
Economista
Me gustan las catedrales. Las románicas como la de Santiago de Compostela me conmueven, las góticas de Sevilla, Oviedo, León y Burgos me encantan; el gótico italiano, mezclado con el Renacimiento en Florencia, Siena y Milán me extasía. Y las grandes catedrales andaluzas, renacentistas y barrocas, me abruman.
Está claro: me gustan las catedrales. Y aunque esta no lo sea pero podría serlo, no tengo palabras para definir la sensación que tuve la suerte de experimentar el pasado Lunes Santo en la Sagrada Familia, justo cuando la luz del sol poniente entraba con la inclinación que había imaginado Gaudí.
Quizá por eso me cuesta aceptar que uno de los grandes templos de España siga definido, sobre todo lo que tiene, por lo que le falta.
Hay edificios que definen una ciudad, pero las catedrales la explican, como magistralmente describió Ken Follett. Y la Catedral de Málaga pertenece a esta segunda categoría. No es solo un monumento: es una narración en piedra, una acumulación de intenciones, interrupciones y decisiones históricas que han terminado por convertirla en uno de los perfiles más reconocibles del sur de Europa. Y, sin embargo, esa narración está inacabada.
Porque la Catedral de Málaga —la Santa Iglesia Catedral Basílica de la Encarnación— no fue concebida como la vemos hoy. Surgida tras la conquista cristiana de la ciudad, comenzó su construcción en 1528 con la ambición de levantar un templo monumental que expresara el poder religioso, político y cultural del momento.
Durante más de dos siglos, arquitectos como Diego de Siloé, Diego de Vergara, canteros y artistas como Pedro de Mena trabajaron en una obra que fue evolucionando desde el gótico tardío hasta el pleno Renacimiento, incorporando después elementos barrocos.
Ese largo tiempo de ejecución explica su riqueza, pero también su interrupción. A finales del siglo XVIII, cuando el proyecto estaba avanzado, pero no concluido, las obras se paralizaron. Aunque las razones fueron diversas —principalmente técnicas y financieras—, me gusta quedarme con la leyenda popular de la financiación a los insurgentes americanos frente al poder británico. El resultado fue una catedral que hasta ahora no ha alcanzado su diseño completo.
Las cubiertas y las balaustradas nunca llegaron a ejecutarse, y la magnífica fachada principal de estilo renacentista con incorporación de elementos barrocos desarrollada por Antonio Ramos quedó inconclusa por la falta del frontón superior y de la torre que debía cerrarla por el sur.
De ahí nace su sobrenombre: La Manquita, que nunca me ha gustado. La torre norte se elevó hasta los 87 metros, mientras que la torre sur quedó inacabada, convertida en una ausencia permanente. Esa asimetría, que en origen fue un accidente, se transformó con el tiempo en símbolo. Málaga adoptó esa falta, la incorporó a su identidad y la convirtió en rasgo definitorio.
Pero conviene detenerse en una idea esencial: lo que hoy consideramos carácter fue, en su origen, interrupción. La Catedral no es manca por voluntad artística, sino por circunstancias históricas. No es una asimetría concebida como tal, sino una simetría detenida.
En los últimos años, sin embargo, algo ha comenzado a cambiar. Las intervenciones actuales en la Catedral —especialmente la construcción de la nueva cubierta a dos aguas, las balaustradas y el frontón de la fachada principal— han reabierto un debate que parecía dormido, el de si debe completarse el edificio.
Las obras actuales no son menores. La instalación de la nueva cubierta, con estructura moderna y miles de tejas cerámicas, y la construcción del frontón que cierra el hastial principal suponen, en la práctica, retomar una obra detenida hace más de dos siglos. No se trata solo de restaurar, sino de continuar.
Durante décadas, la intervención en el patrimonio histórico se ha regido por un principio conservador: mantener lo existente y evitar cualquier reconstrucción que pudiera alterar la autenticidad del monumento. Sin embargo, los criterios internacionales han evolucionado. Hoy no se trata solo de conservar, sino de intervenir con inteligencia, claridad y respeto, evitando la falsificación, pero permitiendo que la arquitectura siga viva.
En este contexto, la pregunta sobre la torre sur deja de ser extravagante para convertirse en razonable: si se está completando la cubierta y cerrando la fachada, ¿por qué no abordar también la parte más visible de su falta de terminación?
La respuesta no es sencilla. Hay un argumento poderoso en contra: la identidad. La Manquita forma parte del imaginario colectivo de Málaga. Su silueta incompleta es reconocible, querida y, para muchos, intocable. Levantar la torre sur podría interpretarse como una pérdida, una ruptura con una imagen que ha acompañado a generaciones.
