
Fernando Villena Madrid. Suite Información.- Hay momentos que desnudan una realidad que durante años se ha intentado ocultar bajo discursos institucionales y declaraciones grandilocuentes. Lo sucedido recientemente en la frontera de Ceuta —y, aunque con menor intensidad, también en Melilla— vuelve a poner sobre la mesa una incómoda verdad: la Unión Europea habla de unidad, pero actúa con demasiada frecuencia como una suma de intereses nacionales.
Ceuta no es únicamente una ciudad española. Es la frontera sur de España, sí, pero también es la frontera sur de Europa. Quien intenta acceder irregularmente por esa puerta no está entrando exclusivamente en territorio español; está intentando acceder al espacio Schengen y, por tanto, al conjunto de la Unión Europea.
Sin embargo, cuando llegan las dificultades, la solidaridad europea parece evaporarse.
En lugar de asumir colectivamente la responsabilidad de proteger una frontera común, algunos socios comunitarios optan por señalar con el dedo a España, insinuando que la vigilancia es insuficiente o que los controles deberían ser más eficaces. Resulta una crítica tan cómoda como injusta.
Porque la pregunta es inevitable: ¿de quién es realmente esa frontera?
Si es la frontera de todos, también debería ser responsabilidad de todos. Si Europa presume de tener un mercado único, una moneda común para buena parte de sus miembros y un espacio de libre circulación, resulta incoherente que la protección de sus límites exteriores recaiga casi exclusivamente sobre los países que, por pura geografía, tienen la fortuna —o la carga— de encontrarse en primera línea.
España no puede convertirse permanentemente en el guardián solitario de Europa mientras otros observan desde la distancia y se limitan a emitir informes, recomendaciones o reproches.
Pero tampoco la respuesta del Gobierno español ayuda a reforzar esa idea de unidad europea.
Ante determinadas críticas procedentes de Bruselas, la reacción oficial ha consistido en recordar que Ceuta y Melilla no deben quedar fuera del espacio Schengen. Una respuesta que, aunque pueda entenderse desde el punto de vista diplomático, transmite una sensación preocupante: parece que España habla de sus ciudades autónomas como si fueran un asunto exclusivamente nacional, cuando debería estar exigiendo que Europa las defienda como propias.
El mensaje tendría que haber sido muy distinto.
No se trata de pedir que no nos expulsen de Schengen, como si fuésemos un invitado incómodo. Se trata de recordar que Schengen también empieza en Ceuta y en Melilla. Que cada agente de la Guardia Civil, de la Policía Nacional o de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que vigila esas fronteras está defendiendo igualmente la seguridad de París, Berlín, Roma, Ámsterdam o Varsovia.
La respuesta frente a cualquier presión exterior no debería ser exclusivamente española. Tendría que ser europea.
Y ahí aparece otra realidad incómoda.
Europa suele responder con una sola voz cuando se trata de imponer sanciones económicas, regular emisiones contaminantes o aprobar complejas directivas administrativas. Pero cuando una de sus fronteras exteriores sufre presión migratoria o tensiones diplomáticas con un tercer país, esa supuesta unidad desaparece con sorprendente rapidez.
Entonces resurgen las fronteras nacionales, los intereses particulares y el conocido «arréglatelas como puedas».
Ese doble rasero termina alimentando una creciente desafección hacia el proyecto europeo. No porque los ciudadanos rechacen la idea de Europa, sino porque empiezan a percibir que esa Europa solo funciona plenamente cuando conviene a los intereses de las grandes capitales del continente.
La solidaridad no puede ser un concepto selectivo.
Si Ceuta pertenece a Europa cuando hay que contabilizar estadísticas de inmigración o aplicar normativa comunitaria, también debe pertenecer a Europa cuando llega el momento de asumir responsabilidades políticas, diplomáticas y económicas.
No puede existir una Europa de los derechos compartidos y otra de las obligaciones individuales.
La verdadera fortaleza de la Unión no se mide en tratados ni en discursos institucionales. Se mide en su capacidad para actuar como un bloque cuando uno de sus miembros afronta una situación que afecta al conjunto.
Y eso, desgraciadamente, es precisamente lo que no estamos viendo.
Ceuta y Melilla no necesitan compasión ni declaraciones de circunstancia. Necesitan que Europa deje de tratarlas como un problema español y empiece a considerarlas lo que realmente son: la puerta sur de todo un continente.
Porque si esa puerta solo es europea cuando interesa, entonces quizá el problema no esté en Ceuta.
Quizá el problema sea que la tan proclamada unidad europea existe mucho más en los documentos oficiales que en la realidad.
Y cuando una unión solo funciona sobre el papel, deja de ser una unión para convertirse en una simple asociación de conveniencia.



