Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hoy escribo desde la playa. No diré cuál, porque el fenómeno que voy a describir no pertenece a ningún municipio concreto. Ni siquiera a una provincia. Es una manifestación cultural de tal extensión que debería intervenir inmediatamente la UNESCO.
Me refiero a la extraordinaria capacidad del bañista español para colocar su sombrilla junto a otra sombrilla aunque disponga de tres kilómetros de playa completamente vacíos.
He dedicado parte de la mañana a observar el fenómeno. Una familia llega a la playa. Padre, madre, niños , “mi Antonio José y mi Jennifer” incluidos, nevera, bolsas, flotadores, sillas plegables, palas, cubos, crema solar factor cincuenta, el balconcito y una sombrilla de aproximadamente dos metros de diámetro y sus vientos correspondientes.
Ante ellos se extiende el Mediterráneo o el Atlántico. A la derecha, cincuenta metros libres. A la izquierda, otros cincuenta. Delante, el mar. Detrás….media Andalucía.
El padre observa detenidamente el territorio. Calcula. Estudia el viento. Mira el sol. Clava la mirada en el horizonte. Y finalmente toma una decisión estratégica:
-Aquí.
¿Dónde aquí?. A cuarenta centímetros de mi sombrilla. No falla.
Debe de existir algún mecanismo genético que desconocemos. El ser humano lleva miles de años agrupándose para defenderse de los depredadores y quizá nuestro cerebro todavía interpreta que una sombrilla solitaria constituye una presa fácil.
Pero lo verdaderamente inquietante sucede después. Clavan la segunda sombrilla junto a la primera. Diez minutos más tarde llega otra familia y coloca una tercera. Después aparece una pareja con dos hamacas. Luego una señora con cuatro nietos y antes de que uno haya terminado el primer capítulo del libro que estaba leyendo, aquel paraje inicialmente desierto se ha convertido en una urbanización ilegal de primera línea de playa.
Las sombrillas se tocan y las toallas establecen medianeras. Las neveras delimitan parcelas. Las chanclas crean caminos a manera de servidumbres de paso.
Y siempre aparece algún niño “mi Antonio José, mi Jennifer o Kevin Cosner de Jesús” o cualquier otro miembro de la infancia organizada, que atraviesa tu propiedad privada levantando medio kilo de arena sobre el periódico.
Es entonces cuando uno comprende que la playa española constituye probablemente el experimento urbanístico espontáneo más rápido del mundo. Se monta una urbanización en media hora. No hay necesidad de arquitectos, ni urbanistas ni planes parciales, ni juntas de compensación, proyectos de reparcelación ni otras zarandajas.
Basta colocar una sombrilla. Inmediatamente aparece otra al lado. Por eso considero que ha llegado el momento de proteger esta tradición.
Propongo formalmente solicitar a la UNESCO que la sombrilla de playa sea declarada Patrimonio Material de Interés Gregario Mundial.
Material, porque la sombrilla existe. De interés, porque interesa fundamentalmente encontrar un hueco debajo. Gregario, porque somos incapaces de colocarla solos y mundial porque estoy convencido de que, convenientemente promocionada, esta costumbre puede contribuir al entendimiento entre todos los pueblos.
La candidatura debería incluir además las principales modalidades de ocupación.
Sombrilla de aproximación. Se instala prudentemente a metro y medio del vecino.
Sombrilla de confianza. Se coloca a setenta centímetros.
Sombrilla de hermandad. Las telas prácticamente se rozan.
Finalmente encontramos la modalidad superior:
Sombrilla de integración familiar, que es aquella en la que terminas escuchando dónde trabaja el cuñado del señor de al lado, cuánto ha costado el apartamento que han alquilado, qué asignaturas le han quedado a los niños y por qué su suegra no debería haber venido este verano.
A partir de ese momento ya no existen dos familias. Existe una comunidad. Incluso puede producirse intercambio gastronómico.
¿Quiere usted probar la tortilla?.
Ese instante debería ser protegido especialmente por la UNESCO porque constituye la culminación del proceso gregario.
A las doce de la mañana éramos desconocidos. A las dos compartimos tortilla. A las cuatro sabemos que Antonio, abuelo de Antonio José, tiene problemas con la próstata. A las cinco, su Antonio José y su Jennifer ya han intercambiado con Kevin Cosner de Jesús, cubos, palas, cromos, secretos y han tenido una fuerte discusión por un flotador con forma de tiburón.
A las siete nos despedimos:
-Bueno, mañana nos vemos. Naturalmente. En el mismo sitio.
Porque hay otra norma fundamental del derecho consuetudinario playero español: una sombrilla clavada durante dos días consecutivos genera derechos históricos sobre la parcela. Que nadie intente ocuparla. Podría iniciarse un conflicto diplomático.
He continuado observando la playa mientras escribía estas líneas. Sigue habiendo enormes espacios libres. Pero alrededor de mi sombrilla ya hay siete. Empiezo a asumir mi responsabilidad histórica. Quizá no sean ellos quienes se han colocado junto a mí. Quizá sea mi sombrilla la que ejerce algún extraño poder de atracción. Por eso, antes de marcharme, voy a hacerle una fotografía.
Puede que dentro de algunos años aparezca una pequeña placa junto al paseo marítimo: “En este lugar comenzó el movimiento internacional para la protección de la sombrilla como Patrimonio Material de Interés Gregario Mundial”.
Allí naturalmente, habrá veinte sombrillas. Todas juntas. Con mi Antonio José y mi Jennifer y mi Kevin jugando entre ellas.
Aunque el resto de la playa esté vacío.


