Manuel Recio Abad. Suite Información.– Vivimos una época fascinante pero a la vez inquietante. Hace apenas unas décadas discutíamos sobre la objetividad de los medios de comunicación. Después llegaron la telefonía móvil, las redes sociales gratuitas al por mayor y así descubrimos que los algoritmos podían decidir qué noticias leía cada ciudadano. Ahora hemos entrado en una nueva dimensión: la de la inteligencia artificial, que es muy capaz no sólo de seleccionar la información, sino también de crearla.
El viejo aforismo de Campoamor decía que «nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira». Durante generaciones interpretamos esos versos como una reflexión sobre la subjetividad humana. Hoy, sin embargo, el cristal ha dejado de ser una metáfora. Ahora no es un cristal sino un algoritmo.
Cada vez que preguntamos a una inteligencia artificial estamos mirando el mundo a través de un cristal diferente. Y ese cristal no es neutro.
La IA no miente deliberadamente, al contrario que la UE, ni pretende manipularte, pero sí responde conforme a los datos con los que ha sido entrenada, a los criterios de diseño de sus creadores y a las limitaciones que le han sido impuestas.
Dependiendo de la calidad del prompts, la respuesta que ofrece puede ser técnicamente impecable y, sin embargo, estar incompleta. Puede ser rigurosa y, al mismo tiempo, omitir matices esenciales. Puede sonar absolutamente convincente sin ser plenamente cierta.
Ese es el gran desafío de nuestro tiempo. La humanidad siempre ha aprendido a convivir con el error. Lo verdaderamente nuevo y peligroso es que ahora convivimos con la apariencia de certeza.
La inteligencia artificial escribe con elegancia, cercanía, argumentando con lógica y respondiendo con una rapidez asombrosa. Lo hace, además, con una seguridad que pocas personas poseen. Y precisamente ahí reside el riesgo. Tendemos a confundir la calidad del dicho con la calidad del pensamiento. Como si una respuesta impecablemente redactada fuera necesariamente verdadera.
Nunca había resultado tan sencillo fabricar una fotografía inexistente, un vídeo que jamás ocurrió, una voz que nunca habló o un documento que parece auténtico sin serlo. La frontera entre lo real y lo verosímil ha comenzado a difuminarse.
Pero el verdadero problema no está en la tecnología. La imprenta permitió difundir obras maestras junto a auténticos panfletos. La televisión acercó la cultura y también la maldita propaganda. Internet democratizó el conocimiento pero abrió igualmente la puerta a la más abyecta desinformación. Ninguna herramienta es moral o inmoral por sí misma. Todo depende del uso que hagamos de ella y la inteligencia artificial no constituye una excepción.
Cometemos un gran error demonizándola , pero también convirtiéndola en un nuevo oráculo infalible. 000. Quien utiliza la inteligencia artificial como sustituto de su criterio y de su cerebro terminará pensando menos. Quien la emplea como un complemento de la propia inteligencia pensará mejor.
La diferencia parece pequeña, pero va a crear dos modelos de sociedad. En uno, el ser humano delega sus decisiones a la máquina. En el otro, utiliza la máquina para tomar decisiones más informadas sin renunciar jamás a su libertad intelectual. Quizá el verdadero patrimonio que debamos proteger durante las próximas décadas no sea únicamente la privacidad de nuestros datos, sino la independencia de nuestro criterio y de nuestro pensamiento.
Una democracia puede soportar la discrepancia. Lo que difícilmente soporta es la desaparición del espíritu crítico. Cada ciudadano tendrá acceso a varias inteligencias artificiales. Algunas responderán de una manera y otras ofrecerán matices distintos. Unas serán más prudentes, otras más creativas, otras más técnicas, pero todas parecerán…..razonables.
Entonces comprenderemos que la pregunta decisiva ya no será «¿qué nos dice la inteligencia artificial?». La pregunta importante será «¿por qué dice eso?» y sobre todo, «¿soy capaz de contrastarlo?».
Quizá estemos asistiendo al nacimiento de una nueva cultura y una nueva alfabetización. Durante siglos aprendimos a leer y a escribir y ahora en este siglo XXI vamos a tener que aprender también a interpretar a las máquinas, desconfiando de ellas cuando así sea necesario, verificando su información antes de compartir, distinguiendo entre información, opinión y simulación.
La inteligencia artificial cambiará la economía, la medicina, la ingeniería, la educación y hasta el Derecho. Transformará prácticamente todas las profesiones. Nos hará más rápidos, más productivos y, mucho más eficientes.
Pero existe una tarea que seguirá siendo exclusivamente humana: la búsqueda honesta de la verdad, porque la verdad nunca ha sido una respuesta automática. Siempre ha exigido reflexión, contraste, experiencia y ….humildad. Ningún algoritmo puede sustituir la conciencia. Ninguna base de datos puede reemplazar el juicio moral. Ninguna máquina puede asumir la responsabilidad de decidir qué es justo.
Por eso, quizás haya llegado el momento de actualizar a Campoamor: Nada es verdad ni es mentira; todo es según el color de la IA con que se mira y precisamente por eso, cuanto más inteligentes sean las máquinas, más inteligentes tendremos que ser nosotros.


