Manuel Recio Abad. Suite Información.- La corrida Magallánica de Sanlúcar nos recordó que la emoción comienza mucho antes de que el matador agarre el capote o la muleta.
Hay tardes de siete orejas que se olvidan pronto y otras en las que el número de trofeos es casi lo de menos.
La de ayer en Sanlúcar de Barrameda fue una de estas últimas.
Porque además de las faenas de Octavio Chacón, Pepe Moral y Daniel Crespo y por encima de la Puerta Grande compartida por los tres, hubo un protagonista con más de siglo y medio en la historia de la Tauromaquia: El hierro de Miura.
El toro volvió a ser toro. Con su volumen, sus dificultades, su trapío y su nobleza cuando la tuvo, sus incertidumbres y, especialmente, con algo que demasiadas veces echamos de menos en una plaza: un primer tercio con presencia en el caballo.
La VIII Corrida Magallánica recuperó durante algunos momentos una suerte de varas que parece empeñada en desaparecer de las plazas. Ver a los toros de Miura arrancándose de largo es todo un espectáculo por si solo. Hubo encuentros de verdad con caballos esperando y picadores realizando la suerte a la perfección, haciendo comprender al público para qué existe un picador en el ruedo. Esto no debería ser noticia, pero lo es .
Sanlúcar de Barrameda había engalanado nuevamente su plaza con esa mezcla tan suya de historia, mar y sal. La Magallánica ha conseguido construir una personalidad propia y eso, en tiempos de espectáculos cansinos, tiene muchísimo mérito.
Ayer tarde el decorado encontró contenido. Frente a los toreros había seis toros serios, cuajados, largos algunos de ellos, con el aire y la hechuras inconfundibles de una ganadería que no necesita presentación.
Octavio Chacón sabe perfectamente qué significa ponerse delante de un Miura y lo demostró. Su tarde fue un ejemplo de oficio, pero entendiendo oficio en su mejor sentido, como conocimiento del toro.
En su primero estuvo solvente, “Bolichero” de 636 Kg, negro mulato, nunca terminó de entregarse. Lo fue entendiendo poco a poco, buscando las distancias y aprovechando lo que tenía. La espada le impidió obtener premio. En su segundo, cuarto de la tarde apareció el torero. “Patillero”, número 32, un cárdeno oscuro de 599 Kg. salió del caballo con las fuerzas justas, lo que hizo que parte del público pidiera su devolución. Chacón comprendió algo que desde el tendido resulta complicado de apreciar: el Miura no necesitaba exigencias, sino tiempo, ir cuidándolo y metiéndolo con suavidad en la muleta, haciendo el toreo despacio, con tiempo, sin tirones ni toques innecesarios. Una gran faena de muleta bien construida, la que el toro permitía. Chacón toreó con temple, suavidad y técnica. Cuando el Miura amagaba con perder las manos, el torero disminuía la exigencia. Cuando encontraba recorrido, se lo prolongaba. Terminó convenciendo incluso a quienes minutos antes querían ver al toro camino de los corrales. Mató de una gran estocada. Dos orejas.

Pepe Moral protagonizó probablemente la actuación más rotunda de la tarde. Ya con su primero, “Mulero”, castaño bragado, de 607 Kg, dejó clara una disposición absoluta. El toro no regaló demasiado y Moral tuvo que ir construyendo una faena basada más en la autoridad que en la estética. Mató con enorme contundencia después de un pinchazo y paseó una oreja.
El quinto fue otra historia.
Por la puerta de chiqueros salió el número 25, “ Galipo”. Grande, serio y con una virtud que debería conservarse como patrimonio inmaterial de la lidia: acudió tres veces al caballo arrancándose de lejos. La plaza cambió. Cuando un toro bravo se arranca hacia el caballo desde la distancia ocurre algo que ninguna coreografía puede sustituir, aparece la incertidumbre y la emoción.
Moral entendió perfectamente lo que tenía delante. No quiso adornarlo ni inventar una embestida diferente. Una faena con mando, temple y ligazón. Mató de una soberbia estocada. Dos orejas más.
Tres en total y una tarde que debería servir para recordar a los empresarios que Pepe Moral tiene argumentos suficientes para ocupar muchos más carteles.
Daniel Crespo era quien más tenía que ganar y también quien más tenía que demostrar. Se enfrentaba por primera vez a una corrida de Miura y lo hizo sin complejos. Con su primero, tercero de la tarde, dejó naturales de notable profundidad y, sobre todo, una sensación muy importante en un torero que busca sitio: la de no sentirse invitado en una corrida que podía pesarle y no le pesó. Una oreja cortó de “Divorciado”, un colorao bragado de 590 kg.
El sexto era un toro imponente. Número 52, “ Buhonero” de 660 kg. Un tren. Largo, serio, con cuello, de esos que llenan la plaza de salida simplemente caminando. También acudió de largo al caballo y empujó con fuerza. Crespo decidió apostar. Comenzó la faena en los medios, queriendo dejar claro desde el principio que no había llegado hasta allí para sobrevivir después de su éxito en El Puerto. Hubo momentos de buen toreo y otros en los que el Miura exigió mayor gobierno. Pero jamás faltó la decisión. Otra oreja y salida a hombros junto a los compañeros de terna, Octavio Chacón con dos orejas al cuarto, Pepe Moral con tres, dos de ellas en su segundo.
Podría decirse que fue una tarde triunfal. Pero reducirla a siete orejas sería quedarse con la parte menos interesante. La bravura, la selección ganadera, la incertidumbre y una parte esencial de la historia del toreo se hicieron presentes.
Vivimos una época en la que muchas veces pretendemos proteger la Fiesta eliminando precisamente aquello que la hace distinta. Queremos que nada falle, que nada moleste, que el toro dure, que el espectáculo fluya y que la tarde termine convertida en una sucesión perfecta de faenas. Pero el toro bravo no nació para obedecer un guion. La corrida necesita incertidumbre. Necesita toros distintos y que sigan teniendo algo que decir. Ayer en Sanlúcar, Miura lo dijo y lo dijo muy alto.
Quizá por eso, cuando terminó la VIII Corrida Magallánica y tres toreros atravesaron a hombros la Puerta Grande, la imagen del triunfo no explicaba completamente lo que acabábamos de presenciar. En el ruedo quedaban las pisadas de seis Miuras.
Durante unas horas, en Sanlúcar de Barrameda, el toro había vuelto a ser toro.



