Manuel Recio Abad. Suite Información.- Cada mañana a partir del día 7 de julio, millones de personas en todo el mundo contienen la respiración durante apenas dos o tres minutos. Es el tiempo que dura un encierro de San Fermín. Unos minutos que condensan bastantes décadas de tradición, emoción, miedo, valor y respeto.
Muchos contemplan únicamente una carrera delante de seis toros bravos. Yo veo algo más profundo: una ceremonia donde el hombre se enfrenta, voluntariamente y sin más armas que sus piernas, a uno de los animales más poderosos que existen.
Antes de las ocho de la mañana sucede algo extraordinario. Cientos de corredores guardan silencio y elevan la voz en tres ocasiones con un mismo ruego:
“A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición.”
También lo repiten en esa lengua aislada de desconocida procedencia que es el euskera. Nunca entendí el motivo pues no hay nadie más español que un buen navarro.
Vamos a lo fundamental; no estamos ante una simple tradición folklórica. Es la confesión espontánea de quienes saben que, durante los siguientes ochocientos cincuenta metros, la vida puede depender de una fracción de segundo.
Las estadísticas ayudan a comprender la magnitud de lo que sucede. Desde que existen registros oficiales, únicamente dieciséis corredores han perdido la vida en los encierros, el último en 2009. Si se tiene en cuenta que cada año participan miles de personas y que, durante más de un siglo, cientos de miles han corrido delante de los toros, la cifra resulta sorprendentemente baja para una actividad de semejante riesgo.
Eso no significa que el peligro sea pequeño. Cada edición deja decenas de heridos, la mayoría por caídas, golpes, pisotones o traumatismos. Las cornadas son mucho menos frecuentes, pero cuando se producen pueden revestir una extrema gravedad. Los equipos sanitarios despliegan un dispositivo considerado entre los mejores del mundo para este tipo de emergencias, capaz de atender a un herido en cuestión de segundos y trasladarlo al Hospital Universitario de Navarra en muy pocos minutos. Esa organización ha salvado innumerables vidas.
Sin embargo, hay imágenes que desafían cualquier explicación estadística.
Los pitones pasan rozando muslos, costillas, espaldas y cabezas. Los toros embisten, levantan corredores, atraviesan montones humanos y, aun así, la inmensa mayoría de quienes caen consigue levantarse y regresar a casa.
El llamado “capotillo” de San Fermín debe de estar ya cosido a cornadas de tanto hacer quites.
No pretendo abrir un debate teológico. Pero, después de contemplar durante tantos años esos primeros planos en alta definición, resulta inevitable preguntarse si todo puede explicarse únicamente mediante el azar, la experiencia o la pericia de los corredores.
Quizá la respuesta sea una suma de muchas cosas: la preparación de quienes corren, la nobleza imprevisible y gregaria del toro bravo, la impecable organización de los servicios de seguridad y sanitarios y, para quien tiene fe, la protección del santo al que todos invocan segundos antes de abrirse los corrales.
Los Sanfermines no glorifican la temeridad. Enseñan algo mucho más antiguo: que el valor no consiste en ignorar el peligro, sino en mirarlo de frente con respeto.
Cada mañana, cuando termina el encierro y veo que la inmensa mayoría de los corredores abandona la plaza por su propio pie, no puedo evitar sonreír.
Y vuelvo a pensar que San Fermín…. sigue haciendo quites imposibles.


