Manuel Recio Abad. Suite Información.– Hace unos meses, en Milán, unas dos mil personas recorrieron las calles de la ciudad en una manifestación convocada bajo el lema «Padroni a casa nostra». Entre las consignas contra la inmigración irregular y contra la Unión Europea apareció una que me llamó especialmente la atención: «Europa cristiana, nunca musulmana». No estamos ante una anécdota aislada y es que algo está ocurriendo en Europa.
Deberíamos mirar hacia atrás para intentar comprender lo que puede ocurrir hacia delante.
En el año 1095, en Clermont-Ferrand, el papa Urbano II llamó a los cristianos de Occidente a acudir en ayuda de los cristianos orientales y recuperar los Santos Lugares. Al año siguiente comenzó aquella extraordinaria movilización religiosa, política y militar que se conoce como la Primera Cruzada. Después vendrían muchas más. Hasta ocho grandes Cruzadas entre los siglos XI y XIII, aunque los historiadores discuten si algunas de ellas deben ser tratadas con esa denominación.
Pero no pretendo escribir aquí una lección de Historia. Me interesa otra cosa: saber qué ocurre en una sociedad antes de que comience una cruzada.
Las guerras no empiezan cuando se dispara el primer cañón, se lanza un misil Patriot o se hacen volar, en bandadas, cientos de drones cargados de muerte y destrucción.
Empiezan mucho antes. ¿En qué momento? Cuando aparece el miedo, cuando una sociedad comienza a pensar que su seguridad y su identidad están amenazadas. Cuando los problemas económicos, demográficos o sociales encuentran un rostro al que responsabilizar. Cuando se mira al extranjero como un enemigo y cuando dos comunidades terminan convenciéndose de que ya no pueden convivir.
Europa vive hoy una situación completamente diferente a la del siglo XI. Sería absurdo pretender establecer una equivalencia histórica.
Sin embargo, algunas señales deberían hacernos pensar.
Durante décadas, Europa recibió millones de inmigrantes procedentes de países musulmanes. Muchos se integraron perfectamente. Trabajaron, crearon empresas, formaron familias y sus hijos y nietos son hoy ciudadanos europeos con los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro. Negarlo sería injusto.
Pero sería muy ingenuo negar que existen serios problemas. La inmigración irregular preocupa a una parte creciente de la población europea. Existen barrios donde la integración ha fracasado. Existen conflictos culturales sobre la posición de la mujer, la religión, la educación, la libertad de expresión o el propio concepto de una sociedad secular.
Para colmo existe, además, el islamismo radical, que no debe confundirse con el Islam.
La inmensa mayoría de los musulmanes europeos no tiene nada que ver con el terrorismo ni con el fanatismo religioso.
Pero el terrorismo yihadista existe, está ahí presente y ha golpeado ciudades europeas, dejando una huella triste y profunda en nuestra memoria colectiva. Basta con recordar los atentados de París, Bruselas, Londres, Madrid o Barcelona.
¿Quién dijo que el miedo no tiene memoria? A ello habría que añadir las guerras de Oriente Próximo, la inmigración irregular y una sensación, acertada o equivocada, de pérdida de identidad que, además, determinados movimientos políticos europeos están convirtiendo en uno de sus principales argumentos electorales.
Es entonces cuando empiezan a escucharse determinadas palabras: cristianos, musulmanes, Europa, Islam, nosotros y ellos. No son conceptos nuevos, sino palabras muy antiguas.
La Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea lleva tiempo advirtiendo del crecimiento de la discriminación contra los musulmanes. En su último gran estudio, basado en casi diez mil musulmanes residentes en trece países de la Unión, un 47 % afirmó haber sufrido discriminación racial durante los cinco años anteriores. Un dato que debería preocuparnos.
Porque una sociedad que empieza a señalar colectivamente a millones de personas por su religión puede acabar entrando en un terreno peligroso.
Pero también sería un error responder a cualquier crítica sobre inmigración, integración o radicalismo religioso acusando automáticamente de racismo o islamofobia a quien la formula.
Europa tiene derecho a preguntarse qué inmigración quiere, cuánta puede asumir, cómo debe integrarse y cuáles son los valores que considera irrenunciables.
Integración no puede significar únicamente proporcionar vivienda, educación, sanidad o trabajo. Significa también aceptar unas reglas comunes, como son la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad religiosa y de expresión, la democracia y el respeto a las leyes. Sobre todo, el derecho de cualquier persona a creer en Dios, en Alá, en Yahvé o, sencillamente, a no creer en ninguno. Ese es el verdadero desafío europeo.
Pero… ¿habrá una nueva Cruzada? ¿Veremos al Papa convocando ejércitos para marchar hacia Jerusalén? ¿Veremos a caballeros con cruces cosidas sobre las túnicas en sus fortalezas templarias? ¿Aparecerán un nuevo Ricardo Corazón de León y un nuevo Saladino?
La Historia nunca se repite exactamente de la misma manera. Pero algunas veces recupera sus viejos argumentos y les cambia el decorado.
La cruzada del siglo XXI, si alguna vez se produce, probablemente no será militar, sino cultural, política, electoral, demográfica e identitaria, y se desarrollará dentro de nuestras propias ciudades tal y como hoy las conocemos.
Europa tendrá que encontrar un equilibrio extraordinariamente difícil: defender su identidad sin convertirla en odio y controlar sus fronteras sin perder su humanidad. Combatir el islamismo radical sin combatir a los musulmanes. Exigir integración sin hacerlo en relación con la renuncia a las creencias personales.
No sé si estamos caminando hacia una nueva Cruzada y, desde luego, resulta muy exagerado llamarla así.
Pero cuando en las calles de una gran ciudad europea vuelve a escucharse que Europa debe ser cristiana y nunca musulmana, merece la pena recordar algo: las Cruzadas pertenecen a la Historia, o al menos eso creemos.
El problema es que la Historia tiene la desagradable costumbre de volver cuando los hombres empiezan a utilizar las mismas palabras, alimentar los mismos miedos y levantar de nuevo las mismas fronteras.



