Manuel Recio Abad. Suite Información.– Hay momentos en los que uno contempla determinadas decisiones de la Unión Europea y termina haciéndose una pregunta bastante sencilla: ¿pero ustedes creen que somos tontos?
Porque algo no cuadra. Durante años hemos construido en Europa, y especialmente en España, una agricultura sometida a una montaña creciente de normas, controles, obligaciones, costes laborales, exigencias ambientales, burocracia y restricciones. Cada una puede tener su explicación por separado, el problema aparece cuando las ponemos todas juntas y presentamos después la factura al mismo señor: el agricultor. Y después le decimos que compita. ¿Con quién? Pues, entre otros, con Marruecos.
La propia Comisión Europea explica que en 2012 entró en vigor una mayor liberalización del comercio de productos agrícolas entre la Unión Europea y Marruecos, y explica también algo particularmente significativo: Marruecos exporta fundamentalmente productos agrícolas sin transformar, especialmente tomates y otras frutas y hortalizas. Es decir, precisamente algunos de los productos que cultivamos magníficamente en España.
Los números son suficientemente expresivos. Según el Ministerio de Agricultura, en 2024 Marruecos suministró el 59% del valor de todas las importaciones españolas de frutos rojos, kiwi y caqui, el 84% de las legumbres frescas importadas y el 45% de determinadas hortalizas frescas, entre ellas pimientos, berenjenas y espárragos. Y los datos disponibles para marzo de 2025 mostraban aumentos interanuales muy importantes en algunas partidas procedentes de Marruecos: +44,8% en frutos rojos, kiwi y caqui, +43,3% en otras hortalizas frescas y +107,2% en tomates. Son datos de un mes y, por tanto, no deben confundirse con una tendencia anual completa, pero ayudan a comprender la dimensión de la cuestión.
Y entonces llega la pregunta incómoda: si queremos que el agricultor español sea competitivo, ¿por qué no empezamos por permitirle ser competitivo? ¿Por qué la solución tiene que consistir siempre en imponer una nueva obligación al que produce aquí? Señores: menos burocracia, menos costes improductivos, menos regulaciones innecesarias y más libertad para producir.
Hay, naturalmente, una línea roja: la salud. Ahí no cabe rebaja alguna. Los productos que llegan a nuestra mesa deben cumplir estrictamente los límites sanitarios europeos, procedan de Almería, Huelva, Murcia o Marruecos. La Comisión señala que los mismos límites máximos de residuos de pesticidas se aplican a los alimentos europeos y a los importados, pero reconoce al mismo tiempo que existen diferencias respecto a las sustancias que pueden utilizarse durante la producción y está trabajando para impedir que determinados pesticidas especialmente peligrosos prohibidos en Europa puedan regresar indirectamente a nuestro mercado mediante productos importados. Pues hágase, y contrólese, pero después permitamos producir.
Porque existe otra víctima de esta política de costes que algunas veces olvidamos: el consumidor. Ese ciudadano que entra en un supermercado con cincuenta euros y descubre que sale con una bolsa que cada vez parece más pequeña. Defender al agricultor español no debería consistir únicamente en encarecer el tomate marroquí, debería consistir también en conseguir que el agricultor español pueda producir un tomate barato y seguir ganándose dignamente la vida.
Y todavía queda otra cuestión. Marruecos mantiene una relación comercial privilegiada con la Unión Europea. Perfecto, pero los privilegios también deberían exigir reciprocidad. En mayo de 2021 ocurrió en Ceuta algo que conviene no olvidar. No hace falta exagerarlo ni ponerle adjetivos, el Parlamento Europeo lo hizo por nosotros: rechazó expresamente que Marruecos utilizara el control fronterizo, la migración y, particularmente, menores no acompañados como instrumento de presión política contra España, y recordó que Ceuta es frontera exterior de la Unión Europea.
Entonces, ¿a qué estamos jugando? Un acuerdo comercial no son las Tablas de la Ley, se negocia, se evalúa, se revisa y, si las circunstancias cambian, se vuelve a negociar. España debería exigir que se estudie seriamente el funcionamiento de los acuerdos agrícolas entre Marruecos y la Unión Europea, producto por producto, contingente por contingente, control por control.
No estoy proponiendo levantar un muro en el Estrecho, estoy hablando de reciprocidad. Si Marruecos quiere beneficiarse de una relación privilegiada con Europa, esa relación debe funcionar en las dos direcciones: cooperación comercial, sí, cooperación económica, también, pero respeto a las fronteras de los Estados miembros, cumplimiento de los compromisos y competencia equilibrada. Porque amistad no significa sumisión, cooperación no significa mirar hacia otro lado, y Europa tampoco puede pretender imponer al agricultor español una carrera de obstáculos para después preguntarse sorprendida por qué abandona el campo.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cómo hacemos más caro lo que viene de Marruecos y empezar a preguntarnos cómo hacemos más barato producir en España y, de paso, revisar unos acuerdos comerciales que fueron firmados en otras circunstancias y comprobar si siguen sirviendo a nuestros intereses.
Porque los españoles podemos ser pacientes, nuestros agricultores pueden aguantar mucho, pero hay una cosa que convendría que comprendieran tanto en Bruselas como al otro lado del Estrecho:
Que no somos tontos!!!!


