Manuel Recio Abad. Suite Información.– Hay barcos que se hunden por culpa del temporal y otros que acaban haciendo aguas porque nadie se atreve a abandonar el puente. Lo extraordinario del nuestro es que cada marinero asegura que el capitán navega sin cartas, que el timón chirría, que las bodegas se inundan y que la brújula parece averiada. Lo repiten delante de los micrófonos, en las ruedas de prensa, en los pasillos del Congreso y hasta en las tertulias donde se administra la indignación a plazo fijo.
Pero llegando la hora de la verdad, cuando suena la campana de las votaciones, ocurre el prodigio: todos siguen a bordo.
No hay motín. No hay abandono, no hay ruptura, solo….mareo.
Vivimos una época fascinante en la que las palabras han dejado de ser compromisos para convertirse en utilidad. Se utilizan como los decorados de un teatro, levantándose para la función y desmontándose en cuanto cae el telón.
Las líneas rojas ya no delimitan nada; son como la pintura al agua. Las advertencias duran exactamente lo que tarda en llegar la siguiente negociación y los principios parecen escritos con tinta simpática , pues desaparecen cuando el calor del poder se aproxima demasiado.
La política democrática necesita y vive de pactos. Siempre los ha necesitado. Gobernar un país plural exige dialogar, ceder y alcanzar acuerdos. Esa no es la anomalía. La anomalía comienza cuando la retórica de la ruptura convive, sin el menor rubor, con la práctica cotidiana del respaldo. Cuando se denuncia con una mano lo que se sostiene con la otra.
Entonces la política deja de parecer convicción para ser escenografía.
El ciudadano contempla la representación con una mezcla de desconcierto y resignación. Escucha discursos inflamados que prometen un antes y un después, un punto de inflexión, un “hasta aquí hemos llegado”. Sin embargo, al final de cada capítulo se descubre que el guion apenas ha cambiado. Los protagonistas siguen siendo los mismos y el desenlace vuelve a repetirse con la puntualidad de un reloj suizo.
Quizá el daño más profundo no sea institucional, ni económico, ni siquiera parlamentario. Es moral. Porque la confianza pública no se pierde de golpe; se desgasta lentamente, como una cuerda sometida a una tensión constante. Cada contradicción añade un hilo menos. Cada promesa incumplida afloja un nudo. Y llega un día en que los ciudadanos dejan de indignarse. Lo cual es mucho peor pues dejan de creer.
España necesita estabilidad, sí. Pero también necesita coherencia. Las democracias maduras no se sostienen únicamente sobre mayorías parlamentarias; descansan sobre algo más frágil y mucho más valioso: la credibilidad de quienes las representan.
Quien considere que este Gobierno merece seguir gobernando tiene perfecto derecho a apoyarlo. Que lo diga y lo explique. Que lo defienda si hay capacidad para ello. Eso se llama asumir una responsabilidad política. Lo difícil de comprender es otra cosa, convertir la crítica en rutina y el apoyo en costumbre. Hacer oposición desde el Consejo de Ministros o desde los escaños que garantizan la continuidad del Ejecutivo constituye un ejercicio de equilibrismo o de cinismo que quizá deslumbre a los estrategas, pero difícilmente convence a los ciudadanos.
Al final, la metáfora del barco deja de ser una metáfora para convertirse en un diagnóstico.
Hay quien protesta por el rumbo y hay quien cuestiona al capitán. Otros anuncian cada semana que el viaje es insostenible. 000. Y, sin embargo, cuando llega el momento de acercarse a la borda y demostrar que las palabras pesan más que los intereses, nadie salta al agua.
Todos se marean pero ninguno se baja del barco.
Es posible que esa sea la mejor definición de una época en la que el poder ha aprendido que la indignación hace mucho ruido… siempre que no obligue a auténticos macarras a renunciar al asiento en cubierta.


