Manuel Recio Abad. Suite Información.- Cuando un torero veterano se ajusta la taleguilla delante del espejo de la habitación del hotel, no necesita contar los años que han pasado. Los llevan escritos las cicatrices, las cornadas, las madrugadas de carretera, las plazas recorridas y los compañeros que ya no están. El espejo le devuelve un rostro más surcado, unas manos menos impacientes y una mirada infinitamente más serena. Sin embargo, sabe que, dentro de unas horas, cuando los clarines suenen rompiendo el silencio y se abra la puerta de chiqueros, todo volverá a empezar.
El toro ignora quién tiene delante. No sabe cuántas Puertas Grandes ha cruzado aquel hombre, cuántas orejas ha cortado ni cuántas páginas ocupa ya en la historia de la tauromaquia. No distingue entre una figura legendaria y un novillero que apenas empieza. Embiste con la misma violencia, la misma nobleza o la misma fiereza contra ambos. Para el toro no existe el prestigio. Solo existe la verdad.
Hay profesiones en las que cumplir años constituye un mérito. Otras en las que representa una ventaja. Y unas pocas en las que cada cumpleaños es un desafío. La tauromaquia pertenece a estas últimas.
Mientras el tiempo concede prestigio al médico, sabiduría al juez o autoridad al profesor, al matador de toros le recuerda cada temporada que el reloj también puede convertirse en un adversario. Porque delante del toro no existe la gratitud hacia una carrera brillante, ni el reconocimiento a una vida de triunfos. Allí solo cuentan el instante, el temple y el valor.
Quizá por eso la longevidad en el toreo constituya una de las gestas menos reconocidas de nuestra cultura. Cada vez que un matador veterano cruza el portón de cuadrillas desafía a dos enemigos al mismo tiempo: al toro y al calendario.
La historia de la tauromaquia ofrece ejemplos memorables. Cúchares consiguió mantenerse en activo hasta los cuarenta y nueve años, algo excepcional en su tiempo. Lagartijo se retiró con cincuenta y un años y Frascuelo lo hizo en 1890 a la edad de cuarenta y siete. La tradición taurina atribuye al legendario Pedro Romero actuaciones y exhibiciones cuando ya había alcanzado una edad extraordinariamente avanzada. Décadas después, Juan Belmonte reapareció con cuarenta y un años e Ignacio Sánchez Mejías con cuarenta y tres. En una época en la que la mayoría de las figuras abandonaban los ruedos antes de cumplir los cuarenta, regresar suponía un desafío casi tan grande como permanecer.
Más cerca de nosotros, Antoñete convirtió la experiencia en una lección permanente de toreo. Curro Romero demostró que el arte también envejece con elegancia. Rafael de Paula era capaz de estremecer una plaza con un solo lance cuando otros necesitaban toda una faena para conmover. Y Enrique Ponce edificó una de las carreras más largas, regulares y admirables de la tauromaquia contemporánea, manteniéndose durante más de tres décadas entre las máximas figuras del escalafón.
Ninguno de ellos permaneció tanto tiempo porque el cuerpo resistiera mejor que el de los demás. Permanecieron porque habían aprendido algo infinitamente más valioso: comprender al toro antes incluso de que el toro terminara de descubrirse.
En el deporte, la juventud suele imponerse porque la velocidad, la fuerza y la resistencia tienen fecha de caducidad. En el toreo ocurre algo diferente. El físico importa, pero nunca basta. La verdadera diferencia la establece la inteligencia. Un torero joven posee reflejos extraordinarios, pero todavía desconoce muchos de los secretos que solo enseñan cientos de tardes frente al toro bravo.
El veterano, en cambio, ha aprendido a interpretar una mirada, una querencia, un cambio casi imperceptible en el ritmo de la embestida. Donde el novato solo percibe peligro, el maestro descubre una posibilidad. Donde uno improvisa, el otro anticipa. Ahí comienza la auténtica sabiduría del toreo.
Por eso muchos aficionados sostenemos que la edad ideal de un matador no coincide necesariamente con la plenitud física, sino con la madurez intelectual. Entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años suelen encontrarse el vigor suficiente y la serenidad imprescindible para alcanzar el toreo más profundo. Es entonces cuando el valor deja de ser un impulso para convertirse en una decisión.
Porque el miedo nunca desaparece. Ningún torero verdaderamente grande ha afirmado lo contrario. El miedo acompaña al hombre desde el primer paseíllo hasta el último. Lo que cambia con los años no es su presencia, sino la forma de convivir con él. La experiencia no elimina el temor; enseña a gobernarlo.
Ahí reside, probablemente, la grandeza de los toreros longevos. Cada temporada podrían retirarse entre homenajes y ovaciones, conservando intacta su leyenda. Sin embargo, vuelven a vestirse de luces. No porque ignoren el riesgo, sino precisamente porque lo conocen mejor que nadie. Solo quien ha sentido la respiración del toro a unos centímetros del pecho sabe exactamente lo que significa volver a ponerse delante.
Tal vez esa sea una de las últimas lecciones que la tauromaquia puede ofrecer a una sociedad obsesionada con la juventud. Vivimos convencidos de que todo lo nuevo es mejor, de que la experiencia ha perdido valor y de que la edad constituye un defecto que conviene disimular. El toreo sostiene exactamente lo contrario. Enseña que hay años que no pesan: iluminan. Que la experiencia no resta sino que añade. Que el tiempo puede desgastar el cuerpo, pero también pule el alma hasta convertir el oficio en arte.
La juventud posee piernas. La madurez posee cabeza. Y en muy pocas profesiones puede comprobarse con tanta claridad que, llegado un momento, la inteligencia termina imponiéndose a la fuerza. El gran torero deja de correr más para empezar a pensar antes.
Quizá por eso las faenas que permanecen para siempre en la memoria rara vez son las más aparatosas. Son aquellas en las que un hombre, después de toda una vida conviviendo con el miedo, consigue detener el tiempo durante unos minutos. Y cuando eso sucede, deja de importar la fecha de nacimiento que figure en su documento de identidad.
La verdadera edad del matador de toros nunca la marca el calendario. La marcan los toros que todavía es capaz de citar con el mismo temple, la misma serenidad y el mismo valor.
Mientras exista un hombre dispuesto a jugarse la vida para crear belleza frente a un toro bravo, el tiempo podrá arrugar su rostro, podrá hacer más lentos sus pasos y podrá doblar su espalda. Pero jamás conseguirá vencer su grandeza.


