

Fernando Villena Madrid. Suite Información.– Hay quien quiere la independencia porque cree que Cataluña funcionaría mejor como Estado. Es una posición discutible, pero perfectamente respetable.
Y luego está esa otra versión del independentismo que parece impulsada por una convicción mucho más profunda: la tragedia histórica de verse obligado a compartir país con gente que no está a su altura.
Porque para algunos independentistas el problema nunca ha sido España. El problema han sido los españoles. Esos «españolitos» que aparecen una y otra vez en el imaginario del nacionalismo más soberbio como una mezcla de atraso, vulgaridad, ignorancia y molesta resistencia a reconocer la evidente superioridad de sus vecinos.
El independentismo empezó prometiendo una república. Por el camino, algunos acabaron construyendo algo mucho más ambicioso: una aristocracia moral imaginaria.
En ella, los catalanes independentistas son más europeos que los europeos, más demócratas que los demócratas, más progresistas que los progresistas y, por supuesto, infinitamente más sofisticados que esos españoles que todavía no han comprendido la enorme suerte que supone recibir lecciones constantes desde Barcelona.
Todo es superior. La gestión. La cultura. La sensibilidad. La gastronomía. La educación. La capacidad de diálogo. Incluso los silencios parecen más elegantes.
Si uno escucha determinados discursos durante suficiente tiempo, acaba llegando a una conclusión inquietante: Cataluña no estaría separándose de España por razones políticas. Estaría protagonizando una operación de rescate civilizatorio.
La escena más reveladora de esta mentalidad quizá fue aquella en la que algunos representantes nacionalistas decidieron dirigirse al Papa en inglés durante un acto en Madrid mientras reclamaban que hablara catalán en Barcelona.
Una obra maestra del simbolismo político.
Al parecer, la lengua común de decenas de millones de personas resultaba demasiado española para determinadas ocasiones, pero una lengua extranjera era perfectamente aceptable si servía para marcar distancias. El español podía desaparecer sin problema. Lo importante no era comunicarse. Lo importante era que quedara claro que no se era como los demás.
Imaginen la escena.
—Santidad, vamos a hablarle en inglés para que vea lo distintos que somos.
—Perfecto.
—Y cuando venga a Barcelona, recuerde que debe hablar catalán.
—Entendido.
—No porque se trate de cortesía lingüística.
—¿Ah, no?
—No. Porque necesitamos que el universo entero participe en nuestra representación permanente de la diferencia.
Hay algo casi entrañable en todo ello. Una necesidad constante de reafirmación. Una obsesión por demostrar singularidad incluso cuando nadie la discute. Una incapacidad para sentirse cómodo sin recordar cada cinco minutos que Cataluña no es España, que los catalanes no son los españoles y que, por supuesto, unos poseen ciertas virtudes que los otros parecen incapaces de alcanzar.
La ironía es que quienes denuncian estereotipos suelen vivir rodeados de ellos. Hablan contra los prejuicios mientras repiten caricaturas sobre España. Exigen respeto mientras reparten desprecio. Reclaman pluralidad mientras sospechan de cualquiera que no participe de su entusiasmo nacional.
Y así, poco a poco, una aspiración política legítima acaba transformándose en algo bastante menos noble: una exhibición permanente de superioridad moral.
Quizá por eso una parte del independentismo genera tanta fatiga fuera de sus círculos más fieles. No porque quiera separarse, sino porque parece empeñada en explicar que la separación es necesaria debido a una insoportable evidencia: que ellos son más inteligentes, más modernos, más refinados y más virtuosos que el resto.
La pregunta es si de verdad se sienten tan superiores o si necesitan repetirlo constantemente porque, en el fondo, ni ellos mismos terminan de creérselo.


