
Manuel Recio Abad. Suite Información.- Durante muchos años los españoles hemos preferido no hacernos esta pregunta. Hasta ahora ha sido la postura más racional. Quizá porque resulta incómoda o bien porque España y Marruecos están condenados a entenderse. También nos tranquiliza pensar que determinados acontecimientos pertenecen a otro tiempo.
Sin embargo, la pregunta está ahí: ¿qué ocurriría si algún día Marruecos cruza esa línea?
No me refiero necesariamente a una columna de carros de combate avanzando hacia Ceuta. Las guerras del siglo XXI no siempre empiezan con una declaración formal ni con el estampido de un cañonazo.
A veces comienzan mucho antes, generando presión migratoria y reivindicaciones territoriales. Con campañas de propaganda de argumentos insostenibles, incidentes fronterizos y mucha desinformación. Con una sucesión de actos aparentemente aislados que, considerados individualmente, nunca parecen suficientes para ser considerados como casus belli, es decir, motivo de guerra. Pero un día pueden dejar de ser hechos aislados.
Ceuta acaba de recordarnos la extraordinaria fragilidad de nuestra frontera sur.
La entrada masiva registrada a finales de julio obligó al Gobierno español a desplegar efectivos militares y abrió una crisis que cada vez se aleja más de estar completamente cerrada. Los indicios conocidos hasta ahora no permiten afirmar que Rabat planificara aquella oleada. Sí está documentada, sin embargo, una llamativa inhibición inicial de las fuerzas marroquíes en la frontera, que facilitó que la avalancha alcanzara unas dimensiones extraordinarias.
Eso cambia bastante las cosas. Utilizar seres humanos como instrumento de presión sobre otro Estado no es una guerra convencional. Tampoco puede considerarse una relación normal entre dos países vecinos.
España tiene con Marruecos unas relaciones económicas, comerciales, migratorias y estratégicas extraordinariamente importantes. Marruecos necesita a España y España, aunque en menor medida, necesita a Marruecos.
Precisamente por eso una guerra entre ambos países sería una catástrofe. Para los dos.
Pero sería un error confundir esa evidencia con la imposibilidad absoluta de un conflicto. La historia está llena de guerras que parecían imposibles pocos meses antes de comenzar.
La cuestión fundamental es Ceuta y también Melilla y España no puede admitir discusión alguna sobre su soberanía, no ya porque lo diga un Gobierno determinado, ni porque lo defienda un partido político, sino porque son territorio español.
El artículo 8 de nuestra Constitución establece expresamente que las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España y defender su integridad territorial. Por tanto, ante una agresión militar contra Ceuta o Melilla no existiría demasiado margen para la ambigüedad.
Aquí aparece una de las paradojas más inquietantes de nuestra organización defensiva. España pertenece a la OTAN, pero el artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte delimita geográficamente los ataques contemplados a efectos del artículo 5 y Ceuta y Melilla no aparecen mencionadas expresamente. La propia OTAN ha señalado que protege a todos sus aliados frente a las amenazas y que, llegado el caso, la activación del artículo 5 sería una decisión política de los Estados miembros.
Resulta difícil e inquietante imaginar que nuestros aliados permanecieran indiferentes ante una agresión militar contra territorio español.
Y existe además una segunda garantía que con frecuencia se olvida. El artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea obliga a los demás Estados miembros a prestar ayuda y asistencia, con todos los medios a su alcance, si uno de ellos sufre una agresión armada en su territorio.
Ahora imaginemos el peor de los escenarios. Un incidente grave en la frontera. Disparos. Víctimas españolas. La lógica respuesta de nuestras Fuerzas Armadas. Una reacción marroquí. Movilización militar a ambos lados.
A partir de ese instante, controlar la escalada sería extraordinariamente difícil.
España posee unas Fuerzas Armadas profesionales y tecnológicamente muy avanzadas. Marruecos, por su parte, lleva años modernizando a ritmo acelerado su capacidad militar. Pero analizar quién ganaría una guerra entre España y Marruecos es probablemente formular mal la pregunta.
Los dos perderían. Perdería Marruecos. Perdería España y perdería la Unión Europea. Y perdería muy especialmente Andalucía.
El Estrecho de Gibraltar se convertiría inmediatamente en uno de los puntos estratégicos más peligrosos del planeta. El tráfico marítimo, el comercio, el turismo, las inversiones y las comunicaciones sufrirían consecuencias inmediatas.
Algeciras, Tarifa, Ceuta, Tánger y todo el Campo de Gibraltar vivirían una situación que hoy cuesta imaginar.
Detrás aparecería inevitablemente la geopolítica: Estados Unidos, la Unión Europea, la OTAN, Francia, Argelia y, muy probablemente, otras potencias interesadas en aumentar su influencia en el Mediterráneo occidental.
Todo lo expuesto hace precisamente que la guerra sea improbable. Demasiados actores poderosos tienen demasiado que perder.
Pero improbable no significa imposible. España debe mantener con Marruecos las mejores relaciones posibles, pero amistad nunca puede significar debilidad.
Hay determinadas líneas que un Estado no puede permitir que sean difusas y se crucen. La soberanía nacional es una de ellas.
Ceuta y Melilla no pueden convertirse en monedas de negociación cada vez que aparece una crisis diplomática entre Madrid y Rabat.
Quizá la mejor manera de evitar una guerra sea precisamente conseguir que nadie pueda pensar que merece la pena intentarla. La disuasión parece ser que funciona así. No consiste en amenazar sino en eliminar cualquier duda sobre las consecuencias.
Un Estado debe conocer perfectamente dónde termina la diplomacia y dónde comienza la defensa de su territorio.
Las guerras más peligrosas no siempre empiezan cuando alguien quiere una guerra. A veces empiezan cuando alguien calcula mal hasta dónde puede llegar.
Sería conveniente que, al otro lado del Estrecho, Marruecos nunca cometiera ese enorme e imperdonable error.

