Manuel Recio Abad. Suite Información.– Cada vez escucho con mayor frecuencia la misma profecía: la inteligencia artificial acabará sustituyéndonos, dominará nuestras vidas y, llegado el momento, podría incluso volverse contra la humanidad.
Dicho así, cualquiera se asusta.
Creo, sin embargo, que estamos mezclando realidades, posibilidades y ciencia ficción con demasiada facilidad.
La inteligencia artificial es probablemente una de las herramientas más extraordinarias que el ser humano ha desarrollado. Está creciendo a una velocidad difícil de comparar con revoluciones tecnológicas anteriores y sería absurdo pretender hoy conocer cuáles serán sus límites dentro de diez, veinte o cincuenta años. Precisamente por eso merece atención, investigación, regulación y prudencia.
Pero prudencia no significa pánico.
Una inteligencia artificial puede analizar cantidades inmensas de información, relacionar datos, redactar, traducir, programar, diagnosticar patrones, resolver determinados problemas y mantener una conversación que hace pocos años nos habría parecido imposible. Todo eso puede producir la impresión de que estamos hablando con alguien que piensa exactamente como nosotros.
Y no es exactamente así.
Detrás de estas máquinas seguimos estando los seres humanos. Personas que las diseñan, las entrenan, establecen sus límites y deciden para qué pueden utilizarse. Por eso, probablemente, una de las preguntas importantes no sea qué hará la inteligencia artificial contra nosotros, sino qué seremos capaces de hacer nosotros utilizando la inteligencia artificial.
Ahí sí encuentro motivos para preocuparnos.
Una herramienta extraordinariamente poderosa puede utilizarse bien o mal. También ocurrió con la imprenta, la electricidad, la radio, la energía nuclear, Internet o la ingeniería genética. La diferencia es que ahora la velocidad de transformación resulta vertiginosa y obliga a establecer controles igualmente rápidos.
Debemos preocuparnos por la utilización de la inteligencia artificial para engañar, fabricar imágenes o voces falsas, manipular información, invadir nuestra intimidad, cometer delitos o sustituir irresponsablemente decisiones que deben continuar sometidas al criterio y a la responsabilidad humana. También debemos preguntarnos qué profesiones transformará, cómo protegeremos a quienes puedan verse perjudicados y quién controlará las enormes cantidades de información necesarias para desarrollar estos sistemas.
Esos son debates reales.
Otra cosa muy distinta es imaginar una especie de monstruo electrónico que una mañana despierte, descubra que no le caemos bien los seres humanos y decida acabar con nosotros.
Una máquina no se convierte en persona porque converse maravillosamente.
Y quizá ahí esté buena parte de nuestra confusión. Durante miles de años hemos asociado la capacidad de hablar, razonar y contestarnos con la existencia de una conciencia detrás. Ahora tenemos delante algo capaz de producir respuestas extraordinariamente complejas y nuestro cerebro, inevitablemente, tiende a atribuirle características humanas.
Pero una herramienta no necesita tener conciencia para ser poderosísima. Y precisamente por eso necesitamos algo mucho más importante que el miedo: responsabilidad.
La inteligencia artificial puede ayudar a un médico, a un investigador, a un profesor, a un ingeniero, a un agricultor, a un empresario o a un escritor. Puede acercar conocimientos a una persona que jamás habría podido acceder a ellos. Puede eliminar barreras lingüísticas, acelerar investigaciones y permitir que millones de seres humanos dispongan de capacidades que hasta hace muy poco estaban reservadas a especialistas.
Yo mismo la utilizo.
Y cuanto más la utilizo, menos la entiendo como un sustituto de mi pensamiento. La considero justamente lo contrario: una herramienta que amplía mis posibilidades. Me ayuda a buscar, ordenar, contrastar, calcular, corregir y desarrollar ideas. Pero las ideas que quiero defender, las decisiones que adopto y la responsabilidad sobre lo que finalmente firmo continúan siendo mías.
Ahí debería permanecer la frontera.
No debemos entregar a una máquina nuestra responsabilidad moral, como tampoco deberíamos entregársela ciegamente a otra persona. Debemos utilizarla, discutir con ella, comprobarla cuando sea necesario e incluso llevarle la contraria.
Porque también se equivoca.
Quizá dentro de unos años contemplemos nuestros actuales temores con cierta ternura, del mismo modo que hoy nos sorprenden algunos miedos provocados por otras revoluciones tecnológicas. O quizá aparezcan problemas que todavía no somos capaces de prever y tengamos que establecer nuevos límites. Sería irresponsable negarlo.
Pero entre la ingenuidad de pensar que todo progreso tecnológico es necesariamente bueno y el disparate de imaginar que una máquina está esperando adquirir suficiente inteligencia para declararnos la guerra existe un enorme territorio llamado sentido común.
Instalémonos ahí.
No tengamos miedo a la inteligencia artificial.
Tengamos respeto por su poder, exijamos reglas para su utilización, eduquemos a nuestros hijos y a nuestros nietos para comprenderla y, sobre todo, procuremos que detrás de máquinas cada vez más capaces continúen existiendo seres humanos responsables. Al igual que un arma de fuego no se le entrega a cualquiera para su uso, la inteligencia artificial precisa de técnica y ética para disponer de ella.
Porque quizá el verdadero peligro nunca haya sido que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a los hombres.
El peligro estará en que los hombres dejemos de comportarnos como tales.



