Manuel Recio Abad. Suite Información.– La política tiene una curiosa forma de anunciar los grandes cambios. Nunca suelen llegar haciendo ruido.
No aparecen precedidos por fanfarrias ni sonidos de clarines, ni por titulares altisonantes. Los cambios verdaderamente importantes empiezan casi siempre como lo hace la marea, con un leve y a veces imperceptible movimiento del agua que apenas observan quienes permanecen demasiado ocupados contemplando el horizonte equivocado.
Eso es, a mi juicio, lo que ha sucedido en Andalucía esta semana. El acuerdo alcanzado entre el Partido Popular y VOX es mucho más que una fotografía, mucho más que un comunicado conjunto y mucho más que una suma de votos. Es el síntoma de que una parte importante de la sociedad española ha comenzado a perder el miedo al cambio y ha recuperado algo infinitamente más poderoso que cualquier estrategia electoral: la ilusión.
Porque la ilusión, cuando prende en una sociedad, resulta extraordinariamente difícil de detener. No hay vuelta atrás.
Durante demasiado tiempo, España ha vivido instalada en una situación política donde parecía que todo consistía en resistir. Resistir un día más. Manual de resistencia empleado para estar una semana más detentando el poder. Un pleno más. Una crisis y un escándalo más. Tratando a la tarea de gobernar como si consistiera únicamente en sobrevivir y no construir.
Mientras tanto, la vida continuaba. Seguía transcurriendo para el joven que ha encadenado contratos uno tras otro sin poder independizarse. Para la familia que descubre que comprar una vivienda se parece cada vez más a poder hacerlo solo si ganas el premio gordo de una lotería imposible. También para los empresarios que dedican más tiempo a interpretar boletines oficiales que a crear riqueza y empleo. El agricultor, el transportista, los autónomos y jubilados o, por qué no, también los funcionarios que contemplan con preocupación cómo el coste de la vida aumenta con mayor rapidez que sus cada vez más exiguos ingresos.
Mientras esa España cotidiana ha seguido levantándose cada mañana para sacar adelante su vida, la política parecía cada vez más entretenida en hablar de sí misma y es ahí donde nace el cansancio. No se trata del cansancio hacia unas siglas concretas, sino cansancio hacia una forma indigna y absurda de ejercer el poder.
En los últimos años, además, las controversias públicas y los distintos procedimientos judiciales que afectan al actual Gobierno y su entorno han contribuido a deteriorar enormemente la confianza de la mayor parte de la ciudadanía. Serán los tribunales quienes esclarezcan los hechos y fijen las responsabilidades que procedan, pero el desgaste político derivado de esas circunstancias forma ya parte del debate público y acrecienta en el ánimo de muchos la necesidad de una nueva etapa.
La democracia no se resiente cuando se cambia de gobierno. Lo hace cuando la ciudadanía llega a creer que cambiarlo resulta imposible. La alternancia no es una amenaza, sino más bien un seguro de vida de la libertad, un recordatorio permanente de que ningún dirigente recibe el poder en propiedad y de que ninguna mayoría dispone de un cheque en blanco ilimitado, pues en democracia, el despacho más importante siempre pertenece al ciudadano. Los demás son de alquiler.
Es por eso que el acuerdo alcanzado tiene un valor que trasciende Andalucía y no porque garantice ninguna victoria futura, ni convierta automáticamente una expectativa en una realidad. Lo es porque rompe una barrera psicológica, esa que separa el «es imposible» del «¿y si esta vez sí?».
Esa pregunta posee una fuerza inmensa, porque los pueblos empiezan a cambiar cuando dejan de resignarse. España ha demostrado una y otra vez que sabe reinventarse. Lo hizo cuando parecía imposible modernizar su economía. Lo hizo cuando consolidó sus instituciones democráticas y también cuando superó crisis que parecían insalvables.
Los españoles nunca hemos avanzado gracias al conformismo. Siempre lo hicimos gracias a quienes se atrevieron a imaginar un país mejor que el que teníamos por delante.
Hoy vuelve a respirarse ese clima y no es euforia, es algo mucho más sólido. Es confianza. La confianza de quienes creemos que ha llegado el momento de hablar menos de los políticos y más de nosotros, los ciudadanos. Hablar menos de las tácticas y técnicas parlamentarias y más de la escasez y el encarecimiento de la vivienda asequible. Menos del egoísta cálculo partidista y más del empleo estable y bien retribuido. Menos del enfrentamiento permanente y más de la gestión.
Los españoles no necesitamos héroes. Necesitamos de buenos y honrados servidores públicos. No necesitamos gobernantes que nos expliquen cada día por qué todo va bien. Necesitamos en el poder gobernantes que gestionen bien y hagan que las cosas vayan mejor.
La política recupera su sentido cuando vuelve a parecerse a la vida real. Como dijo un día el presidente Adolfo Suárez es necesario hoy más que nunca «Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es simplemente normal».
La vida real nunca entiende de trincheras, pero si de hipotecas, de nóminas suficientes, de justas y merecidas pensiones, de colegios, de desesperantes listas de espera y citas previas, de nuevas empresas que abren, de familias enteras que lleguen con tranquilidad a final de mes.
Eso es lo que millones de ciudadanos esperamos de quienes aspiran a gobernarnos, nada más y nada menos.
Por eso este acuerdo ha despertado una expectación que algunos aún no alcanzan a comprender. No se trata únicamente de un pacto. Es mucho más, es la sensación de que el reloj político vuelve a moverse. La sensación de que la alternancia deja de ser una teoría para convertirse en una posibilidad real. La sensación de que la esperanza vuelve a encontrar sitio en esas conversaciones diarias demasiado acostumbradas ya al desencanto.
Las elecciones llegarán y cuando lo hagan decidirán el resto. Como debe ser y seremos los ciudadanos, todos y nadie más, quienes otorguemos o retiremos nuestra confianza. Esa es la esencia de una democracia madura: aceptar con normalidad que el poder cambia de manos cuando así lo decide la mayoría, sin trampas ni cartón.
Pero….antes incluso de que las urnas hablen, ya ha sucedido algo extraordinario. Ha regresado una palabra que llevaba demasiado tiempo ausente del vocabulario político español: Esperanza. Cuando una nación vuelve a pronunciar esa palabra sin miedo, el futuro deja de ser un lugar al que se teme y empieza a ser un lugar al que bien merece la pena dirigirse.