Pero también existe un argumento fuerte a favor: la coherencia histórica. La Catedral fue proyectada con dos torres, y su estado actual no responde a una decisión estética consciente, sino a circunstancias ajenas al proyecto arquitectónico. En ese sentido, completarla no sería una traición, sino una restitución.
Sin embargo, el debate no puede plantearse en términos de terminar o no terminar sin matices. Hoy sabemos que reconstruir la torre sur imitando el barroco del siglo XVIII no sería la mejor solución. No existe documentación suficiente para hacerlo con rigor, y cualquier intento de imitación correría el riesgo de generar un falso histórico, algo incompatible con los principios actuales de conservación.
La alternativa, y aquí es donde el debate adquiere su dimensión contemporánea, es otra: completar la Catedral sin imitarla.
Esto implica asumir que la torre sur, si se construyera hoy, no debe ser una copia de lo que pudo haber sido, sino una intervención del siglo XXI que dialogue con el edificio existente. Una pieza que respete las proporciones, la escala y la materialidad esencial de la Catedral, pero que al mismo tiempo sea reconocible como una aportación contemporánea.
La idea no es nueva en el panorama internacional. La Sagrada Familia es el ejemplo vivo por excelencia de un templo secular que se completa en clave propia de su tiempo. En Berlín, la cúpula del Reichstag diseñada por Norman Foster transformó un edificio histórico en un símbolo moderno sin borrar su pasado.
En Coventry, la nueva catedral convive con las ruinas de la antigua, creando un diálogo entre memoria y presente. En múltiples proyectos europeos, la arquitectura contemporánea ha demostrado que puede intervenir en el patrimonio no para disfrazarse de historia, sino para continuarla.
Aplicado a Málaga, esto abre un camino sugerente. Una torre sur contemporánea podría recuperar el equilibrio de la fachada, restablecer la simetría urbana prevista en el proyecto original y, al mismo tiempo, convertirse en un nuevo símbolo de la ciudad.
Para ello, debería cumplir varias condiciones fundamentales. En primer lugar, respetar las proporciones de la torre norte: su altura, su volumetría y su presencia en la silueta urbana. En segundo lugar, emplear materiales que dialoguen con la Catedral —como la piedra caliza en su base— sin caer en la imitación decorativa. Y, en tercer lugar, introducir un lenguaje contemporáneo en sus partes superiores, utilizando soluciones más ligeras, como estructuras metálicas o elementos transparentes, que aporten una nueva lectura del conjunto.
Pero quizá el aspecto más interesante no sea solo formal, sino funcional. A diferencia de la torre norte, la torre sur podría concebirse como un espacio visitable. Un recorrido vertical con miradores, un centro de interpretación sobre la propia Catedral y su historia, un lugar desde el que observar la ciudad. Esta dimensión pública transformaría la intervención en algo más que un gesto arquitectónico: la convertiría en un activo urbano.
Naturalmente, un proyecto de esta magnitud no está exento de dificultades. Técnicamente podría ser viable gracias a los avances en ingeniería y monitorización estructural, pero su viabilidad social y política requiere un consenso amplio. Hablamos de una intervención en un Bien de Interés Cultural, sujeta a estrictos controles administrativos y a un escrutinio ciudadano intenso.
También está la cuestión económica. Una torre de estas características requerirá, con toda probabilidad, una inversión muy elevada. Sin embargo, planteada como proyecto de ciudad, con financiación mixta y retorno turístico y cultural, su impacto podría ir más allá del coste inicial.
El verdadero reto, en realidad, no es técnico ni económico. Es narrativo. Se trata de explicar a la ciudad por qué esta intervención no destruye su identidad, sino que la actualiza. De trasladar la idea de que Málaga no pierde «La Manquita», sino que decide conscientemente qué quiere hacer con ella.
Quizá la pregunta clave no sea si debemos tocar la Catedral, sino qué relato queremos construir en torno a ella. ¿Queremos mantenerla como símbolo de una interrupción, como una belleza incompleta que habla del pasado? ¿O queremos verla como una obra viva, capaz de incorporar el presente y proyectarse hacia el futuro?
La decisión no es trivial. Afecta a la forma en que Málaga se percibe a sí misma. Pero precisamente por eso merece ser debatida sin prejuicios.
Completar la torre sur no sería simplemente terminar una obra. Sería asumir que la historia no está cerrada, y que incluso los monumentos más antiguos pueden seguir escribiéndose. Pocas veces una generación tiene la oportunidad de decidir qué hacer con una obra concebida hace casi quinientos años e interrumpida hace más de dos siglos.


