Hacía años que podía vivir como cualquier pensionista, salir por las mañanas a rodar en bici y pasar las tardes de manera sosegada en su Ávila natal. Sin embargo, Ángel Arroyo Lanchas (El Barraco 1956-Ávila 2026) no era como la mayoría de los ciudadanos, el ímpetu que aplicaba a todo lo que hacía le hacía pasar las jornadas en alguno de los trenes de lavado que regentaba en Ávila, Segovia o Collado Villalba.
Hace meses le detectaron un tumor cerebral y en los últimos días además fue castigado por una neumonía. El que fuera ciclista, gran escalador, no ha podido superar esta triste carrera contra el reloj como si consiguiera aquella inolvidable tarde calurosa en el Puy de Dome francés (1983).
Ángel Arroyo no se arrugaba nunca, los tenía “bien puestos” como decía más de una vez cuando le preguntaban cómo había sido capaz de afrontar alguna de sus diferentes gestas. En el ciclismo y en la vida.
Junto a corredores extraordinarios como Pedro Delgado, José Luis Laguia, Julián Gorospe y el resto del equipo Reynolds cambiaron la historia del ciclismo español en el Tour de Francia de 1983. Después de varios años sin españoles en la Grande Boucle, aterrizaron en la carrera gala para dejar boquiabiertos a los aficionados de todo el mundo.
“¿Cómo vamos a ser ciclistas y no vamos a saber lo que es el Tour por muy fiero que lo pinten?”, argumentaba a la hora de explicar el por qué de la decisión del conjunto dirigido por José Miguel Echávarri gestada en 1982.
Arroyo había ganado la Vuelta a España en 1982 —la detección de metilfenidato en su orina al término de la etapa 17 le arrebataría la victoria—, pero se daría a conocer al mundo gracias al segundo puesto que alcanzó en el Tour de Francia de 1983, por detrás de Laurent Fignon en los Campos Elíseos.
Aquel podio se cimentó en la victoria de aquella cronoescalada en Puy de Dome, con su compañero Perico marcando el segundo mejor tiempo. Un punto de inflexión en la historia del ciclismo español, una fiesta en el equipo Reynolds que no habría sido posible sin el papel en la sombra ejercido por Francis Lafarge. Fallecido en 2023, seguro que el francés y Arroyo recuerdan ahora, juntos allá arriba, la conversación de Lafarge con el gendarme el día antes de la cronoescalada.
En palabras de sus compañeros de ruta durante sus años de profesional, ‘El Gañán’ —como llamaban cariñosamente a Arroyo— siempre había estado perseguido por la mala suerte. “Tenía más motor que muchos de los que ganaron grandes vueltas y nunca pudo disfrutar de victorias de ese tipo como merecería”, reconoce su compañero y amigo Pedro Delgado.
Aquella Vuelta de 1982 le hizo daño (a algunos corredores les advirtieron de que no tomaran complementos alimenticios en la última semana y a otros no), “por la deslealtad de otros compañeros”, pero supo aceptar que le quitaran su triunfo en La Castellana. De lo que no pudo sobreponerse fue las fiebres de Malta que le estropearon su carrera. “Tardaron mucho en descubrir lo que tenía y desde entonces no volvió a tener las piernas que tenía”, reconoce Delgado.
Ángel Arroyo Lanchas será evocado por todos, dentro y fuera del mundo del ciclismo, como un tío valiente. Un hombre íntegro. Alguien que si te daba su palabra no caía en saco roto. Una persona agraciada con el don de la espontaneidad y el humor al que se le recordará siempre con una sonrisa dibujada en su cara, ya sea para apretar los dientes o para reírse a carcajadas.




