Manuel Recio Abad. Suite Información.- Cada vez que la humanidad ha dado un gran salto adelante ha ocurrido exactamente lo mismo: ha aparecido el miedo.
Se tuvo miedo a la imprenta porque podía alterar el orden establecido. Se tuvo miedo al ferrocarril porque algunos médicos afirmaban que la velocidad dañaría el cerebro humano. Se tuvo miedo al automóvil porque parecía imposible circular a más de treinta kilómetros por hora sin poner en peligro la vida. También hubo quien desconfiaba del teléfono, de la electricidad, de los aviones, de la televisión, de Internet y, más recientemente, de las redes sociales.
Sin embargo, todas esas innovaciones terminaron formando parte de nuestra vida cotidiana y contribuyeron, con sus luces y sus sombras, al progreso de la humanidad.
Hoy le ha llegado el turno a la inteligencia artificial.
Se habla de ella con una mezcla de admiración y de temor. Hay quien piensa que acabará sustituyendo al ser humano, que destruirá profesiones o que terminará tomando decisiones por nosotros.Yo no lo veo así.
Desde hace algún tiempo trabajo diariamente con inteligencia artificial y mi experiencia es muy distinta. No siento que una máquina piense por mí. Lo que tengo delante es una herramienta extraordinaria que me ayuda a ordenar ideas, buscar información, contrastar datos y fechas, descubrir enfoques diferentes, corregir errores y desarrollar proyectos con una rapidez que hace pocos años habría parecido ciencia ficción. Pero la idea, la decisión y la responsabilidad siguen siendo mías.
La inteligencia artificial no posee conciencia, ni valores, ni experiencia, ni sentido moral. No distingue por sí sola entre lo justo y lo injusto, entre lo conveniente y lo perjudicial. Solo procesa información con una velocidad asombrosa.
Quien aporta el criterio continúa siendo la persona. Por eso creo que estamos planteando mal el debate. No deberíamos preguntarnos si la inteligencia artificial será más inteligente que el ser humano. La verdadera pregunta es si el ser humano será lo bastante inteligente para utilizar correctamente una herramienta tan poderosa.
La inteligencia artificial no sustituye la inteligencia natural, la amplía. Es como disponer de una inmensa biblioteca abierta las veinticuatro horas del día, de un colaborador capaz de consultar millones de datos en segundos y de ayudar a estructurar el conocimiento. Pero una biblioteca nunca ha escrito un libro por sí sola. El libro siempre nace de una persona.
He comprobado además una realidad muy interesante y es que la calidad de las respuestas depende de la calidad de las preguntas. La inteligencia artificial devuelve el nivel intelectual que recibe. Obliga a pensar con más precisión, a formular mejor las ideas y a razonar con mayor claridad y en ese sentido, más que sustituir nuestra inteligencia, la pone a prueba.
Como cualquier gran avance tecnológico, podrá utilizarse bien o mal. La responsabilidad nunca será de la herramienta, sino de quien la maneja. Nadie culpa al bisturí de una mala operación ni al ordenador de un fraude informático. Tampoco deberíamos culpar a la inteligencia artificial de los errores o abusos de quienes la utilizan.
El progreso nunca ha sido el enemigo del ser humano. Lo ha sido, muchas veces, el miedo a comprenderlo.
Quizás dentro de veinte o treinta años nos sorprenda recordar que un día llegamos a temer a la inteligencia artificial, del mismo modo que hoy nos resulta difícil imaginar un mundo sin electricidad, sin automóviles o sin Internet.
Estoy convencido de que la inteligencia artificial será una de las herramientas más importantes del siglo XXI, no porque vaya a reemplazar al hombre, sino porque permitirá que el talento humano llegue muchísimo más lejos.
La inteligencia artificial puede procesar millones de datos en segundos, pero solo la inteligencia humana puede convertir esos datos en sabiduría y esa diferencia seguirá marcando el futuro de nuestra civilización.



