Manuel Recio Abad. Suite Información.- Fue hace más de dos siglos, cuando Napoleón invadió España y decidió que los españoles necesitábamos un rey elegido por él, colocando en el trono a su hermano José Bonaparte, más conocido popularmente como Pepe Botella. Al parecer le gustaba el caldo. Hubo entonces funcionarios, altos cargos y servidores públicos que juraron fidelidad al nuevo monarca. Algunos creyeron sinceramente que aquel régimen podía modernizar España. Otros tuvieron miedo. Y otros, sencillamente, comprendieron que jurar era una excelente manera de conservar el despacho, el sueldo y la posición.
La Historia terminó llamándolos juramentados.
No todos fueron traidores. Posiblemente no sería justo juzgarlos a todos de la misma manera. Pero la palabra sobrevivió porque describe una tentación política mucho más antigua que cualquier partido: cuando la lealtad al hombre sustituye a la lealtad a las instituciones.
Doscientos años después, España vuelve a tener sus juramentados.
Los actuales juramentados no han prestado juramento ante José Bonaparte, ni necesitan levantar la mano ante ningún altar. Su juramento es más discreto. Se manifiesta en el silencio, en el aplauso, en la justificación automática, en la extraordinaria capacidad para defender el lunes lo contrario de lo que defendían el domingo si entre ambos días ha hablado el presidente.
Son los juramentados de Pedro Sánchez.
Ministros, secretarios de Estado, altos cargos, dirigentes del partido y responsables políticos que parecen haber asumido una regla elemental de supervivencia: Sánchez nunca se equivoca. Y, si se equivoca, el error debe ser inmediatamente convertido en estrategia.
Lo verdaderamente preocupante no es que exista disciplina en un Gobierno. Todos los gobiernos la necesitan. Lo inquietante comienza cuando la disciplina amenaza con convertirse en obediencia personal y cuando nadie parece dispuesto a levantarse de la mesa y decir: “Presidente, hasta aquí”
Gobernar no consiste en ser leal al presidente del Gobierno. Consiste en ser leal a España.
De pronto aparece Marruecos.
Durante años se nos ha explicado que la nueva relación con Rabat inauguraba una etapa de estabilidad, confianza y cooperación. España modificó, craso error, en 2022 su posición tradicional respecto al Sáhara Occidental y apostó sin previo aviso, traicionando al pueblo saharaui, por una relación privilegiada con Marruecos. En diciembre de 2025, ambos gobiernos todavía celebraban oficialmente una relación basada en la “transparencia, el diálogo permanente y el respeto mutuo”, sic.
Después llegó la invasión consentida, permitida de la ciudad española de Ceuta.
Más de ochenta mil seres atravesaron la frontera europea con Marruecos durante los días 30 y 31 de julio. El todavía presidente del Gobierno de España ha reconocido que la gendarmería marroquí permitió inicialmente el cruce y posteriormente volvió a controlarlo. Al mismo tiempo, han ido apareciendo informaciones, informes, advertencias previas y contradicciones entre responsables españoles que según nos dicen, todavía deben ser completamente esclarecidas.
Ante semejante episodio, cualquier Gobierno tiene derecho y obligación de actuar con prudencia. Acusar a otro Estado sin pruebas concluyentes sería irresponsable si no se tratara de un país como Marruecos.
Pero prudencia no significa docilidad.
Prudencia tampoco significa mirar hacia otro lado y muchísimo menos significa que un Gobierno pueda conformarse con no saber qué ocurrió en una de las fronteras más sensibles de España y de la Unión Europea.
Si Marruecos no tuvo responsabilidad, España merece conocerlo y demostrarlo. Si la tuvo, España merece saberlo igualmente y exigir responsabilidades. Lo que resulta inadmisible es convertir la incertidumbre en coartada permanente y justificación para no hacer nada.
Aquí es donde deberían aparecer los ministros.
¿Dónde están?
Dónde está el ministro que diga que la amistad con Marruecos termina exactamente donde comienza la soberanía española?
¿Dónde está el alto cargo dispuesto a perder el coche oficial antes que su criterio y la vergüenza de ser señalado como un pancista ?
¿Dónde está quien se atreva a decir que ningún presidente, se llame Pedro Sánchez, Mariano Rajoy, José María Aznar o Felipe González, está por encima del interés nacional y del pueblo español ?
Silencio.
Los juramentados no dimiten. Los juramentados esperan.
Esperan la argumentación del día para repetirla por la noche. Esperan saber qué versión deben defender como
papagayos. Esperan que pase la tormenta y sobre todo, esperan conservar el cargo.
Ese es el gran negocio del juramentado: nunca necesita tener razón; solamente necesita permanecer.
Pero existe una diferencia esencial entre los juramentados de 1808 y los de nuestro tiempo. Aquellos podían alegar que España estaba ocupada por el ejército más poderoso de Europa. Algunos juraron por miedo, otros por necesidad y otros porque pensaron sinceramente que salvaban algo de una nación destrozada.
Los nuestros viven en democracia.
Pueden marcharse, dimitir, discrepar, decir que no y precisamente por eso su silencio nos resulta políticamente mucho más difícil de justificar.
Un ministro no es un criado del presidente. Un diputado no pertenece al jefe de su partido, se ha enterado usted, Sr. D. Emiliano García-Page ?. Un Gobierno no es una corte y La Moncloa no debería convertirse jamás en un palacio donde todos compiten por averiguar quién inclina más profundamente la cabeza y dobla servilmente el espinazo.
La democracia necesita lealtades, naturalmente, pero sobre todo necesita saber hacia dónde apuntan.
Puede haber una lealtad al partido, otra al Gobierno, otra al presidente y una última, superior a todas ellas, que debería imponerse cuando las anteriores entran en conflicto: la lealtad al país, a sus instituciones y la ciudadanía.
Los juramentados olvidan precisamente esa jerarquía.
Creen que protegiendo al jefe protegen al Gobierno, que protegiendo al Gobierno protegen al partido y que protegiendo al partido protegen a España.
Es exactamente al revés. Están muy equivocados.
Los gobiernos, los presidentes y ministros, inclusive los partidos políticos….pasan pero España siempre queda.
Quizá por eso convendría que algunos, antes del próximo Consejo de Ministros, abrieran un libro de Historia y buscaran una palabra que tiene más de doscientos años: Juramentados.
Después deberían mirarse al espejo y preguntarse, por una vez, a quién juraron realmente lealtad.



