Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay orejas que se cortan y orejas que se discuten, y luego están aquellas que, además de cortarse y discutirse, obligan a preguntarse qué es exactamente lo que premia una plaza de toros. La tercera oreja que Pablo Aguado cortó en la Real Maestranza pertenece a esta última categoría. Gabriel Fernández Rey, presidente del festejo, sacó el pañuelo blanco después de que Aguado hubiera marrado varios intentos con el descabello para acabar con el sexto toro de Jandilla, que no dio facilidad alguna para ello, y casi inmediatamente comenzó la discusión: ¿debía concederse aquella oreja?, ¿puede abrirse la Puerta del Príncipe después de varios fallos con el descabello? Tengo mis razones para pensar que sí.
Pero para entender aquella oreja no podemos empezar por el descabello, hay que empezar por el principio. Pablo Aguado había construido dos monumentos al toreo. No una faena extraordinaria y otra suficiente para completar las tres orejas, sino dos faenas de enorme dimensión, distintas pero nacidas de una misma concepción, esa forma sevillana de hacer extraordinario lo que parece sencillo, de mandar sin violencia, de templar sin afectación, de convertir la naturalidad en belleza. Al tercero lo toreó con una despaciosidad difícil de explicar, con esa aparente facilidad que solamente poseen los elegidos, la plaza terminó entregada, Aguado mató de una estocada y las dos orejas fueron al esportón. Pero quedaba el sexto y Aguado salió sabiendo que necesitaba una oreja para volver a atravesar la Puerta del Príncipe. Podía administrar el triunfo, pero no lo hizo, salió a buscarla y volvió a torear, quizá incluso mejor.
Hubo momentos en los que toro, torero, música y plaza parecieron formar parte de una misma cosa. La Maestranza estaba entregada porque sabía que estaba contemplando algo excepcional, y llegó entonces la hora de matar. Aquí está, a mi juicio, una de las claves fundamentales de toda esta polémica: Pablo Aguado no pinchó, ni dejó media espada, ni estropeó la faena ejecutando defectuosamente la suerte suprema, entró a matar y dejó una gran estocada. Si aquel toro se hubiese echado después de recibirla, dos orejas más habrían ido camino del esportón sin ningún género de dudas. Nadie estaría hoy discutiendo nada, Aguado habría sumado cuatro orejas y habría atravesado la Puerta del Príncipe entre el clamor de Sevilla.
Pero el toro no se echó, hubo que tomar el descabello y Aguado marró varios intentos ante un animal que tampoco dio facilidad alguna para ejecutar la suerte. Los fallos existieron y nadie pretende borrarlos, pero una cosa es estropear con la espada una gran faena y otra muy distinta ejecutar correctamente la suerte de matar, dejar una gran estocada y encontrarse después con que el toro permanece en pie y obliga a utilizar el verduguillo. Esa diferencia no es pequeña, es esencial. Hasta aquel momento la faena era de dos orejas y los fallos con el descabello la penalizaron. Dos orejas se convirtieron en una. No parece precisamente un regalo.
Y entonces llegamos al Reglamento. Se ha repetido que después de tres descabellos no se puede conceder una oreja en Sevilla, pero conviene distinguir entre la tradición, el criterio particular de cada aficionado y lo que realmente establece la norma. El Reglamento Taurino de Andalucía dispone que la primera oreja será concedida por la presidencia cuando exista petición mayoritaria y notoria del público. No existe una regla matemática según la cual un determinado número de descabellos haga desaparecer automáticamente la primera oreja. El toreo no es una hoja de cálculo. Y aquella tarde la petición existió, fue suficientemente clara para que el presidente la apreciara y, además, llegaba después de una faena cuya dimensión nadie podía desconocer.
