
Fernando Villena Madrid. Suite Información.– Hay algo casi admirable en la capacidad del PSOE para complicarse la vida cuando el contexto ya venía cuesta arriba. No es fácil, pero lo logran. Y su última jugada en Andalucía merece, como mínimo, un reconocimiento a la coherencia: si algo puede salir mal, adelante con ello.
La decisión de colocar a una vicepresidenta y ministra como cabeza de lista suena menos a estrategia electoral y más a demostración de poder interno. Una especie de “aquí se hace lo que dice Madrid”, aunque eso implique pasar por encima de cuadros locales, militantes y cualquier atisbo de sensibilidad territorial. Total, ¿qué podrían saber los andaluces sobre Andalucía?
El movimiento tiene ese aroma clásico de los despachos donde se confunde visibilidad mediática con arraigo político. Porque sí, una figura nacional garantiza titulares, pero no necesariamente votos. Y menos cuando el electorado ya viene mostrando signos evidentes de fatiga.
Luego están las encuestas. Esas pequeñas molestias estadísticas que llevan tiempo señalando que el PSOE atraviesa en Andalucía uno de sus momentos más delicados. No hablamos de un bache pasajero, sino de la posibilidad real de firmar resultados que inviten más al análisis forense que a la celebración electoral.
En ese contexto, la elección de una candidata con escasa conexión directa con el territorio parece un ejercicio de optimismo… o de desconexión. Porque, por si fuera poco, su trayectoria reciente viene acompañada de decisiones políticas que han generado desgaste en amplios sectores del electorado, especialmente aquellas interpretadas como concesiones a Cataluña. Un tema que, simplificado o no, ha calado con fuerza en el debate público.
Así que el cuadro es completo: bases ignoradas, electorado frío y una apuesta que parece diseñada para reforzar las críticas en lugar de desactivarlas. Todo ello envuelto en una narrativa oficial que probablemente hablará de “fortaleza”, “liderazgo” y “proyecto común”, términos que en ocasiones sirven más para adornar que para explicar.
Tal vez la dirección del PSOE confíe en un efecto sorpresa. O en que la política, como la vida, dé giros inesperados. Pero a día de hoy, la sensación dominante no es la de una jugada maestra, sino la de un salto al vacío con la esperanza de que el suelo cambie de opinión antes del impacto.
Y eso, en campaña electoral, no suele ser una estrategia. Suele ser un síntoma.


