siento una obligación especial de recordar a aquel descendiente del hombre con quien mi antepasado compartió una de las mayores gestas de la Historia.
No escribo estas líneas para reabrir una guerra. Las escribo precisamente porque existe una Ley de Memoria Democrática y porque, si la memoria ha de servir para algo, deberá empezar por una regla elemental: recordar a las víctimas sin preguntar primero quién las mató.

Cristóbal Colón y Aguilera había nacido en Madrid en 1878. Estudió Derecho, heredó en 1910 el ducado de Veragua y los títulos históricos vinculados a la casa de Colón y dedicó buena parte de su vida a sus explotaciones ganaderas. Fue propietario de una conocida ganadería de toros de lidia y alcanzó especial prestigio como criador de caballos árabes.
Había, además, custodiado durante años una parte excepcional del patrimonio documental colombino. En 1926 vendió al Estado español, por 1.250.000 pesetas, el denominado Archivo de Cristóbal Colón: noventa y siete documentos y un libro que pasaron a formar parte del patrimonio público español.
Diez años después, aquel hombre acabaría muerto en una cuneta.
Al comenzar la Guerra Civil, el Madrid republicano entró en una espiral de violencia política en la que actuaron milicias, comités y centros de detención al margen de las garantías judiciales ordinarias. En ese contexto fue detenido el duque de Veragua a finales de agosto de 1936.
Su apellido no pasó inadvertido.
El diplomático chileno Aurelio Núñez Morgado, entonces decano del Cuerpo Diplomático, realizó gestiones para intentar conseguir su liberación y proteger a miembros de la familia Colón. Aquellas gestiones no consiguieron salvarlo.
En torno al 16-17 de septiembre, Cristóbal Colón y Aguilera y su cuñado, Manuel Carvajal y Hurtado de Mendoza, marqués de Aguilafuente, fueron asesinados. Sus cadáveres aparecieron en las inmediaciones de la carretera de Fuencarral-Colmenar.
No hubo juicio. No hubo defensa. No hubo sentencia.
Hubo muerte.
La documentación y las investigaciones posteriores relacionan la detención y el asesinato con el entorno del Círculo Socialista del Sur y con Zacarías Ramírez. Las circunstancias concretas y la cadena exacta de responsabilidades requieren, sin embargo, distinguir cuidadosamente entre hechos documentados y testimonios posteriores.
Y aquí aparece Santiago Carrillo.
Décadas después del asesinato, un hombre conocido como «El Estudiante» afirmó haber presenciado la ejecución y sostuvo que Carrillo había participado personalmente en ella, llegando a disparar contra el duque cuando ya se encontraba en el suelo.
Es una acusación extraordinariamente grave.
Y precisamente por serlo no debe convertirse en hecho histórico sin pruebas suficientes.
El relato presenta contradicciones importantes. Sitúa los acontecimientos alrededor del 24 de agosto, cuando las fuentes disponibles sitúan la detención del duque posteriormente. Tampoco coincide la descripción de los disparos con los datos atribuidos al certificado de defunción. Y las investigaciones consultadas no permiten acreditar documentalmente que Santiago Carrillo estuviera personalmente presente en aquel asesinato.
Por tanto, que quede claro: hubo posteriormente una acusación contra Carrillo, pero no disponemos de elementos suficientes para afirmar como hecho probado que fuese él quien mató al duque de Veragua.
No hace falta añadir nada que no podamos demostrar.
Porque lo demostrado ya es suficientemente terrible.
Un hombre fue detenido sin garantías, pese a las gestiones diplomáticas realizadas para protegerlo, fue sacado de su cautiverio, asesinado y abandonado junto a una carretera.
Se llamaba Cristóbal Colón y Aguilera.
Y aquí es donde la historia deja de ser solamente historia y entra en nuestro presente.
España aprobó primero una Ley de Memoria Histórica y posteriormente una Ley de Memoria Democrática. La vigente Ley 20/2022 habla de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Son principios que merecen una pregunta muy sencilla: ¿son para todas las víctimas?
Porque la memoria, si quiere ser verdaderamente democrática, no puede tener dos puertas. Una para los muertos que conviene recordar y otra para aquellos cuyo recuerdo resulta incómodo.
No puede haber asesinados de primera y asesinados de segunda.
No puede depender la dignidad de un muerto de la ideología de quien apretó el gatillo.
La Guerra Civil española fue una tragedia colectiva y produjo víctimas de violencias de distinta procedencia. Reconocer a unas no disminuye el sufrimiento de las otras. Condenar el asesinato del duque de Veragua no justifica ningún crimen cometido posteriormente por el franquismo, de la misma manera que condenar la represión franquista no debería exigir silencio sobre quienes fueron asesinados en la zona republicana.
Eso debería ser precisamente la memoria.
Memoria completa.
Memoria sin apellidos.
Memoria sin carnet político.
Noventa años después, aquel hombre merece al menos que pronunciemos su nombre.
Cristóbal Colón y Aguilera, XV duque de Veragua, descendiente de Cristóbal Colón, fue asesinado en septiembre de 1936.
Yo, descendiente de Martín Alonso Pinzón y perteneciente a la rama Hernández Pinzón, quiero recordarlo hoy.
Hace más de cinco siglos nuestros antepasados se hicieron a la mar juntos hacia lo desconocido. Colón y Pinzón discutieron, se separaron, volvieron a encontrarse y quedaron unidos para siempre por la Historia.
Por una de esas extrañas vueltas que da el tiempo, un descendiente de la rama Hernández Pinzón recuerda hoy a un descendiente de Colón.
No para pedir venganza.
No para ajustar cuentas.
Simplemente para impedir algo mucho más sencillo y mucho más peligroso:
que lo olvidemos.
Porque una víctima no deja de ser víctima dependiendo del bando al que pertenecieran sus verdugos.
Y aquel asesinato, se mire desde donde se mire, fue exactamente eso:
Un asesinato vil.


