Manuel Recio Abad. Suite Información.– La Transición española fue, durante décadas, uno de los mayores motivos de orgullo colectivo de nuestra adolescente democracia. Tras cuarenta años de autocracia , España supo construir un sistema democrático basado en el acuerdo, la reconciliación y la firme y definitiva renuncia al enfrentamiento civil que había destruido el país en el siglo XX. Los de aquella generación entendimos algo esencial. Ninguna nación puede prosperar si vive permanentemente instalada en el odio, la revancha y la división.
Los principios que inspiraron la Transición eran muy claros: respeto institucional, separación de poderes, pluralismo político, libertad económica, convivencia territorial y un profundo sentido de Estado. No se trataba de imponer una ideología sobre otras, sino de construir un espacio común donde conviviesen todos los españoles, pensaran como pensaran. La Constitución de 1978 no fue perfecta, pero sí extraordinariamente generosa, fruto del acuerdo y no de la imposición.
Sin embargo, casi cincuenta años después, muchos ciudadanos estupefactos contemplan con preocupación cómo aquellos pilares parecen haberse ido debilitando progresivamente. La corrupción instalada en los órganos de poder hace que España atraviese una evidente crisis de confianza institucional. La sensación de deterioro democrático ya no pertenece únicamente a determinados sectores ideológicos. Se ha extendido entre familias, trabajadores, autónomos, empresarios y profesionales que perciben un país cada vez más dividido, pervertido, burocratizado y alejado de los problemas reales de la sociedad y de sus soluciones.
Como consecuencia de todo ello, la política española ha pasado del espíritu de concordia a un enfrentamiento permanente. El adversario político ya no es un rival legítimo, sino un enemigo al que hay que destruir. El debate público se ha degradado hasta niveles preocupantes, dominado por la propaganda, el insulto y la manipulación emocional. La moderación ha dejado de ser una virtud para convertirse en una sospecha.
La acción corrupta de determinados políticos ha conseguido que multitud de instituciones hayan ido perdiendo prestigio y credibilidad. La percepción de control político de organismos que deberían ser independientes, desde órganos judiciales hasta instituciones reguladoras, ha provocado una creciente desconfianza ciudadana. Cuando los españoles empiezan a dudar de la neutralidad de las instituciones, la democracia se resiente profundamente.
Pero quizá donde más claramente se percibe esta situación es en la vida cotidiana de las familias y las empresas. España se ha convertido en un país asfixiado por la burocracia, la inseguridad jurídica y la presión fiscal. Emprender resulta cada vez más difícil. Crear empleo parece, en ocasiones, una actividad sospechosa en lugar de una contribución esencial al bienestar de la sociedad. El empresario es presentado demasiadas veces como un problema y no como parte de la solución.
Las pequeñas y medianas empresas, auténtico motor económico nacional, soportan cargas administrativas desproporcionadas, normativas cambiantes y un clima de incertidumbre permanente. A ello se suma un modelo político excesivamente centrado en el corto plazo electoral, incapaz de ofrecer estabilidad ni proyectos nacionales de largo recorrido.
Las familias ven cómo se deteriora su capacidad adquisitiva. Acceder a una vivienda se ha convertido en una misión casi imposible para los jóvenes. Mientras observan cómo los servicios públicos muestran signos evidentes de agotamiento pese al incremento constante de la presión tributaria. Muchos ciudadanos sienten que pagan más que nunca recibiendo cada vez menos.
A esta situación se añade un fenómeno especialmente preocupante: el crecimiento del miedo social a expresar determinadas opiniones. Una democracia sana necesita ciudadanos libres que puedan debatir sin temor a ser señalados,o estigmatizados. Cuando el miedo sustituye al diálogo, la democracia empieza a quedarse vacía por dentro.
España no necesita menos democracia, sino una de mejor calidad. Recuperar el espíritu de la Transición no significa volver al pasado ni idealizar aquella etapa. Significa rescatar los valores que permitieron construir una convivencia ejemplar: respeto, moderación, cultura del pacto y sentido de Estado.
Para ello es necesario contar con políticos amateur, no profesionales de la política, con experiencia, ejemplares y que entiendan que ninguna sociedad puede progresar cuando sus dirigentes viven instalados en la confrontación y el egoísmo permanente.
Estamos aún a tiempo de corregir esta deriva. Es probable que la respuesta dependa menos de los partidos políticos y más de la propia sociedad civil, de empresarios que sigan creando riqueza pese a las dificultades, de familias que sigan transmitiendo a sus hijos y Nietos el valor del esfuerzo y la responsabilidad, de ciudadanos que exijan instituciones fuertes e independientes y de una mayoría silenciosa que empieza a estar cansada de la división, el enfrentamiento, la corrupción y de una sensación insoportable de decadencia.
La Transición fue posible porque los españoles entendimos que había algo más importante que vencer al adversario. Había que construir un país, un marco viable para la convivencia.000. El gran desafío actual es precisamente recordar esa lección.


