Xavi Altamirano. Suite Información.– No hablo solamente de este putrefacto Gobierno sanchista, que ha hecho casi un manual de todo lo que no debería hacer un Gobierno con aquellos que confiaron en él. Hablo de algo mucho más gordo, hablo de la política cuando decide que la verdad es un inconveniente y que el relato es una herramienta imprescindible para mantenerse en el poder.
Porque en el momento en que a la verdad se le pega un pellizco para adaptarla al relato de turno, empieza la infección. Y cuando esa práctica se convierte en costumbre, la política termina pudriéndose por dentro.
Y esto no ocurre ahora. Ocurre desde siempre.
Ocurre desde que el poder dejó de ser un instrumento para servir a los ciudadanos y se convirtió en el objetivo que había que conservar a cualquier precio. Desde que los partidos entendieron que, además de gobernar, había que colocar a los compañeros, proteger a los propios y comprar sus voluntades para que se conviertan en mamanabos.
Sería demasiado fácil cargar toda la culpa sobre quienes gobiernan hoy. Y también sería demasiado cómodo olvidar que nuestro sistema democrático tiene problemas que vienen de mucho más atrás. Nuestro sistema está basado en partidos políticos que constitucionalmente deben tener una estructura y un funcionamiento democráticos, pero que demasiadas veces han terminado funcionando con una disciplina interna donde la obediencia esta blindada con sueldos. Y entonces aparece aquella vieja frase que hemos escuchado tantas veces: “La democracia es el menos malo de los sistemas”. Quizá el problema sea que nos hemos acostumbrado demasiado pronto a conformarnos con el menos malo.
Durante nuestra Transición ya tuvimos que convivir con esa política del equilibrio permanente, con una UCD que tuvo que mantener un delicadísimo relato de consenso entre las dos esquinas más enfrentadas de toda la historia. Después llegaron otros. Y otros. Y todos fueron aprovechando el chollo.
Pero el problema gordo aparece cuando nuestro sistema electoral permite que una minoría pueda convertirse en imprescindible para formar Gobierno y, con ello, poder atacar con torpedos a la línea de flotación de nuestra nación y de nuestra forma de vida.
Ahí está la debilidad de nuestro modelo. Y no parece que los partidos que aspiran a gobernar en el futuro tengan el más mínimo interés — o bemoles — para cambiar el modelo electoral a segunda vuelta, y darle, mediante una modificación de nuestra Constitución, potestad a la Jefatura del Estado para disolver Las Cortes en el caso de que el gobierno de turno no consiga tener presupuesto tras 12 meses desde su juramento.
No nos engañemos.
Los que vengan después tendrán sus propios relatos, sus propios intereses y sus propios compañeros a los que colocar. Cambiarán los nombres, cambiarán los colores y cambiarán los discursos. Pero si no cambia el sistema que permite que el poder se convierta en un fin en sí mismo, estaremos dando vueltas alrededor de la misma «política podrida».
Necesitamos un revulsivo.



