Xavi Altamirano. Suite Información.- No, no nos iba a gustar a todos el mensaje navideño de Su Majestad. Eso estaba claro.
Hace relativamente poco tiempo, en España aún se entendía la Monarquía tal y como se conocieron las desastrosas gestiones de las casas reales decimonónicas en Europa: con un poder casi absoluto, por encima de cualquier otro posicionamiento social. Tan poco tiempo ha pasado, que incluso cuando el Caudillo empezaba a señalar a su elegido, el príncipe Juan Carlos, como futuro jefe del Estado, los españolitos de a pie difícilmente podíamos imaginar que aquello fuera compatible con una democracia.
Entender el concepto de “Monarquía democrática” estaba muy lejos de encajar en las mentes pensantes de la época — y no sin razón —. Monarquía es Monarquía y democracia parece, en esencia, lo contrario. ¿Cómo íbamos a tragarnos eso? Pues con dificultad, mucha.
Pretender que Su Majestad Felipe VI utilice un mensaje navideño para atacar al poder Ejecutivo es, sencillamente, no querer enterarse. Pedirle peras al olmo sería más sencillo.
La Monarquía actual — esa que puede sobrevivir a esta torpe democracia, esa “menos mala” forma de gobernarnos — es algo muy distinto a la original. Hoy se trata de un aparato que nos permite presumir de historia y tradiciones, al tiempo que coloca a un profesional, presumiblemente muy formado, al frente de ese púlpito llamado Jefatura del Estado que utilizan las democracias modernas europeas.
Eso sí, dicho aparato estará siempre, en cualquier caso y circunstancia, bajo las órdenes directas del Ejecutivo emanado de las urnas. No podría ser de otra manera.
Presumir de historia y tradiciones en un país donde parte de la izquierda se aferra a una maldita “historia negra”, tergiversada interesadamente por los detractores de nuestro sistema monárquico, resulta complicado. Pedirles que se enorgullezcan de Colón, Cortés, Pizarro o Magallanes es pedir mucho más que peras al olmo. Y ese es, precisamente, el único enemigo frontal de este sistema en el que yo confío y que defiendo.
Este modelo de Jefatura del Estado nos permite situar al frente de nuestra imagen exterior a una figura especializada y formada en diplomacia, que, bajo el amparo de la Constitución, sobrevive al desastre que podría suponer un jefe del Estado nombrado por los gobiernos de turno. Basta con imaginar a Ábalos en el cargo. O quizá a Rufián. O, por qué no, al coletas …
Prefiero mil veces a Felipe VI recibiendo a visitantes oficiales que a Ábalos guiándolos de fiesta en fiesta por los Paradores Nacionales. Prefiero mil veces pensar que la Princesa que estamos formando continuará esa misión, a medio camino entre el protocolo y el márquetin institucional, que dejar la Jefatura del Estado en manos de minorías como moneda de cambio en acuerdos de investidura.
La Monarquía que yo defiendo no puede tener ningún poder ejecutivo; eso me haría bajarme del carro. Mi sentimiento monárquico está cogido con pinzas. Solo la quiero como defensa frente a las atrocidades que podrían cometer los gobiernos de turno con este instrumento.
Insisto: un instrumento, un aparato. Ya no es otra cosa.
VIVA EL REY, menos mal.