Conviene detenerse también en quién ocupaba el palco. Gabriel Fernández Rey es un gran presidente, un hombre con muchísima experiencia en una de las plazas más difíciles y comprometidas del mundo y que, a lo largo de una extensa trayectoria, ha demostrado ser justo, equilibrado y nada pródigo a la hora de conceder trofeos. Por ese palco han pasado grandes faenas que no terminaron en oreja, Fernández Rey ha dicho muchas veces que no cuando ha entendido que debía decir que no, ha soportado protestas, ha mantenido sus decisiones y ha demostrado sobradamente que no necesita congraciarse con nadie. No es un presidente que regale nada y, precisamente por eso, su decisión tiene todavía más valor. Quien quiera discutir aquella oreja puede hacerlo, naturalmente, esto es el toreo y probablemente no existiría la Fiesta sin discusión, pero resulta difícil presentar aquel pañuelo blanco como el producto de un arrebato de benevolencia. Fernández Rey sabía perfectamente lo que hacía y sabía también ante qué público lo hacía.
Porque tampoco estamos hablando de una plaza cualquiera, estamos hablando de Sevilla. En los tendidos de la Real Maestranza se sienta una afición formada durante generaciones, aficionados de toda una vida, familias vinculadas al toro, toreros, ganaderos, profesionales, gente que alguna vez se ha puesto delante de una becerra y sabe lo que significa aquello, personas que han visto cientos de corridas y que distinguen perfectamente una faena importante de una simple sucesión de pases. Naturalmente, en una plaza llena hay de todo, turistas, espectadores ocasionales, aficionados recientes y personas con muy distintos grados de conocimiento, como debe ser además, porque una Fiesta que no incorpore nuevos públicos está condenada a empequeñecerse, pero cuando una Maestranza abarrotada se pone en pie y pide mayoritariamente una oreja conviene pensárselo mucho antes de despachar aquella petición como el capricho de un público triunfalista. Sevilla sabía lo que estaba viendo y Gabriel Fernández Rey sabía a quién estaba escuchando.
Y no estaban solamente quienes llenaban los tendidos. La corrida se retransmitía en abierto por Canal Sur y, aunque al escribir estas líneas no dispongamos todavía de la audiencia definitiva de aquella emisión, las retransmisiones taurinas de la cadena reúnen a cientos de miles de espectadores. Había, por tanto, otra inmensa plaza detrás de las pantallas, aficionados de toda la vida, pero también jóvenes, espectadores ocasionales y personas que quizá estaban descubriendo a Pablo Aguado aquella misma tarde. Todos vieron los descabellos, por supuesto, pero todos habían visto antes dos faenas de antología. Reducir todo aquello a los segundos finales sería contar solamente una pequeña parte de lo sucedido.
Y aquí aparece otra cuestión que me parece fundamental para el futuro de la Fiesta: construir afición. Construir afición es también hacer lo que hizo el presidente de la corrida. No se construye afición convirtiendo el palco en una notaría fría donde se suman aciertos y se descuentan descabellos como quien liquida una cuenta, se construye respetando escrupulosamente el Reglamento, pero también comprendiendo lo que está ocurriendo en el ruedo, sintiendo la temperatura de una plaza y sabiendo distinguir entre la benevolencia y la sensibilidad. Rigor no significa insensibilidad y exigencia no significa negar sistemáticamente aquello que el público ha pedido y el torero se ha ganado.
Gabriel Fernández Rey tenía que decidir en unos segundos. Podía refugiarse en la severidad, contar los descabellos y negar el trofeo, y probablemente nadie le habría reprochado falta de rigor. Era, incluso, la decisión más cómoda. Pero había visto lo mismo que Sevilla, dos monumentos al toreo, había visto una gran estocada que, de haberse echado el toro, habría llevado dos orejas más a las manos de Aguado sin ningún género de dudas, había visto cómo después los fallos con el descabello reducían aquel premio de dos orejas a una y, finalmente, tenía delante una plaza puesta en pie reclamando el trofeo.
Sacó el pañuelo y, en mi opinión, acertó. Construir afición no consiste en regalar orejas, consiste en saber cuándo una oreja no es un regalo. Después de todo lo que Pablo Aguado había hecho aquella tarde, Gabriel Fernández Rey no podía negar la Puerta del Príncipe a quien se la había ganado a pulso.
No se la regaló el presidente. Se la había ganado Pablo Aguado.


