Jerónimo Rosales. Suite Información.- Madrid es una ciudad barroca. No solo porque el corazón de la ciudad siga siendo, después de más de cuatro siglos, la Plaza Mayor, cuya configuración monumental debemos al arquitecto conquense Juan Gómez de Mora, ni porque conserve un buen número de construcciones de ese estilo dispersas por el Madrid de los Austrias, como la Basílica de San Miguel o la Casa de las Rejas, o, algo más alejado, el antiguo Hospicio de San Fernando, actual Museo de Historia de Madrid. Es barroca porque su nacimiento definitivo como capital, su transformación en centro de una monarquía universal y la formación de su primera gran identidad urbana tuvieron lugar durante los siglos en que aquel movimiento cultural estuvo vigente.
La exposición Teatro de grandeza. Arte, arquitectura y ciudad en el Madrid barroco, presentada el pasado lunes 19 de octubre, abierta al público desde el martes 20 y que permanecerá hasta el 17 de enero, nos propone un recorrido por aquella ciudad a través de sus pinturas, esculturas, planos y maquetas.

Madrid fue, durante los siglos XVII y XVIII, una ciudad en la que se representaba teatro, se organizaban fiestas, procesiones y romerías, pero también una ciudad donde el poder, la religión y la sociedad escenificaban teatralmente su lugar en el espacio urbano. Sin embargo, siendo todo ello importante, lo que hizo de Madrid una ciudad de alma barroca fue que aprendió entonces una manera de representarse a sí misma que, transformada por los siglos, todavía conserva.
El Barroco hizo de la representación uno de sus grandes problemas filosóficos. La
apariencia y la realidad, el personaje y la persona, el ser y el parecer, la verdad y el engaño recorren la literatura, la pintura y el pensamiento de una época que convirtió la existencia humana en un inmenso escenario.
En sus plazas se celebraban fiestas y ceremonias; en sus calles desfilaban procesiones y cortejos; en sus corrales se representaban comedias como La vida es sueño, de Calderón de la Barca, El perro del hortelano o El castigo sin venganza, de Lope de Vega. Y en sus celebraciones religiosas, autos sacramentales como El gran teatro del mundo convertían la propia existencia humana en una representación.

La Corte era un universo de apariencias, jerarquías y personajes que debían representar públicamente su condición. La ciudad entera participaba de aquel espectáculo, como escenario y como espectadora de sí misma.
No es casual que el Madrid de los Austrias llegara a representarse como una Nueva
Jerusalén, una ciudad llamada a encarnar simbólicamente el poder espiritual de la
Monarquía Católica. Calderón llevó esa concepción a la escena en El nuevo palacio del Retiro, donde la arquitectura cortesana del Buen Retiro se transforma alegóricamente en una imagen de la Jerusalén celestial. La ciudad real y la ciudad imaginada, el poder terrenal y el orden divino, se confundían en una misma representación.
El paso de los siglos modificó las instituciones, las costumbres y las creencias. La Ilustración encontró en un gran rey nacido en Madrid, Carlos III, al reformador que quiso ordenar aquella ciudad; el liberalismo transformó sus estructuras políticas y la modernidad alteró profundamente su fisonomía. Sin embargo, Madrid conservó algo de aquella primera personalidad: la calle como lugar de encuentro, la plaza como escenario,
la fiesta como expresión colectiva y la representación como una forma de hacer visible la vida social.
Resulta particularmente sugerente que, tras la restauración de la monarquía en 1975,
Madrid encontrara en Enrique Tierno Galván, alcalde desde 1979, a uno de los
protagonistas de su renovación cultural y ciudadana. Tierno, en una de esas maravillosas paradojas del tiempo que parecen surgidas de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, había dedicado buena parte de su vida intelectual al estudio del pensamiento político del Siglo de Oro. Su tesis doctoral versó sobre el tacitismo y sus trabajos posteriores examinaron el Barroco como una concepción del mundo. El mismo hombre que había estudiado aquella cultura terminó rigiendo la ciudad que había adquirido durante ella su identidad como capital, a golpe de bandos, como si
empuñara un martillo intelectual capaz de despertar el alma barroca de Madrid.
El Madrid de la Transición, con una monarquía parlamentaria que recuperaba la
representación institucional de la Corona, nos ofrecía otra maravillosa paradoja: un rey nacido en Roma y una reina nacida en Atenas llegaban a representar la institución
monárquica en aquella Madrid que el Siglo de Oro había imaginado como la Nueva
Jerusalén.

La ciudad volvía a representarse, aunque ahora sus protagonistas y sus argumentos fueran diferentes. Las calles y las plazas adquirían nuevos significados mediante la participación ciudadana, la cultura y la fiesta, en una Movida llena de vida, que aspiraba a dejar atrás el rencor y el odio.
Quizá Madrid nunca dejó de ser barroca. Quizá la sociedad actual simplemente se olvidó de mirar al pasado. Pero no para encontrar playas debajo de los adoquines, entre idealismos de algarada y ruido, sino para recuperar algo de aquella sabiduría que nos legó el Barroco: la vida como sueño, el mundo como teatro y la política como ejercicio de prudencia, esa que los tacitistas aprendieron de Tácito.
Porque Madrid no es únicamente una ciudad que contempla el espectáculo; es una ciudad que, hoy como ayer, invita a formar parte de él.
Por eso creo que esta exposición nos permite disfrutar de una experiencia que podemos degustar no con alma de visitante, sino de convidado. Propongo que no seamos nosotros quienes observemos las obras expuestas, sino que sean ellas las que nos observen. Que cuando el visitante se encuentre ante el magnífico lienzo que sirve de cartel a la exposición, Torneo y festejo en el Prado de San Jerónimo (1615), cedido para esta ocasión por los descendientes del embajador imperial Hans Khevenhüller, trate de verse a sí mismo en aquella escena, como un personaje más de esa fiesta.
Que, por un instante, deje de contemplar el retrato de Quevedo, de Juan van der Hamen y León, como el de un escritor famoso y lo mire como el de un vecino de aquel Madrid barroco del siglo XVII, con quien pudiera conversar sobre el poder y la vanidad, sobre las apariencias y la realidad.
Que sea el Madrid de entonces el que nos contemple a nosotros, y que nos preguntemos qué reconocerían aquellos madrileños en nuestra ciudad y qué reconoceríamos nosotros en la suya.
Porque hoy, más que nunca, en esta Europa que se nos cae a pedazos, es necesario recordar quiénes fuimos para comprender quiénes somos y poder seguir siéndolo.


